“Independientemente de la lectura política, creo que el navarro medio vive bien”
Dirige desde hace dos años la planta de Schneider Electric SA en Puente la Reina, una de las seis fábricas, además de dos centros logísticos, que la multinacional francesa tiene en España. Emplea a cerca de 250 trabajadores y se dedica a la producción de interruptores eléctricos, con 60 millones de unidades producidas al año. El 85% de sus ventas son exportaciones


Actualizado el 24/01/2018 a las 13:24
Al teléfono móvil suena tajante. Casi cortante. De fondo, se oyen voces y se nota que no es buen momento. Aun así, contesta a la llamada de origen desconocido y concede la entrevista remitiendo a una posterior petición formal por correo. Semejante parquedad oral invita a pensar en ella como alguien ejecutivo, resolutivo, acostumbrado a mandar. Pero el prejuicio cae en segundos al recibirte. Y cuando te dice que es de Etxalar ya no caben malentendidos. Rubia, ojos claros, directa, cumple el prototipo del navarro del norte, poco amigo de circunloquios. “Estaba en un reunión. Soy mucho más simpática en la vida real”, dice armándose con una sonrisa franca.
Es jueves y viste sencilla. Americana, pantalón, blusa con toques de color y unos mocasines negros, gruesos y desgastados. Deduzco que, como pisa taller a diario, opta por el calzado recio y cómodo para transitar por la fábrica. Buscamos un rincón en la fábrica donde fotografiarla. Ella nos guía a través del camino acotado por líneas amarillas pintadas en el suelo que separan la zona transitable entre las líneas de producción. En el pasillo central, dos carretillas de conducción autónoma, asisten a las líneas en un ida y vuelta constante en el carril. Escrupulosa, en el trayecto, no evita fijarse en una columna de cajas apiladas que invade el pasillo apenas con una esquinita y la empuja ligeramente hacia la célula.
Hija de un ingeniero de Etxalar y un ama de casa de Elizondo, estudió ingeniería industrial en San Sebastián. Y aunque no ha conocido otra empresa que Schneider -hizo las prácticas del proyecto fin de carrera en la antigua planta de Pamplona- su trayectoria vital y profesional no tiene un ápice de local. Las muescas de su currículo en esta multinacional francesa pasan por Valencia, viajando y dando soporte desde allí hasta las plantas de Sudamérica, África y Oriente Próximo. Después, por Brasil, coordinando desde allí las plantas en Sudamérica. Y su estancia posterior en Hungría, como directora de la fábrica de Zalaegerszeg. Regresó a Navarra hace años como directora de la planta de Puente la Reina, donde emplean a casi 250 personas, en la fabricación de interruptores eléctricos.
Esta migración laboral no le resultó extraña. Su ruta vital y familiar siempre estuvo jalonada de mudanzas. Su padre, también ingeniero, ocupó puestos de responsabilidad en distintas empresas que no quiere citar. “En 1979 estuvo viviendo en Libia por motivos de trabajo. Nosotros nos quedamos aquí. Porque mi madre no pudo viajar, al estar embarazada de mi hermana y debía ponerse vacunas. Luego, sí, nos mudamos todos a Houston (EE UU). Yo tenía 9 años. Estuvimos allí tres años. Aprendimos inglés y nos lo pasamos bomba. Los veranos siempre estábamos deseando venir a Etxalar a casa de la amatxi y con los tíos”, recuerda. “Si quiere que le diga todos los sitios donde vivimos, vamos a ocupar toda la página”, advierte. Y enumera: “Navalmoral de la Mata, Valdecaballeros, Cañamero, Almansa, Elizondo, Segura, Houston y Etxalar”.
¿Qué ha significado tanto cambio de residencia en su vida?
Ser consciente de que tengo mis raíces aquí y de que me gusta mucho Navarra, pero que hay mucho para ver en el mundo.
¿Cómo le dio por hacer ingeniería?
Porque mi padre lo era y me gustaba mucho el mundo industrial. Cuando tenía 7 años ya había visitado alguna fábrica donde él trabajaba. Además, me gustaban las ciencias. Fue algo natural. De pequeña, ya pasé por eso de querer ser enfermera. Y egiptóloga. Pero mi padre me dijo: ‘tu abuela no te va a mandar bocadillos a Egipto’.
Las Universidades subrayan que hay poca vocación de mujeres ingenieras.
Tengo muchísimas amigas ingenieras que estudiaron conmigo. Cuando entré en primero, éramos como un 20% en clase. Cuando terminé en quinto, la proporción de los que entraban era del 50%. He estado muchos años fuera y al volver esto me ha sorprendido.
