Visita guiada

Viaje al centro de la tierra en Mendukilo

La Cueva de Mendukilo, a tan solo 35 kilómetros de Pamplona, celebró este martes 22 de julio con visitas guiadas los 20 años desde su apertura al público, consolidándose como un ejemplo de preservación del patrimonio subterráneo

Fotos de la visita guiada a la cueva de Mendukilo en la celebración del 20 aniversario./
Fotos de la visita guiada a la cueva de Mendukilo en la celebración del 20 aniversario./JESÚS CASO

Gael Laspalas

Actualizado el 22/07/2025 a las 19:44

A 35 kilómetros de Pamplona, protegida por una gran verja metálica, comenzó un viaje al centro de la tierra. Fue la entrada a las cuevas de Mendukilo, un pequeño mundo subterráneo que se ha formado lentamente, gota a gota, durante miles de años. El recorrido de varias visitas guiadas, organizadas con motivo del 20 aniversario de su apertura al público, arrancó en la sala de entrada, continuó por el pasaje de acceso, avanzó hacia el corredor de los lagos, siguió por la galería del Caballo, pasó por el Distribuidor y culminó en la Morada del Dragón. Estos nombres identifican algunas de las cavidades que componen la cueva, llenas de estalactitas, estalagmitas y formaciones esculpidas con el paso del tiempo.

“Gracias por creer, por conservar, por hacer de Mendukilo un símbolo de lo que fuimos, de lo que somos y de lo que todavía podemos ser”, dijo Amaia Govillar, guía de las cuevas, visiblemente emocionada, durante el inicio de una visita especial por el aniversario de su apertura al público.

Desde los primeros pasos, el contraste con el exterior fue notable. La temperatura descendió rápidamente de 25 a 9 grados. La galería de acceso se alargaba como un pasillo entre las rocas húmedas. Amaia detuvo al grupo y contó que este espacio fue utilizado como refugio por pastores durante siglos. Más tarde, en el siglo XX, llegaron los primeros espeleólogos, y en 2005 se habilitó el lugar para las visitas.

En la galería de los lagos, el agua subterránea reflejaba las rocas haciéndolas brillar. Ana Rius Ricard, visitante de Lleida, lo resumió así: “Todo esto es una maravilla. Con 40 grados en casa, quién pudiera tener esta cueva cerca. Es paz, es frescura, es belleza”.

Un poco más adelante, Julia Domínguez, una de las cinco amigas que viajaron desde distintos puntos de España para explorar el valle de Larráun, compartió su impresión: “De lo que piensas que puede haber a lo que luego te va descubriendo, es como entrar en otro mundo”. Yolanda Herreros, que confesó no sentirse cómoda en espacios cerrados, añadió: “Y fíjate, que no me gusta bajar a las profundidades, pero aquí he estado relajada y todo”.

El Distribuidor, un espacio central de la cueva, actuó como punto de partida de varias ramificaciones. Aquí la visita se detuvo unos minutos. Amaia apagó las luces con su teléfono y pidió silencio. Solo se escuchó el goteo constante del agua. La oscuridad fue total; las gruesas paredes no dejaban pasar ni una mínima señal del mundo exterior.

Finalmente, se llegó a la Morada del Dragón. Allí la piedra intentaba desafiar la lógica: agujas que colgaban, columnas que se elevaban, curvas... El grupo observó en silencio. Fue el último tramo del recorrido.

“Más de 400.000 personas han vivido esto. Lo han sentido”, recordó Amaia al cerrar la visita. “Gracias a las que han estado aquí cada día: guiando, cuidando, enseñando”. Porque Mendukilo fue una forma de recordar que, a pesar de la acción humana y el paso del tiempo, existen lugares donde la naturaleza sobrevive intacta.

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