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Con el mando en la mano

Resucitando a Orson Welles

Oskar Belategui.

Oskar Belategui.

08/11/2018 a las 06:00
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  • Oskar Belategui
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Todos los cineastas del mundo se han comparado con Orson Welles, que a los 24 años, sin haber rodado jamás un metro de película, firmó 'Ciudadano Kane'. La condición de genio le persiguió durante toda su vida, al igual que la de director ingobernable, que abominó de los estudios desde su segunda película, 'El cuarto mandamiento', cuyo montaje fue alterado por la RKO con cortes y añadidos sin permiso de su autor. Al igual que le ha ocurrido a Woody Allen en el último tramo de su carrera, Welles se exilió de Hollywood y trabajó allí donde encontró financiación. Cada proyecto le costó sudor y sangre. Nunca más volvió a dirigir una obra maestra como 'Ciudadano Kane', que ha encabezado siempre la lista de mejores películas de la historia del cine.

'Me amarán cuando esté muerto' es el zumbón título del documental que descubre el demencial proceso de rodaje de 'Al otro lado del viento', una película rodeada de leyenda que Welles comenzó a rodar en 1970. Cuando murió, en 1985, todavía seguía trabajando en ella. Netflix se ha ocupado de terminarla y estrenarla no sin polémica, ya que el autor de 'Sed de mal' solo montó veinte minutos y dejó más de cien horas de material grabado. En cualquier caso, resulta bastante más apasionante el documental que la película resultante. Al retrato de un encantador de serpientes, "a medio camino entre un maestro zen y dios", como se le define, se une la descripción de un tiempo, los años 70, en el que el cine adulto y experimental encontró su hueco en Hollywood.

'Me amarán cuando esté muerto' resulta tan caótico y febril como el largometraje con el que Welles pretendía parodiar el cine de autor europeo que reinaba en aquellos años, con Antonioni a la cabeza. Peter Bogdanovich reconoce que invitó a Welles a que viviera en su casa y acabó quedándose tres años. Dennis Hopper, colocadísimo, es uno de los amigos a los que el director convenció para que salieran en su película, protagonizada por un John Huston que no entendía ni una línea del guion. Y es que del filme se desprende que la mejor película de Orson Welles fue su propia vida.

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