¿A qué cree que se debe?
No lo sé. Las ingenieras que conozco son unas apasionadas y lo disfrutan un montón. No creo que nadie sepa realmente por qué.
Universidades y colegios de ingenieros dicen que es cultural, que las mujeres prefieren las ciencias de la Salud, que hay poca visibilidad social de las que ejercen y por la complejidad de los estudios.
Puede ser. En Europa del Este, muchas investigadoras han sido ingenieras. Tereshkova, la primera mujer rusa que mandaron al espacio, era ingeniera, si no me equivoco. Desde luego, yo, ni en casa, ni en el colegio, tuve ninguna traba para estudiar esto. Y tengo la suerte de estar en una empresa donde valoramos la diversidad. En todos los sentidos: raza, religión, género, orientación sexual. Y donde se apuesta por el talento.
¿El código de valores de una multinacional europea es distinto a una americana? (Schneider es un grupo francés)
No lo sé. Nunca he trabajado en una empresa americana. Sí le puedo decir que para Schneider Electric, el talento no tiene género. Nuestro CEO, Jean Pascal Tricoire, firmó junto a diez multinacionales un compromiso en Naciones Unidas, llamado He for she, para fomentar la igualdad de género, con todo lo que conlleva. Y la abanderada de esto es Emma Watson, la actriz de Harry Potter.
Ya que entramos en este territorio, ¿qué opina de toda esta campaña holliwoodiense contra el acoso sexual?
De entrada, yo nunca he tenido nunca ese tipo de problemas. Y he estado trabajando en entornos muy masculinizados.
En Francia ha surgido cierta ‘contramedida’ por parte de destacadas mujeres, que ven un exceso de puritanismo...
Lo sé. Pero ni una cosa, ni otra. Creo que la vida es mucho natural que todo eso. A todas nos gusta un piropo. Y, como todo en la vida, tiene que estar dentro de una justa medida. Todo es cuestión de respeto tanto para mujeres como para hombres.
La planta de Schneider en Puente la Reina siempre ha presumido de paridad en su plantilla. Quitando el sector agroalimentario ¿son excepción en la industria navarra?
No creo. Es verdad que aquí hay un componente histórico. Empezamos hace 45 años cuando la mujer se incorporaba al mundo laboral. De aquellas, muchas siguen aquí y están a punto de jubilarse. Y trabajan como la que más. Son las que han sacado la planta adelante en muchos casos. Pero hemos tenido una evolución. De un montaje muy manual se ha pasado a un montaje industrial. Igual que entonces entraron muchas mujeres, ahora entran muchos chicos con FP.
De nuevo, el factor cultural.
Si en ingeniería hay pocas mujeres, me parece que en FP industrial, menos. El caso es que ahora, en esta fábrica, tenemos diversidad de género y de generación. Que al final también lo hace muy rico.
¿Por qué?
Porque tienen una visión muy buena entre ellos. Estas señoras tienen una experiencia y una visión del mundo laboral diferente a la que tienen hoy los jóvenes.
¿Más conservadora en el empleo?
Seguramente sí. Esta muy relacionado con la generación Z que viene. Los jóvenes valoran mucho más el tiempo libre.
Aquí todos trabajan a tres turnos ¿no?
Sí, todos vienen a tres turnos. Y todos dan el callo como el que más.
¿Conoce a toda la plantilla?
¡Hombre! Son casi 250. Y no me sé la vida de todos. Pero a todos los conozco de cara. Y si me los encuentro en la calle sé quién son.
¿Pisa mucho taller?
Todos los días. Para ir a mi oficina, tengo que pasar por el taller. Y me encanta, además.
¿Cómo es usted como jefa?
De Etxalar. (Ríe)
¡Mujer! Defina un poco más.
Quiero pensar que soy empática y abierta. Pero no debo ser yo quien lo diga.
¿Estricta?
Estricta, sí. Y metódica. Tengo muy claro a donde tenemos que llegar. Y además me gusta ser puntual.
Pues en Brasil la puntualidad, no sé yo...
