Me estoy rebotando

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User Admin

Actualizado el 16/04/2016 a las 06:00

Andaba ordenando cajones cuando encontré un objeto extraño. Era sólido y delicado. Con esa determinación de las herramientas manuales que fabrican cosas manuales: limas que afilan navajas, navajas que cortan bocadillos, bocadillos que alimentan demócratas. En realidad, parecía un huso. El huso de una rueca. Lo saqué del cajón, tiré del hilo y mi pareja reculó veloz por el pasillo, frenó en el vestíbulo, se puso el abrigo mojado y saludó antes de salir. ¡Pum!, la puerta. El mundo rebobinaba y volví a tirar. Que el frutero recogiera en su cesta las patéticas mandarinas que acababa de venderme no me hizo tanta gracia. Ahí se quedó el hombre, con el cigarro y las malas ideas prendidas en su cabezota. Cuánta traición. Después, desabrió la frutería y caminó de espaldas hasta el colegio electoral de Iturrama donde las papeletas levitaron hasta salir de la urna para regresar a sus manos. Acababa de desvotar. Bastante furiosa, seguí tirando y me fascinó el orden de los acontecimientos. Primero te duchabas y luego decías que te ibas a duchar. Eso me gustó. Del dicho al hecho hay un trecho, cuenta el refrán, y se veía tan bien el trecho. Los actos se adelantaban a las palabras y así, el mundo transcurría a pelo, como un espectáculo sin presentadores o con unos presentadores finales que adquirían la condición de jueces pues la moral se basaba en la concordancia de los hechos con su predicción posterior. Me explico. Si te regalaban unos calcetines o te llamaban a votar y aseguraban después que te iban a traer justo lo que querías, mal, muy mal. Pero si te regalaban unos calcetines o te llamaban a votar y aseguraban después que te iban a soltar cualquier minucia, ¡mal también, qué demonios! Aunque un poco mejor. Creo. Siempre necesitamos calcetines y sinceridad. Vi mucho tirando del hilo. Vi crímenes, vi mentiras y vi también cosas hermosas. Un muchacho que tras reptar bajo un coche, voló al sillín de su moto y huyó marcha atrás de su atropello. Las flores reverdecían. La pistola de un teniente coronel reabsorbió las balas que había lanzado al techo y salió gritando: “¡Quieto todo el mundo!”. Bueno, lo que exactamente gritaba era: “¡Odnum le odot oteiuq!”. Algo así. Incomprensible. Hacia atrás. Lo que fuera. Yo no paraba de enderezar tuertos a toda leche, a la antigua, a la quijotesca. No atropellar, no vender patéticas mandarinas, no agujerear techos de congresos. Hilo, hilo, hilo. Oí unas llaves en la puerta y recompuse la bobina de golpe. Era mi pareja. Se detuvo en el vestíbulo, saludó y colgó su abrigo mojado. “¡Acabo de votar!”, decía mientras avanzaba por el pasillo. Me asusté. Me alegré. Guardé el huso al fondo del cajón y entró. Con el futuro otra vez. O no.

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