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Opinión
conceptos esparcidos

'Fe de etarras', humor contra el miedo

Fernando Hernández
Fernando Hernández
Actualizada 18/10/2017 a las 06:00

La segunda película producida por Netflix en España se estrenó el pasado jueves en esta plataforma de cine y vídeo en Internet, así que no esperen verla en los cines. Es Fe de etarras, una comedia firmada por Borja Cobeaga sobre un comando terrorista que, en el verano de 2010, espera en un piso franco de Madrid, la orden de cometer un atentado que impida el alto el fuego que está cerca de anunciarse.


Cobeaga es quirúrgico a la hora de centrar la película en los etarras (uno riojano, otro albaceteño, “de Chinchilla”, aclara) y en poner la mayor distancia entre ellos y las víctimas, para que no haya ninguna duda de que estas no son el objetivo de la comedia. Por lo que nos cuentan, ninguno de los protagonistas ha cometido todavía un crimen. Por la fecha de la acción, en los días del Mundial de Sudáfrica, nosotros sabemos, pero los terroristas no, que ETA ya no volverá a asesinar. Desde luego, no se va a abrir con esta película un debate sobre dónde están los límites del humor.


Fe de etarras no es Vaya semanita, ni Ocho apellidos vascos. No es una película plagada de chistes. Le basta con estirar un poco, no mucho, las cosas que les hemos oído decir a los terroristas y a los batasunos para que se revele su ridiculez. Y, por supuesto, esconde un profundo drama: el de la intolerancia de los protagonistas, que no tienen un pensamiento hacia sus víctimas.


Cristina Cuesta, la presidenta de la Fundación Miguel Ángel Blanco, planteaba esta semana en ABC lo que puede ser un compendio de los reproches de las víctimas a la película: “Es una parodia continuada de unos criminales descerebrados que pueden generar empatía. Es la humanización cuando no existe la deshumanización que provocan sus actos (…). ¿Por qué como sociedad nos permitimos enfrentarnos a la banalidad del terrorismo de ETA cuando somos absolutamente estrictos, y así debemos serlo, con la violencia contra las mujeres?”.


Patria, la imprescindible novela de Fernando Aramburu sobre ETA, también podría ser objeto de un reproche similar, el de la humanización de los etarras y, sobre todo, de sus familias. Pero el hecho es que los terroristas no eran extraterrestres, ni zombis afectados por un virus. Eran (son) nuestros vecinos, que decidieron camuflar su odio detrás de argumentos aparentemente racionales, decidieron que los demás no tenían derechos y decidieron asesinarlos para imponer su proyecto. Considerar que los terroristas viven en una locura irracional es negar el papel del mal ejercido de forma voluntaria.


La mejor virtud de Fe de etarras es que hará revolverse al mundo de la izquierda abertzale, que tiene un escaso sentido del humor. En 1985, HB, consciente de la fama de tristes que llevaban sus militantes, lanzaba una campaña para las fiestas de los pueblos (ya saben, jaiak bai, borroka ere bai) que llevaba como lema: “Una Euskadi alegre y combativa”. Euskadiko Ezkerra se ganaba sus insultos al responderles: “Alegres y combativos. ¿Habéis vuelto a beber?”. Tres años después, las fotografías de Txomin Iturbe, el entonces dirigente de ETA, con un polo de Lacoste en plena campaña de boicot a los productos franceses, daban pie a burlas sobre su incoherencia. El humor no elimina el miedo, pero lo alivia. Con todo el dolor que han causado, reírnos de ellos es otra forma de hacer justicia.


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