(Ríe). Tenía mis estrategias. Si la reunión era a las 12, convocaba a mi gente a las 11,30 para que a las 12 estuvieran todos organizados para empezar la reunión con los franceses. Luego, en Hungría, era todo lo contrario. Si la reunión era de 11 a 12, a las 12 se zanjaba. Además, los húngaros no hacían bromas, ni hablaban de otras cosas. Fue todo un contraste. Salí de Brasil en noviembre y en enero me incorporé en Hungría. Fue pasar del verano brasileño, de estar en shorts, a tres meses de nevadas en el núcleo duro de la Europa central. Para que lo sitúe en el mapa, la planta estaba en el condado de Zala, en la frontera, a hora y media de Zagreb (Croacia); Máribor (Eslovenia); Graz (Austria) y a dos horas de Viena. Y el húngaro es muy difícil de aprender. Aunque parece que está un poco relacionado con el euskera...
¿Habla euskera?
Sí. En mi casa, siempre hemos hablado en castellano. Pero con tres años, vivía en Elizondo y aprendí euskera. Por origen, más que nada. Y con mis abuelos hablaba. A lo que iba, empecé a estudiar húngaro y aunque los filólogos digan que no hay conexión idiomática, sí que hay similitudes. El plural también se hace con ‘k’. Había un pueblo cerca llamado Zamardi. Y el aita- aia que para nosotros es 'padre', allí es un pope (un sacerdote). Esas cosas me llamaban la atención.
Si no lo hubiera aprendido de niña, ¿habría estudiado euskera?
No lo sé, porque vivía fuera. Pero ninguno de los idiomas que he aprendido me ha molestado estudiar. Húngaro entiendo, pero no lo sé hablar. ‘Portuñol’, sí aprendí. (Bromea).
¿Alguna anécdota de bisoñez en todos esos años de experiencia internacional?
Tengo todo un anecdotario. Mi primer viaje fue a Argelia. Iba yo en manga corta, tobillos al aire y esperando en la recepción del hotel con el pelo mojado. Debía ser una provocación total para los musulmanes. Todos me miraban y no sabía por qué. Pero, de todo, me quedo con las trabajadoras de Hungría. Habían tenido muchos jefes extranjeros, pero yo era la primera mujer. Nunca conseguí hablar directamente con ellas, siempre iba con traductor. Pero el día que me despedí para venir aquí, todas lloramos como magdalenas y nunca nos habíamos hablado. Solo nos habíamos sonreído.
DIRECTIVOS Y DECISIONES
¿Es posible llegar a ser directivo en una empresa sin hacer sangre?
A ver... Cuando tomas un puesto de responsabilidad lo tomas con lo bueno y con lo malo de la responsabilidad. Lo bueno es muy bueno. Y lo malo es que a veces hay que tomar decisiones por el bien del conjunto. Si lo que piensa es en el modelo tradicional de directivo, de ordeno y mando, eso ya no existe. Tienes que tomar las decisiones con un equipo. Porque las decisiones unilaterales no son sostenibles en el tiempo.
Por mucho equipo que haya de por medio, al final, son decisiones personales.
La responsabilidad es mía, sí.
Digo personales, porque afectan a personas: despidos, contratos, reubicaciones...
Generalmente, son cambios consensuados. En Schneider, nos preguntan donde queremos estar o no. Eso sí, nosotros estamos en una cultura de alto rendimiento.
¿Cómo casa esa cultura de rendimiento con tener mujeres que lleven aquí trabajando toda su vida? Para muchas empresas parece que el rendimiento esté reñido con la edad.
Eso aquí no pasa.
¿Esa cultura podrá seguir en el futuro?
Ese es mi trabajo: asegurarme de que todo el mundo se pueda jubilar aquí. Asegurar la competitividad de esta fábrica para que siga aquí otros cincuenta años o más.
¿Las ganancias de productividad son infinitas?
Sí. Sí. Siempre se puede ganar algo. Es verdad que pueden ser asintóticas, es decir, que cada año tienden a ser menores que el anterior. Pero siempre hay metodologías, como la Lean, que te ayudan a buscar los desperdicios, dónde están las mejoras del proceso productivo. Y luego, también, hay muchos avances tecnológicos que te permiten seguir manteniendo la competitividad.
Es decir, que se puede mantener la competitividad sin tocar sueldos...
‘Tocar’ sueldos , ¿en qué sentido?
Bajar salarios. O regatear beneficios económicos o sociales a la plantilla.
(Pone cara de circunstancias)
¿No negocia usted el convenio?
Lo hace Recursos Humanos de Schneider.
¿A qué convenio están acogidos?
Al del Metal. Pero tenemos pacto de empresa.
¿Nunca se han descolgado?
No. Nosotros tenemos una política de incremento salarial dentro de lo acordado.
¿No bajaron condiciones cuando se trasladó personal de Burlada a Puente?
