Carnaval sin máscara

Los ‘joaldunak’, que no ‘zanpantzar’, aguardan a ahuyentar los malos espíritus en su periplo sonoro de 4 kilómetros entre Ituren y Zubieta.

Los 'joaldunak' regresan a Ituren y Zubieta en enero de 2017 como todos los años.
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Los 'joaldunak' regresan a Ituren y Zubieta en enero de 2017 como todos los años.Jesús Caso
Los 'joaldunak' regresan a Ituren y Zubieta en enero de 2017 como todos los años.

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Natxo Gutiérrez

Actualizado el 22/02/2017 a las 09:48

Hace siete años, Fermín Goizueta Apeztegia sufrió un aparatoso accidente al caer de lo alto del Ayuntamiento de Ituren. En un descuido perdió el equilibrio mientras arreglaba unas cañerías. Sus pies quedaron destrozados. Las heridas no fueron tan profundas como el lamento que sintió por su temor a no vestir de joalduna el invierno siguiente en Aurtitz, un barrio de Ituren con vocación de pueblo con 150 habitantes. “Eso fue en marzo -recuerda-. Me perdí el año siguiente pero al otro ahí estaba dándole leña”. Sin olvidar aquel percance, su fidelidad a perpetuar una costumbre cultivada en el caserío materno de Iurdanea con el ejemplo de sus tíos, regresó con mayor entusiasmo si cabe. Hoy, cada vez que su cuerpo queda embutido en un vellón y de su espalda cuelgan dos cencerros, de “6,5 o 7 kilos de peso” en su conjunto, se mira sus pies.

No puede reprimir el primer impulso para compromar si le queda alguna secuela. Una fuerza interior, que le nace de sentir el cosquilleo de una emoción difícil de describir, le impulsa a caminar. “Tengo que estar muy mal para no salir”, confiesa. “Con callos o raspaduras, me da igual. Sufro mucho en los pies pero si quieres que suenen los cencerros, hay que darle. Hay dolor. Le digo a mis amigos que el día que me veais que no golpeo las esquilas me lo decís y me voy”. A sus 44 años, Fermín Goizueta descubre su compromiso con las manos encallecidas de los 16 que fue albañil, antes de ingresar en la plantilla de Arcelor-Mittal, de Lesaka.


El espíritu de sacrificio ahuyenta cualquier otro mal en una manifestación cultural, como la conservada por Ituren, Aurtitz y Zubieta, con el estruendo de los joares (cencerro). No hay exactitud documental de sus orígenes, que se pierden en el tiempo, pero sí creencias alimentadas con un poso enigmático que unen su propagación con el intento de ahuyentar los malos espíritus con el atisbo de la primavera. Si la salida de los joaldunak se adelantó al último lunes y martes de enero en Ituren y Zubieta, respectivamente, fue por una argucia para salvar la censura impuesta después de la Guerra Civil. Fue así, con el cambio de fechas, cómo nunca cayó en el olvido. El documental Navarra, las cuatro estaciones, de los hermanos Caro Baroja, supuso un impulso en su difusión, junto con el Carnaval de Lantz. Hoy, su legado sobrevive en un compromiso de sucesión de generaciones. El presente está salvaguardado como también el futuro con las garantías de relevo.

 

LOS DOS GOLPES DE AURTITZ


El cobertizo del caserío Ekialdea, situado a la par de la sociedad Joaldun, de Aurtitz, contiene un depósito de vellones, cuernos, cencerros, hisopos y también ttuntturos, los gorros de forma cónica rematados con plumas de gallo. El orden dispuesto por Fermín Goizueta, el fiador de los vestigios, adquiere el sentido de ofrenda didáctica para un profano y el valor de orgullo y patrimonio sentimental. En aquel lugar respetado se oficia la liturgia de la enseñanza. Xabier y Oihan, de 12 y 8 años, aprenden de su padre a dar los pasos y a seguir el ritmo, que en Aurtitz difiere de Ituren y Zubieta con dos golpes de riñón. Los impulsos se transforman, en la cavidad del cencerro, en tres sonidos.


No es fácil. Fermín Goizueta lo sabe por experiencia. De pequeño, cuando quiso seguir la estela de sus tíos, tuvo dificultad, como admite. Sintió un poso de rabia. Ese amor propio de aprender a cualquier precio con la mirada puesta en su familia -“Tu tío era terrible”, escuchaba de los mayores-, le hizo ser constante hasta mejorar y descubrir el secreto del doble golpe.


“Soy muy nervioso. De pequeño, quería y no podía. Me motivaba escuchar lo que decían de un tío. Y dale que dale”. La pérdida del ritmo, sin el segundo golpe de riñón, tenía la desagradable experiencia de perder el paso del grupo. La frustración cedió a una alegría indescriptible, como la que percibe cualquier persona al verse capaz de sortear una dificultad enquistada.


El jueves por la tarde, minutos antes de sacrificar unos corderos que alimentarán estos días a los comensales de la fiesta de Carnaval en Aurtitz, no podía menos que compartir la ilusión de revivir una experiencia única en el año. “Esto es increíble. Sólo con nombrarlo y ver que me voy a vestir de joalduna, se me ponen los pelos de punta”.


