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Liderazgo político y empresarial

¿Quién se atreve a decir al rey que va desnudo en los órganos de decisión de los partidos?

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Íñigo Alli

Actualizada 20/03/2019 a las 14:49
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  • Íñigo Alli
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Uno de los mensajes que recibí a los pocos días de firmar el acta de diputado de la Cámara Baja fue: “Jamás se despidió a nadie de la política por no hacer nada”. No significa, en absoluto, que todos los parlamentarios lo cumplan a rajatabla, sin embargo, es sintomático del ecosistema político español tan institucionalizado y partidista en pleno siglo XXI.

Hay un elefante en la habitación de la política: no existen contrapesos al liderazgo. Ser librepensador e independiente en una fuerza política conlleva soledad asociada. La soledad genera dolor. Y a este mundo no se viene a ser héroe.

Fue Walter Lippmann, periodista y filósofo neoyorquino, quien apuntaba: “Donde todos los miembros de una organización piensan igual, nadie piensa en nada”. Dicho de otro modo más agresivo, ¿quién se atreve a decir al rey que va desnudo en los órganos de decisión de los partidos? ¿Qué gobernanza corporativa persiste en las ejecutivas de las fuerzas políticas?

Los partidos son conscientes de la situación sociológica de nuestro tiempo: los afectos y los arraigos ganaron la batalla a la lógica. Parece que se cumple lo que el filósofo David Hume hace trescientos años nos anticipaba: “La razón es y solo debe ser esclava de las pasiones y nunca debe pretender otra función que la de servirlas y obedecerlas”. A este fenómeno social donde se niegan los datos y los hechos simplemente por las emociones, Jonathan Haidt, uno de los pensadores más leídos en la actualidad, lo denomina la “moral desconcertada” o cómo el razonamiento solo lo usamos para argumentar las reacciones intuitivas, no para buscar la verdad. Y solo en este contexto, se explica la explosión de discursos ideológicos polarizantes apelando a la diferencia e incluso al odio. Es lo que las sociedades solicitan, en vez de liderar siendo propositivos de una vida, un modelo y un tiempo mejor.

Mientras tanto, un planeta Tierra carente de liderazgos éticos por el bien común avanza a pasos agigantados hacia la desigualdad económica y social. Según datos hechos públicos por Deloitte, en la actualidad el 51,2% de la riqueza anual generada está en manos del 1% de la población.

Sin embargo, ¿son los reguladores y ejecutivos públicos, por tanto los políticos, culpables de todos los males de la humanidad? ¿Existen otros agentes corresponsables del caos al que fuimos abocados en la última década?

Dejo al lector esa decisión. Me acotaré a dar algunas cifras de extraordinaria relevancia sobre el modelo de libre mercado como marco de relaciones económicas y sociales que se han reglamentado en nuestras generaciones. Algunos datos, juzguen ustedes.

En los años sesenta en Estados Unidos al sueldo de los máximos directivos respecto a la nómina media de los trabajadores de sus organizaciones había que aplicarle un multiplicador por veinte veces. Hoy la retribución media de los directivos es 360 veces el sueldo de sus empleados en sus compañías. ¿Es justo que los CEOs de las grandes empresas se hayan multiplicado por trece sus nóminas?

En España, los grandes bancos o la mayor operadora de telecomunicaciones cotiza en bolsa en valores similares a hace 22 años. ¿Se han preguntado por cuánto se han multiplicado las retribuciones sus máximos directivos estas dos décadas? En esencia, y sin perjuicio de una generalización, ¿con qué contribución real se han comprometido las empresas al entorno social? ¿Y al impacto sobre el medioambiente?

Podríamos concluir que los mismos problemas que se dan en el proceso de toma de decisiones de las ejecutivas de los partidos políticos se repiten en los consejos de administración de las corporaciones: evitar una distancia emocional en la decisión, presión al disidente o la autocensura por miedos. O sencillamente no ser independiente porque mi nivel de vida depende del sistema de incentivos de ese órgano. En síntesis, carencia de gobernanza corporativa.

El profesor emérito de Estrategia Dirección General de IESE, Miguel Ángel Gallo, define la estrategia de una empresa como las tres “Ps”: “Las Preferencias Personales de quien ostenta el Poder en la organización”. Elocuente y definitivo.

En cualquier caso, en el futuro no existirán sociedades en bien estar ni bien ser mientras persistan psicopatías en los liderazgos, si la trampa y el camino más corto siguen disfrazándose de corrupción, si el EBITDA ocupa toda la conversación de los consejos de administración sin dedicar siquiera un instante a la responsabilidad y el compromiso social.

No habrá sociedades sostenibles si lo identitario y los egos ideológicos son la base de las decisiones, si la moderación es vista como síntoma de debilidad y si el que más alza la voz es el que más miente. No podrá haber negocios sin ética ni política sin principios.

Íñigo Alli Martínez @inigoalli - Diputado por Navarra

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