No tengo ni idea. Ya no estaba allí. Para mí, que fue una situación totalmente transparente. Pero, en vez de meter este rollo, es todo más sencillo. Mi trabajo es mantener la competitividad de esta fábrica para seguir teniendo trabajo y poder poner un producto competitivo en el mercado. Todas esas historias que pueda oír...
¿Historias? Pero si ustedes no han tenido conflictos desde hace muchos años.
No. Por una razón sencilla, porque dialogamos con la plantilla.
¿Les explican resultados y objetivos?
¡Obvio! Todos los meses.
¿Por boletines, correos y paneles, o lo hacen directamente?
Nos juntamos. Todos, además. Una vez al mes. Y, no solo les explicamos cómo van las cosas, sino también cosas de seguridad, de si va a venir esto o lo otro. Cómo van a ser los próximos meses, cómo va a ser el verano y si se han cumplido las previsiones o no. Además, y este año lo hemos mucho, nos juntamos por líneas. La relación es muy directa.
CRECIMIENTO DESPEJADO
Diez años fuera ¿cómo ve Navarra al volver?
Muy bien. Creo que tenemos algo innato, que es ser muy positivos. No somos gente que nos achantemos fácilmente. Además, Navarra está bien posicionada. Geográficamente, tenemos salida directa a Europa. Las universidades nos pueden nutrir de gente muy preparada y con altas competencias. Desde el punto de vista económico y industrial, creo que las políticas que está fomentando el Gobierno de Navarra en la industria 4.0 son muy importantes. Sobre todo, para las pymes. Para nosotros, como multinacional, igual es más fácil. No podemos perder comba. Tenemos que estar preparados para la digitalización.
Entiendo que, para usted, esta legislatura no es tan catastrófica como se dice.
Independientemente de la lectura política de la legislatura, donde no voy a entrar, creo que el navarro medio vive bien.
Y ¿en temas fiscales?
Nosotros no tenemos problemas. Pero creo que tributamos a nivel de España, no como planta individual. (Tras consultarlo, la responsable de comunicación del grupo cuenta que tributan a nivel de grupo en España, pero en Navarra pagan impuesto de Sociedades por volumen de negocio, porque la fábrica de Puente la Reina supone un porcentaje amplio de operaciones).
Supongo que habrán hecho ya sus proyecciones para 2018. ¿Cómo lo ven?
Crecimiento. Crecimiento. (Reitera sin dudar). Nuestra actividad, en cierto modo, está relacionada con la construcción. Y de hecho, podemos decir que la crisis se ha acabado. Pero, no ahora ¿eh? Ya lo vimos hace un par de años. En 2017 ha sido la consolidación. En España, también. Aquí vendemos el 15% de nuestra cifra de negocio.
¿Les afecta la crisis de Cataluña?
Nada.
Y ¿la subida del petróleo?
Podría, en la medida que se encarezcan las materias plásticas. Pero nada crítico.
Una canción: Sultans of Swing
Un libro: El conde de Montecristo, de Alejandro Dumas
Un color: Azul
Un poema: Ufff… Soy muy de ciencias.
Un paisaje: Baztan Bidasoa
Una persona: Mi hermano Ion
Un lugar para vivir: Etxalar
Un lugar para perderse: Sudáfrica
¿Qué le irrita? La posverdad, apelar al sentimentalismo para distorsionar la realidad y la objetividad en la sociedad
Una virtud: Perseverancia
Un defecto: No escuchar
¿Qué no permite en sus trabajadores? No me gusta la crítica gratuita
Ingeniera y global. Elisa Genua (San Sebastián, 27-3-1976) es la mayor de los tres hijos de Jose Antonio (natural de Etxalar) y Clara (nacida en Elizondo). Su infancia estuvo marcada por continuas mudanzas por cuestión de trabajo de su padre. A su vuelta de EEUU, con 12 años, estudió en el colegio inglés de San Sebastián. Allí se licenció como ingeniera en Organización Industrial por la Universidad de Navarra. Lleva casi 17 años trabajando parra el grupo Schneider, a cuya planta de Pamplona se incorporó en 2001 tras realizar sus prácticas de fin de carrera. En 2005 fue ascendida como responsable de calidad para distintas plantas del grupo en Valencia. En 2010, se trasladó a la filial de Brasil y en 2013 pasó a dirigir la planta de Hungría. En 2016, fue nombrada directora de la planta de Puente La Reina. Está casada con Alberto, un ingeniero industrial cántabro que conoció en Brasil.