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Opinión
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Clave navarra del 25-S vasco

Marcos Sánchez.

Marcos Sánchez.

DN
18/09/2016 a las 06:00
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Ser o no flor de un día. Ésta es la incógnita que ha acompañado a Podemos desde su nacimiento y, de momento, los de Pablo Iglesias y sus sucursales ya tocan piel en las instituciones.

En Navarra, la irrupción morada se tradujo hace casi año y medio en siete escaños legislativos que se sumaron sin rendición al conglomerado para desalojar a UPN del timón de mando, pero también en una autoproclamada condición de rescatadores sociales que con el paso del tiempo se ha demostrado como un mera verborrea. El papel de Podemos dentro del cuatripartito se está limitando al de alguien a quien sus socios le permiten ciertas excentricidades para a continuación hacerle pasar por el aro bajo la recriminación de, con su actitud o palabras, darle balas a la oposición. Alinearse con el “régimen”. El pecado capital. Una labor de domadores en la que fundamentalmente miembros de EH Bildu como Adolfo Araiz y Maiorga Ramírez están cultivando experiencia como para fundar un circo.

Conocí hace tiempo a alguien que acostumbraba a vestirse con un calcetín en el pie izquierdo distinto al del derecho. Y viceversa, obviamente. Aquello me causó extrañeza en un principio, pero con el paso de los días terminé aceptando que mejor no indicarle nada. “Él es así...”, hubo quien comentó resignado. “Ellos son así...”, hay quienes comentan resignados en el seno del cuatripartito respecto a Podemos. Tienen ambos así un grado de eufemismo, como de no querer decir todo lo que realmente se piensa. Esto es, peculiares. O, yendo más allá, raros de solemnidad. El de los calcetines desligados y Podemos. Lo curioso del partido que aquí comanda Laura Pérez es cómo a base de ser así ha comido terreno, en resumidas cuentas votantes, a las fuerzas nacionalistas.

Los datos son los que son y han propiciado unas gráficas de evolución llamativas para uno y otros. Podemos se hizo con 46.207 apoyos en su debut electoral de las forales de mayo de 2015, que crecieron a 81.216 en las generales de diciembre del mismo año y a 94.555 en las segundas generales del último junio. En el caso de EH Bildu, el mismo trayecto ha deparado 48.166, 34.939 y 31.310 votos, respectivamente. Una caída que incluso queda como digna en comparación con la de Geroa Bai, coalición de la presidenta Uxue Barkos: 53.497 sufragios primero, 30.642 posteriormente y 14.289 poco más tarde. El balance arroja un saldo positivo de 48.348 votos para Podemos, frente a los negativos de 16.856 y 36.641 para EH Bildu y Geroa Bai. Y en sólo un año.

De entrada, unos comicios autonómicos y unos estatales tienen condicionantes particulares que hacen complicado ponerlos en un mismo plano, sobre todo en Navarra y especialmente al ser el independentismo uno de los actores implicados. Sin embargo, la distancia entre siglas que han deparado las dos últimas citas con las urnas ha resultado tan amplia, sobre todo entre Podemos y Geroa Bai, que parece iluso basarla de forma exclusiva en la apelación al voto útil.

Los partidos nacionalistas necesitan algún tipo de indicador que les dé a entender si la mordedura que les endosó Podemos en las generales les va a seguir sangrando. Las elecciones vascas del próximo domingo les puede servir de referencia, a modo de termómetro que mida si los morados preservan su fortaleza de antes ya sin Iglesias en el centro de los carteles. De momento, los sondeos han venido a coincidir en un triunfo del PNV y una pugna por el segundo puesto entre la Batasuna moderna y Podemos, a pesar del victimismo propagado por la inhabilitación del exrecluso Arnaldo Otegi. La victoria en Euskadi de los sucesores de Sabino Arana no sorprende. Su liderazgo no se discute, como no se discute el de UPN en Navarra a modo de fuerza más respaldada. Pero a su versión foral de Geroa Bai se le prevén muchas dificultades para recuperar de cara a 2019 los casi cuarenta mil votantes que se le han marchado. EH Bildu, por su parte, se ve forzado a debatir si su obediencia a Barkos le propicia réditos. Si le sirve de algo estar siempre a las once de la noche en casa cuando el socio díscolo de los círculos sale y vuelve a las horas que le da la gana. Y, encima, pide la paga.

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