Una boda sin novio

Actualizado el 06/11/2017 a las 20:55
Isabel Romeo baja del coche de su padre. Viste un abrigo blanco, se adorna con un tocado del mismo color sobre su melena morena recogida en un moño en la nunca y completa su atuendo con unos guantes negros bajo los que se esconde, en su mano derecha, un anillo de pedida "precioso". Abre la puerta del vehículo, que se ha detenido frente a la parroquia de Santa Engracia, en la calle Tomás Castellano de Zaragoza. Y se dispone a avanzar del brazo de su padre, el ginecólogo Pablo Romeo, hacia el altar. Es la segunda de seis hermanos de una "familia bien" y para sus padres, su primera hija en llevar al altar. Son las seis de la tarde del 4 de junio de 1959 y, aunque el verano se cuela con prisas en la capital maña, a esa hora ya refresca y la novia cubre su vestido verde "de seda natural" con un abrigo de entretiempo. Isabel va a casarse pero no es una boda del todo alegre: tras hacer el paseíllo nupcial no se encontrará con su novio, Luis; sino con su futuro cuñado, Javier, estudiante de Derecho. Ella tiene 22 años y mucha prisa por viajar a Venezuela para reunirse con 'su' Luis Gastón, de 27 y que había viajado tres años atrás al país caribeño para labrarse un futuro mejor en las empresas petrolíferas. Y si abandona el Caribe para contraer matrimonio, no podrá volver a entrar. Así que, pese al disgusto de su familia, Isabel no se lo piensa dos veces y el poder del amor la lleva a casarse por poderes. "Tuve petición de mano y todo y una boda por todo lo alto, con un banquete en el Gran Hotel. Había muchos invitados pero no quise casarme de blanco porque no estaba Luis", recuerda. Isabel Romeo que, como todas las mujeres de esta serie, es real, me "presta" su historia, que conocí gracias a una de sus nueras, mi amiga Tita. La novia 'sin novio' hoy tiene 80 años, cuatro hijos varones, catorce nietos y hace diez meses que enviudó. "¿Que cómo lo llevo? Pues mal... Después de toda una vida juntos... Es duro estar sola", confiesa un sábado de lluvia por la mañana, sentada en el sofá de su casa de Pamplona, mientras desgrana su vida que parece sacada de una novela costumbrista. Se incorpora y me pide que la siga por la casa. Parece un museo con cientos de fotos antiguas que decoran las paredes (y, entre las que se hacen hueco sus trabajos enmarcados de punto de cruz). Y ella rejuvenece al verse, joven y tan guapa, en esas imágenes en blanco y negro que cuelgan en marcos ovalados. "Me parece que fue ayer".
En la iglesia, Isabel y su novio-cuñado intercambian los anillos y las arras. Y antes de empezar el banquete, su suegra le entrega una carta de su hijo Luis, con la condición de que la leyera cuando ya fuera su mujer. "¡Tenía ocho folios! ¡Fue preciosa!", recuerda. A los cinco meses de casarse, comenzado noviembre, Isabel pudo por fin viajar a Venezuela. "Es que todo el papeleo se retrasaba entonces muchísimo". Y a diferencia de su marido, que había emprendido la travesía con su padre y un hermano en barco, ella lo hizo en avión. En el aeropuerto de Barajas, relata, su madre lloró muchísimo. "Pero yo no solté ni una lágrima de tan contenta que estaba de reunirme con mi marido. Ahora entiendo a mi madre. Le dolió mucho". Entonces, recalca, no era habitual que una mujer viajara sola a una país tan lejano y para reencontrase con alguien que, aunque ya era su esposo, hacía tres años que no veía. "En ese tiempo no había vuelto a oír su voz. Solo nos carteábamos". Así que, confiesa, no sabía lo que me iba a encontrar. "Fue muy arriesgado. Menos mal que todo salió bien".
La llegada al aeropuerto de Caracas es uno de esos momentos, insiste, que han marcado el resto de su vida. "Mis padres me habían dicho que si Luis no aparecía me fuera a la Embajada de España o al colegio de los Jesuitas y pidiera ayuda. Pero allí estaba él. Como un caballero... Eso sí, con veinte kilos de más que cuando nos despedimos", se ríe. "¿Que por qué había engordado tanto? Por la comida y la cerveza, que allí se bebía muchísimo porque el calor tropical era insoportable". Al montarse en el coche, su ya marido empezó a hablarle con acento venezolano. "¿Pero bueno? ¿Por qué me hablas así? ¡Habla normal!", le recriminó y él disculpó su acento. "Es que se pega. Ya verás". El joven matrimonio se instaló en Punto Fijo, una ciudad en la península de Paraguaná en pleno Caribe, donde Luis trabajaba en una empresa de pozos petrolíferos. Al poco de llegar, un amigo jesuita les casó de nuevo en su parroquia. "No hacía falta porque ya lo estábamos pero a Luis le hacía mucha ilusión ponerme el anillo. Fue una boda íntima. Solo nosotros y el sacerdote".
Al año siguiente, nació su primer hijo, también con el nombre de Luis. "Mi madre me mandó todo el 'equipo' por barco. Ropa azul y rosa y hasta la cuna", se ríe. A los dos años, cuando Isabel se quedó embarazada de nuevo, le pidió a su marido volver a España. "A mí me mataba ese calor, tenía granos por todo el cuerpo y yo quería dar a luz con mi padre y mi hermano, también ginecólogo". Así que, cargada de equipaje, con su niño de 2 años y una tripa de siete meses, se embarcó en un trasatlántico que la llevaría a Barcelona. "¡Menudo viaje me dio mi hijo! Era muy movido y estuve toda la travesía corriendo detrás de él porque me daba miedo que se cayera a las piscinas o por la borda". Al poco de nacer el segundo niño, su marido regresó a su lado y continuaron su vida entre Zaragoza y Pamplona.
"Hemos sido muy felices y vivido por y para los hijos". Y todo gracias, añado yo, a esa jovencita tan guapa y valiente que se puso el mundo por montera para viajar al Caribe con los cubiertos de postre escondidos en su ropa interior. Esa mujer atrevida que se casó por poderes impulsada por el poder más fuerte: el del amor.