El niño desocupado

Actualizado el 08/06/2018 a las 15:15
De todas las cosas buenas y no tan buenas que se derivan de ser padres, hay una que me parece muy interesante y es la capacidad para ser flexibles y adaptarnos a los cambios que supone la aparición de los hijos en nuestras vidas. Creo no equivocarme si afirmo que todos los padres descubrimos muy pronto que, con los niños, lo que vale y funciona hoy no es garantía de que perdure en el tiempo, ya que pronto otra circunstancia nos obligará a modificar las rutinas que acabábamos de instaurar. Al menos en mi casa así es. Para bien o para mal, las diferentes necesidades y personalidades de nuestros tres hijos nos han convertido en una suerte de malabaristas que manejan de la mejor manera que saben unas bolas de colores que en el aire se combinan e intentan no parar y no caer. En definitiva, buscando un equilibrio en movimiento, donde todas las piezas tengan su sitio y nos permitan a todos desarrollarnos satisfactoriamente en nuestra vida cotidiana. Y dentro de este equilibrio, los meses de mayo y junio son especialmente duros. Al síndrome del “fin del mundo” pre-sanferminero, se une generalmente un fin de curso escolar plagado de acontecimientos de todo tipo. Seguramente todos los padres tienen el calendario exactamente igual al nuestro: lleno de anotaciones. Difícil mantener las bolas en el aire, pero una vez más, nos adaptamos como podemos y llegaremos con éxito al ansiado inicio del verano.
Sin embargo, este año en el que nuestro hijo mayor cursa 1º de ESO (12-13 años), ha aparecido en este equilibrio una variante atípica y discrepante en el conjunto. En la vorágine de acontecimientos y sinvivires en que se convierten estos días, él está totalmente desocupado. El último examen lo hizo a mitades de mayo. Casi al día siguiente y gracias a la plataforma escolar, hizo sus cálculos y anunció que aprobaba la tercera evaluación y, por tanto, el curso. Y ahí se acabó todo. A partir de este día, no tenía “nada que hacer”. Ese “nada que hacer”, a mitades de mayo y con el resto de la familia intentando llevar a buen puerto los barcos cotidianos, resulta cuando menos sorprendente. Más si tenemos en cuenta el ritmo al que ha discurrido el resto del curso, con cantidades ingentes de materia que hay que abordar por diversos flancos.
Por un lado, este “nada que hacer” supone un alivio, ya que significa que el curso se ha superado con éxito. Pero por otro, resulta un brusco cambio en la rutina diaria, esa que a veces sirve para dar tranquilidad, no solo a los padres, sino también a los niños.
Para los que no habían tenido tanta suerte, los días 29, 30 y 31 de mayo fueron los exámenes de recuperación. Entonces se abrió el debate familiar, cuando mediante una circular, el centro prácticamente animaba a no asistir a clase. No solo eso, sino que nuestro hijo estaba completamente convencido en no acudir. Convencido de que no tenía nada que hacer allí y de que ni siquiera iba a haber nadie con quien hablar, ya que él daba por hecho que ninguno de sus iguales iba a asistir al colegio si no había nada que hacer... Pura lógica. Así que “nada que hacer” en casa, “nada que hacer” en el colegio… Y todo esto a un mes vista de finalizar el calendario escolar. Un mes entero… ¿Y nada qué hacer? Bueno, sí. Parece que algún proyecto de fin de trimestre, de carácter solidario y expositivo. Dinámicas seguramente muy atractivas. Pero que parecen un poco de entretenimiento y de “a ver si acabamos pronto con el curso y llega el día 14 de junio”. O al menos, esa es la lectura que desde nuestro desconocimiento profundo del aula percibimos. Sin embargo, él ya tenía claro a qué iba a dedicar su tiempo: a salir con sus amigos. ¿Todo el tiempo?
Con este debate en casa, nos encontramos comentando el caso con otros padres igualmente primerizos en el tema y que, al igual que nosotros, intentan por todos los medios ocupar el tiempo al desocupado estudiante. Otros padres que coinciden con nosotros en el mismo comentario: mejor que estén con sus iguales, al menos conversarán, o debatirán o planearán… Algo mejor será que quedarse en casa, intentando llenar el tiempo con lo más divertido: tablets, ordenadores, Nintendos y similares. Y esto solo acaba de empezar, ya que se inician con este tres meses completos cuyo tiempo hay que gestionar.
Como digo, cuando menos sorprendente. No podemos dejar de preguntarnos cuál es la razón de esta medida. Si se trata de responder de la mejor manera ante estudiantes que se encuentran agotados por el esfuerzo, podrían buscarse otras alternativas que permitan llegar a un mismo punto pero alternando periodos intensos de trabajo con periodos de descanso, algo similar al sistema francés.
Cuando se abren los debates sobre los cambios de jornadas escolares, hay posturas que acusan a los padres de considerar el centro como un lugar al que llevamos a los hijos para mantenerlos entretenidos y seguir con nuestro horario laboral. Por supuesto que no lo es. Y creo que el problema no está en que nos encontremos con un cambio de horario en mayo que no encaja bien en nuestra organización familiar. Va más allá de un tema de conciliación. Va de chicos como el mío que se encuentran de repente con un mes lectivo que parece que está de sobra. Y va de padres que, con mayor o menor dificultad pero no me cabe duda de que con éxito, seguirán incorporando estas variantes a sus particulares juegos de malabares, lanzando al aire las bolas de colores y haciendo que giren sin parar.