En el improvisado escaparate de elementos carnavalescos, hay una máscara recubierta de piel de oveja, de la que sobresalen dos cuernos de carnero. “Es el Hartza (el oso), que creó Miguel Erasun hace cien años”, expone.

 

EL ORGULLO DE ITUREN


Aurtitz es escala en el periplo de doble vuelta entre Ituren y Zubieta de mañana y el martes. Un tentempié, a base de caldo de carne, huevo duro y trago de vino, recomponen el alma y la energía de los esforzados. A poco más de un kilómetro, en el corazón de Ituren, Javier Bereau Mikelarena, retrocede a su infancia para recordar sus inicios. 44 años, desde que dio el primer paso con la comitiva de los mayores, dan fe de su apego a una expresión enraizada en su pueblo. Su hijo, Unai, de 31 años de edad, sigue sus huellas. De su hermano, Joxe Martín -diez años mayor que él- recibió el testigo de abrir el séquito en los puestos avanzados, reservados a los veteranos. Según indica,”el Carnaval es algo especial en Ituren”, en cuyo casco urbano residen 350 personas. En la fiesta del disfraz, la figura del joalduna siempre tuvo un papel protagonista.

“Es un honor, un orgullo. Desde pequeño lo hemos visto y vivido”.


A sus 59 años de edad, mantiene viva la chispa emocional que le anima a vestirse con el ttuntturo y portar los cencerros, “de diez litros”, que en su equivalente de medida de peso corresponden a “unos 6 kilos”. En la secuencia de impulsos a sus prolongaciones metálicas, admite que “toca sufrir”, pero por encima de cualquier traba en él prevalece una sensación de disfrute. Por el empedrado que conduce al puente Zubiburu desmenuza la composición del ttuntturo que cuenta con mayor tradición en la indumentaria local que en la vecina Zubieta, según señala. “La parte de arriba es más oscura. Antes estaba hecha con trozos de estola de curas”, confiesa. Como distintivo de Ituren, la posición de las plumas de gallo simula una cresta peinada hacia atrás. La imagen proyectada al exterior coloca a Ituren en el mapa nacional e internacional de representaciones culturales. Como rereferencia cercana, una delegación suya viajó en verano a Washington. “Esto -piensa Javier Bereau- no va a morir. Al revés, antes había afición, pero faltaban cencerros. Costaba más. Hoy en día casi toda la juventud, hasta chicas, participa. Los niños dan tanta guerra en la escuela que las andereños ya dicen que no se centran estos días en los estudios. Cuando bajan al recreo se les ve ensayar el paso. Y lo hacen bien, con la figura elegante, bonita y derecha”.


Ejemplo de interés infantil lo tienen Aritz Bereau Altxu e Ismael Elizalde Santesteban en sus propios hogares. Ambos, compañeros de trabajo en Condesa-Zalain, de Lesaka, asisten estos días a un arranque espontáneo de sus hijos, entre juego y deseo, de emular el paso de los joaldunak. “De repente están viendo la televisión y se ve a los dos imaginando que están tocando”, señala el primero. Colgados de una pared, el hisopo, que prolonga su mano derecha en los desfiles, y el ttuntturo emiten su poder hipnotizador en la ensoñación infantil. Asier Bereau regresó años atrás al grupo después de superar un período de dudas que le sobrevinieron después de una experiencia frustrante. “En una ocasión, al llegar a Zubieta, se me rompió una cuerda. No sé si fue por vergüenza o qué, pero hubo unos años que dejé de tocar”, rememora. En esa cadena imaginaria de transmisión de valores, Ismael tuvo en su casa un modelo en el que fijarse. Su padre, Segundo, de 80 años de edad, fue de la partida hasta no hace mucho. Estuvo bastante tiempo”. Mañana, cuando Ituren reciba a Aurtitz y Zubieta, se sentirá orgulloso de ver asegurada su herencia. Como hijo aplicado, Ismael ejerce de padre con sus hijos, Oinatz y Naroa, de 5 y 3 años, en la enseñanza de la propia costumbre.


Lo propio hace Asier Bereau con los suyos -Izei y Malen, de 6 y 3-, en su compromiso de dar continuidad a lo aprendido. Cuando sale a la calle mimetizado, como mañana y pasado y también en la víspera de Reyes, tiene a bien escuchar los consejos de los veteranos. “Los mayores -dice- te ayudan mucho”.


Lo sabe bien, sobre todo, cuando golpea el cansancio. “Cuando vamos a Zarautz igual estamos seis horas sin quitarnos los cencerros”. En esos instantes en que el cuerpo flaquea, escucha la voz de Javier Bereau: “Si te duele, recuerda que todos estamos igual”.

 

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Los 'joaldunak' regresan a Ituren y Zubieta en enero de 2017 como todos los años.

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Los 'joaldunak' regresan a Ituren y Zubieta en enero de 2017 como todos los años.Jesús Caso

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