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Opinión
CON EL MANDO EN LA MANO

Preliminares

Rosa Belmonte.

Rosa Belmonte.

01/10/2016 a las 06:00
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Edgar Neville mandó a ABC su necrológica pocos días antes de morir. Y murió de un infarto. Empezaba así: "Raro es en estos últimos años que no corra la noticia de mi fallecimiento por todo el ámbito nacional y, a veces, hasta en el extranjero. La verdad es que he tenido varios encuentros con la muerte, y ha habido conversaciones preliminares entre ella y yo, pero luego, al final, no nos poníamos de acuerdo y cada uno tiraba por su lado". Se decidió a escribirlo porque muchas personas lo llamaban a su casa para ver si estaba muerto: "Contestaba con un tono de duda, y no me atrevía a defraudarlas". El humor es la única vía seria para todo. También para la muerte. Pero no es el tono del programa de Jon Sistiaga ('Tabú'), que la temporada pasada iba de pederastia y el jueves en #0 empezó a ir de la muerte. Philippe Ariès ya nos contaba en su extraordinaria 'Historia de la muerte en Occidente' que la misma había sido expulsada a los hospitales, a los tanatorios. En el programa, el escritor Sergio del Molino (ya lo había contado en el conmovedor 'La hora violeta') recordaba a Sistiaga cómo se llevó a su hijo Pablo, enfermo de leucemia y ya si solución, a morir en su casa. Con sus peluches. Administrándole él mismo la morfina. Porque no hay cuidados paliativos para niños pequeños. Sistiaga trataba de mostrar cómo se muere en España. Qué se considera muerte digna. Habrá también un capítulo de suicidios. Demasiado serio todo. No me resisto a recordar tres libros donde la muerte también es humorística. Desde el más reciente 'Hasta las cenizas. Lecciones que aprendí en el crematorio', de Caitlin Doughty, las memorias de una licenciada en Historia medieval con afición por lo macabro que trabajó en una funeraria, a 'Muerte a la americana' de Jessica Mitford, pasando por la novela 'Los seres queridos' de Evelyn Waugh. Los tres ponen a la industria funeraria americana a caer de un burro. Tras este primer capítulo del 'Tabú' dedicado a la muerte, nos quedamos a punto de ir a Suiza a la clínica (al piso, vaya) donde te puedes dar matarile legalmente. Qué ganas.

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