La madre y el hijo
No me quito a los Azcona de la cabeza. Ni a la madre, ni al padre ni a los dos hijos. Sí, sí, son la familia que aparecía en este periódico el domingo

Actualizado el 18/11/2016 a las 10:11
No me quito a los Azcona de la cabeza. Ni a la madre, ni al padre ni a los dos hijos. Sí, sí, son la familia que aparecía en este periódico el domingo. Esa historia con final feliz en la que la madre despertaba del coma justo en el mismo minuto en que su hijo menor atravesaba la meta bajo la bandera de cuadros blancos y negros pilotando su Seat León en el circuito de Montmeló (Barcelona). Ese relato que quisieron compartir conmigo y, así, con todos los lectores desde su habitación del Hospital Virgen del Camino. “Seguro que ayuda a muchas personas que lo están pasando mal. Tan mal como lo hemos pasado nosotros”, confesaba Ramón Azcona Pastor, el padre y marido de Mikel Azcona y Clemen Troyas Tejada. Seguro que sí. No me cabe la menor duda. Porque la de Clemen y Mikel es una historia de campeones. Basta con mirar la foto de portada del domingo. Ella, una falcesina de 53 años, sonríe a la cámara del fotógrafo. Con su camisón azul claro, de paciente de hospital; y su pañuelo beige con estampado marrón, de enferma de cáncer. Y él, también falcesino y de 20 años, con los ojos del padre, la sonrisa de la madre y una camiseta azul más fuerte que contrasta con el blanco del hospital, se arrodilla a los pies de la cama. Con el trofeo de la carrera en su mano derecha y la felicidad, circulando por todo su cuerpo. Son las ocho de la tarde del miércoles 9 de noviembre. Al otro lado de la ventana de la habitación 214 está oscuro, chispea y el termómetro marca ocho grados. Pero, ajenos al invierno que acaba de llegar a Pamplona, en la habitación se respira el calor familiar. Mikel acaba de salir de trabajar del taller de reparación de vehículos que regenta en Tafalla. Y la cena (un caldo y una gelatina) aguarda en la bandeja de madera, en la mesa plegable a los pies de la cama. Todos esperan a que termine la sesión de fotos. En un lugar tan poco bucólico y, sin embargo, con unos protagonistas tan alegres y fotogénicos. No sonríen de manera forzada. Sino con sinceridad. Cuando arranco mi coche para irme a mi casa, después de casi dos horas de entrevistas, mi cerebro me devuelve, una y otra vez, esa imagen. La de la madre y el hijo. Y deseo con todas mis fuerzas que mis tres niños, que me estarán esperando despiertos para que les lea las aventuras de ‘Gerónimo Stilton’ antes de dormir, me miren con la mitad de devoción cuando sean mayores.
Ese mismo miércoles por la mañana mi marido me avisó para que mirara la página 43 de nuestro periódico. Era una noticia breve (dos módulos de ancho por dos de alto, un 2x2 que decimos los periodistas) en la sección de Deportes que, confieso, no suelo leer con mucho detenimiento. En el texto se informaba de la victoria de Mikel Azcona y, en el último párrafo, se mencionaba que dedicaba la victoria a su madre, hospitalizada. Nosotros conocemos a la familia y estábamos al tanto de la delicada situación por la que atravesaban (después de que, tras el éxito de una operacion de cáncer de ovario, una secuela, la hemorragia al intentar quitarle líquido de un pulmón, dejara a Clemen en la UCI en coma inducido durante diez días). Así que le envié a Ramón, su marido, un ‘whatsapp’: “Enhorabuena por la victoria de Mikel. ¿Cómo sigue Clemen?” Fue entonces cuando me contó lo que había pasado tres días atrás. Incrédula, le dije que me parecía una historia de película y que quería escribir un reportaje, si no tenían incoveniente. Y les pareció fenomenal. “Vamos hoy mismo a hablar con vosotros. Cuando mejor os venga”, le adelanté. “Pues cuando Mikel llegue de trabajar. Entonces estaremos los cuatro juntos”, me respondió Ramón. El tiempo que estuve en esa habitación del hospital fue uno de los más gratificantes que he pasado en meses. O incluso en años. Y no solo por la historia (de milagro o coincidencia, según quiera verla cada uno) sino por la familia que allí me encontré. Un marido entregado, atento con su mujer, que le acercaba un paquete de pañuelos de papel cuando lloraba o le acariciaba su pelo corto y cano, incipiente tras la quimioterapia. Unos hijos que no se separaban de su madre. “Mikel se desmayó cuando nos dijeron que había entrado en coma y que se temía por su vida. Imanol (el hijo mayor) se ha cogido unos días fiesta en el trabajo. Quiere estar aquí. Con ella”, contaba Ramón.
Entonces pensé en todos los artículos que leo en las redes sociales sobre ‘malasmadres’ en tono de humor (como el resto de mis columnas) para desdramatizar esa maternidad que tantos quebraderos de cabeza nos da. Esa crianza que no nos deja dormir por las noches ni vaguear en la cama los fines de semana. Que nos desvela cuando los niños no paran de toser o se despiertan llorando con 39 de fiebre a las tres de la madrugada. Que nos impide desayunar tranquilos cuando la leche se derrama (día sí, día también) en el hule de la mesa de la cocina a las ocho de la mañana Ni nos deja disfrutar de una comida de domingo con los abuelos porque el pequeño se niega a probar bocado o el mayor se enfada porque no le dejamos ordeñar las vacas o recoger los huevos de la gallinas en un juego on line sobre granjas cuando estamos sentados a la mesa. ¿Por qué nos quejamos tanto? Lamentamos el estrés que llevamos (con tantas tareas y extraescolares de los hijos, que nos hemos atribuido como propias) y maldecimos que no tenemos tiempo para nosotros; no podemos salir casi nunca en pareja o con los amigos. Y ponemos el grito en el cielo de que, con tres hijos, es difícil llegar a fin de mes. “¡Pero nadie nos ha puesto una pistola en la sien y nos ha obligado a tenerlos”, dice a menudo mi amiga Tita. Y tiene razón. Los hijos (a los que, ‘aunque sean tan pesados se les coge cariño’, sigue bromeando) son nuestro mayor triunfo en la vida. Tanto es así, que daríamos, sin dudarlos ni un segundo, la vida por ellos. Por eso, no me extraña que Mikel Azcona le haya dedicado el trofeo a su madre. Es su forma de agradecerle, aunque él aún no lo sepa porque es muy joven, esas noches en vela porque el bebé no conciliaba el sueño, ese sufrimiento cuando el niño pequeño no comía las alubias verdes o la fruta o ese ‘sinvivir’ de sus primeras salidas nocturnas cuando el adolescente llegaba tarde a casa. El domingo 6 de noviembre a las 12.50 horas se demostró que volvían a ser uno. Como antes de nacer. Como en los primeros meses de la vida. O como cuando hay un problema grave y se recurre a la madre. Siempre a la madre. Y hoy no recurro a ninguno de mis expertos de cabecera para afirmar (porque yo misma lo he comprobado) que hay vínculos que no se rompen. Como los de la madre y el hijo.