Pamplona I, prisión noruega

thumb

User Admin

Actualizado el 25/11/2016 a las 11:15

Ahí, en la colina de Santa Lucía, hay una especie de Reyno Arena penitenciario, la cárcel Pamplona I. Tenemos, según publicábamos esta semana, una cárcel infrautilizada. Se diseñó para mil internos, tal vez con la previsión de que los ciudadanos fuésemos cada vez más malos, pero lo cierto es que solamente tiene unos 270 inquilinos forzosos.

Así que habrá que mirar hacia Holanda, y apuntarse a su política de alquilar a otros países sus celdas libres (que tiene unas cuantas, a pesar de que ha cerrado en lo que va de siglo 27 prisiones). Primero lo hicieron con Bélgica, lo que no tiene demasiado mérito, ya que la cárcel de Tilburgo está a apenas diez kilómetros de la frontera entre los dos países. Después, emprendedores que han sido siempre los holandeses, siguieron buscando clientes en el extranjero. Y los encontraron en Noruega.

Desde septiembre del año pasado, la prisión holandesa de Norgerhaven (que, por una de esas casualidades, suena en el idioma del país escandinavo algo así como “jardín de Noruega”) tiene presos noruegos. Como dijo en la inauguración del centro el ministro holandés de Interior, los dos países han roto con las barreras geográficas, legales y organizativas.

El director de la prisión es noruego, y la cárcel se rige por el sistema penitenciario de ese país. Pero los funcionarios son holandeses y han tenido que asistir a cursos de inglés (me impresiona que se trabaje con el supuesto de que tanto funcionarios como presos puedan entenderse sin problemas en inglés), legislación carcelaria noruega y también se han familiarizado con la cultura carcelaria noruega.

“Es una cárcel muy cómoda, una prisión agradable”, como dijo Kenneth Vimme, condenado a 17 años por asesinato, que se quejó a la televisión pública noruega de que iban a ver menos canales que en su país. También ha habido quejas de los internos holandeses que se han visto desplazados de esa “prisión agradable”.

No es que el sistema carcelario noruego sea especialmente duro. En una prisión ordinaria, los internos tienen televisión, ordenadores y duchas en sus propias celdas. Erwin James, un periodista del británico The Guardian que cumplió por un doble asesinato una cadena perpetua de 20 años (sí, la contradicción es evidente), lo definía con sencillez: “La pérdida de libertad es todo el castigo que sufren”.

Hay más. Los criminales noruegos pueden pedir cumplir los cinco últimos años de su condena en la isla de Bastoy, donde hay ahora más un centenar de prisioneros, entre ellos asesinos, violadores o traficantes de drogas. Visto con los ojos de quienes no hemos sufrido más privación de libertad que un viaje organizado, con sus paseos en grupo y las extrañas relaciones de poder que surgen al sentarse en el comedor o el autobús, Bastoy parece un campamento en el que los presos crían vacas o caballos, reparan bicicletas o, incluso, se encargan de pilotar el ferry que une la isla con Horten una decena de veces al día. Por las noches, cuatro funcionarios se quedan a cargo de los internos, y, aunque la prisión ocupa toda la isla, tiene una playa abierta al público.

Así que, pensándolo bien, habrá que mejorar mucho la cárcel de Pamplona para hacerla atractiva a los presos noruegos. Desde luego, no vamos a poder ofrecerles sol y playa. No sé si el turismo carcelario va a ser lo nuestro.

Etiquetas:

    Continuar

    Gracias por elegir Diario de Navarra

    Parece que en el navegador.

    Con el fin de fomentar un periodismo de calidad e independiente, para poder seguir disfrutando del mejor contenido y asegurar que la página funciona correctamente.

    Si quieres ver reducido el impacto de la publicidad puedes suscribirte a la edición digital con acceso a todas las ventajas exclusivas de los suscriptores.

    Suscríbete ahora