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Davos, Europa, Navarra

Las conclusiones en Davos indican el desconcierto existente con el rumbo que puede tomar la economía global

Javier Otazu

Javier Otazu

Actualizada 27/02/2019 a las 21:16
  • Javier Otazu
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Terminó la cumbre de Davos y pocas noticias han salido en los medios relacionados con la misma. Organizado por el Foro Económico Mundial (Klaus Schwab), este año llegaba ya a la edición número 49. Se trataba de buscar mecanismos para responder a los desafíos de la Economía Digital (cuarta revolución industrial). El principal: la desigualdad. Conclusiones, pocas. Una, sorprendente: “Todo iría mejor si decidiesen las madres y las abuelas”. Los retos, los habituales: cambio climático, envejecimiento de la población, enfriamiento de la economía, deuda descomunal, guerras comerciales, movimientos migratorios, robotización y precariedad laboral. Las soluciones, como siempre, quedan en buenas intenciones.


Lo más extraño es que dirigentes influyentes como Donald Trump, Macron o Theresa May no acudieron a la cita al tener que resolver sus problemas locales, cuando hoy en día no existen como tales: todo está interrelacionado. ¿Todo? Al menos, mucho. Eso nos lleva a bautizar de otra forma a la economía actual. ¿Qué tal economía de suministro? Vamos a razonarlo. Y eso pasa por analizar el mercado inmobiliario.


¿Han subido muchos los pisos? ¿Estamos en una burbuja? Es difícil contestar a la pregunta, ya que no somos conscientes de las burbujas hasta que estallan. Existen casos de manual, como el bitcoin al final del año 2017 o los pisos en el año 2008. Otras veces, la cosa está más difusa. En todo caso, ahora hay una característica diferencial. ¿Cuál es? La heterogeneidad de la subida de precios. En Madrid o Barcelona, se han disparado. Eso ha hecho que el mercado del alquiler también haya subido, y esa es la razón por la que el Gobierno ha intervenido: deseaba evitar precios todavía más altos. En ciudades medias como Pamplona también ha existido subida, eso sí, no tan alta. En ciudades más pequeñas el alza todavía es más suave, y en pueblos que van perdiendo población a marchas forzadas el precio se derrumba. En un caso extremo, pueden valer cero. ¿Tiene lógica? Basta responder a esta pregunta: ¿cuánto vale algo que nadie quiere comprar?


¿De qué dependen los precios de los pisos? Del grado de conectividad de la ciudad con la economía global, vía producción de bienes y servicios diferenciados. Punto. Así, podemos establecer tres niveles. El grado alto, grandes ciudades con sectores industriales muy potentes. Sirven ciudades como París, Nueva York, centros como Silicon Valley… El grado medio, ciudades medias. Sencillo, ¿verdad? Aquí está Pamplona. Claves del suministro: la Volkswagen y la Universidad de Navarra. Grado más bajo, ciudades como Tudela. Suministro: el sector agroalimentario y la pertenencia a la conexión entre el Cantábrico y el Mediterráneo. El resto tiende de forma irreparable a la despoblación. ¿Quién va a ir a vivir a un lugar donde el desplazamiento es difícil y costoso? Claro que estaría bien tener mejores carreteras, mejores conexiones ferroviarias. Pero los presupuestos llegan a lo que llegan. Existen otras prioridades.


Así, volvemos a Davos. Las conclusiones indican el desconcierto existente con el rumbo que puede tomar la economía global. Así de crudo.


¿Y Europa? En un año en el que llegan las elecciones al Parlamento, existen retos que se deben destacar. El principal, la pugna entre grupos de países con diferentes visiones globales. Está la liga Hanseática (Holanda, países bálticos, países nórdicos e Irlanda), el grupo de Visegrado (Polonia, Hungría, República Checa y Eslovaquia), los países mediterráneos (España, Portugal, las particularidades especiales de Italia y Grecia) o el eje central formado por Alemania y Francia. Está también el asunto del Brexit. El gobernador del Banco Central Europeo, Mario Dragui, abandona la nave en octubre. Otros puestos de relumbrón también están en juego. En estas circunstancias, la armonía es imposible. Se trata de buscar mecanismos para conllevar la situación. Todo ello es un caldo de cultivo ideal para populismos, aunque el caso del brexit ha mostrado sus carencias y falsedades. Demuestra, también, que pese a los problemas de la Unión Europea se está mejor dentro que fuera. Y sí, podemos ser optimistas a medio plazo. La razón: la alternativa es mucho peor. Un ejemplo sencillo: tener un ejército común. El ahorro respecto de ir por libre es enorme. Más posibilidades: los mecanismos de supervisión bancaria logran que un rescate sea, en términos relativos, más barato. Además, ¿quién no desea menos burocracia entre países?


¿Y Navarra? Si nos abonamos a la teoría de la “economía de suministro”, es evidente que las discusiones identitarias no deberían centrar los debates. Como la religión, son aspectos que pertenecen a nuestros valores más profundos, aquellos con los que nos educaron de niños. Debemos ser cuidadosos, ya que son a la vez una fuente de riqueza y de confrontación.


Como comunidad debemos potenciar aquello que funciona y buscar nuevos caminos (políticas económicas y educativas), combinándolo con un sistema impositivo equilibrado (políticas fiscales) que nos permita desarrollarnos sin que nadie quede abandonado a su suerte (políticas sociales).


Davos, Europa, España, Navarra, nosotros, tú, yo. Todo está interrelacionado.



Javier Otazu Ojer de Economía de la Conducta. UNED de Tudela. www.asociacionkratos.com

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