Agradecimiento
Carta de despedida de José Ignacio Ulayar Mundiñano: "Nadie se muere de víspera"


Publicado el 09/01/2025 a las 05:00
Ante la dificultad de agradecer todas las muestras de amistad, cercanía, cariño e interés recibidas durante mis más de 40 años de profesión en la funeraria, lo hago por medio de estas líneas, quedando a todos muy reconocido.
Suena a esquela de agradecimiento de periódico y no, no es deformación profesional, es una manera de reconocer que en mi caso siempre se ha solapado mi profesión con mi vida fuera del trabajo. En su origen, en la zona de Barranca-Burunda, Arakil, Ergoyena, y hace unos años en las comarcas de Betelu, Larraun y Leitza.
La empresa “Funeraria Ulayar” fue creada en 1947 por mi padre. Jesús Ulayar ocupó su vida en distintas facetas de servicio público, entre ellas, la creación de su pequeña empresa funeraria allá donde la carencia de los años 40 la hizo necesaria. Hace pocos días, una persona que convive con personas que conocieron a mi padre consiguió emocionarme. Me dijo que en mi trabajo yo llevaba grabado a mi padre muy dentro y lo hacía presente por mi manera de trabajar.
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Tras la cruel e injusta desaparición de mi padre, Jesús Ulayar, mi madre, Rosa Mundiñano y sus hijos, mis hermanos, hemos tenido el privilegio de estar en un lugar y en un tiempo determinado con tantas familias que perdieron a sus seres queridos. Esta profesión me ha dado la oportunidad de ser recibido en la intimidad del duelo familiar, acompañar en la pena y ayudar.
Parafraseando la canción “sólo se vive una vez”, una única vez muere mi marido, mi hija, mi madre, mi novia.... La rutina en nuestro trabajo consiste en estar preparado para la imprevisibilidad de la vida, en este caso de la muerte. En esta situación, la capacidad de ofrecer un acompañamiento emocional es esencial para que las familias reciban lo mejor de nosotros en el momento de su pérdida concreta. Ese ser querido no volverá a morir.
Este trabajo tan característico me ha aportado una magnífica y larga oportunidad de dar y de recibir. Estos momentos, sobre todo los más traumáticos, me hicieron desarrollar una simple respuesta autoprotectora ante la frecuente pregunta tras fallecimientos harto dolorosos o en caso de personas destruidas por la pérdida de su ser querido: “¿Cómo estás?” A lo que aprendía a responder, “bien”, “la familia está peor”. Esto era y es lo importante.
A pesar del paso de décadas, muchas personas aún recuerdan con agradecimiento nuestro primer contacto en el hospital o atendiéndolas en nuestra casa familiar o ya después en la oficina del tanatorio.
De esta manera, muchos casos han terminado fraguando una relación que va más allá de una prestación de servicio a un cliente. Me emociona haber constatado que hemos sido importantes en ese momento de sus vidas.
Desde hace más de 30 años, Blanca, mi mujer y compañera, ha entendido y potenciado el espíritu de servicio a las personas en nuestro trabajo. Ella aprendió en el día a día, no sin esfuerzo físico, pero sobre todo emocional, la vida de una pequeña empresa funeraria de pueblo: 24 horas de disponibilidad para compatibilizar su vida de esposa, madre, nuera, en la que la vida familiar queda interferida casi siempre por el trayecto del servicio desde el primer contacto tras un fallecimiento hasta el acompañamiento al cementerio.
Ella ya ha manifestado en más de una ocasión que se implicó en ese cometido por amor. Sí, he tenido una compañera y una esposa, como se dice ahora 24/7/365. Y es que este sector no es demasiado programable, es impredecible. Blanca ha demostrado, de forma muy personal, llegar con humanidad y cercanía a las personas en las que deja una huella difícil de olvidar. Doy fe.
En este tiempo y este mundo en el que las prisas y el mercantilismo nos pueden hacer correr el riesgo de deshumanizarnos, me gustaría destacar lo que algunas veces he compartido con mis compañeros de faena: “La empresa nos paga pero no olvidéis que trabajamos para las familias”. En la actitud e implicación de Blanca, esa consigna prevalecerá. Aún le queda tiempo para seguir dando lo mejor de sí.
Bien, en la hora de mi jubilación, sirvan estas líneas como despedida en lo profesional. A la vez que agradezco todo lo recibido por tantas personas -de muchas de ellas no me queda su nombre-, a veces me cuesta reconocer rostros y ubicarlas en situaciones, me agrada pensar por su modo de dirigirse a mí que haya podido ser de ayuda en esos trances de su vida.
Doy las gracias a mis hijos, en este momento de la jubilación, por comprender tantas veces, perdonar y valorar el haber desatendido la familia propia mientras debía atender -con Blanca debíamos atender- a las familias con pérdida de sus seres queridos.
En fin, gracias a quienes en el transcurso del tiempo me he encontrado en el camino, con algunos lo hemos recorrido juntos muchos años y nos hemos apoyado mutuamente para ayudar y acompañar a familias en tantos difíciles momentos: personal de registro civil y juzgados, centros médicos, parroquias y cómo no, compañeros de trabajo. Gracias a todos.
Se dice que había una persona que leía con avidez todos los días las esquelas en el periódico para ver si salía su nombre. Para una vez que apareció, él no lo pudo leer.
A mí -Dios me dé muchos años- , me pasará igual, pero estas líneas quisiera leerlas con la esperanza de que el mensaje que transluce sea enriquecedor.
Cuando nuestra presencia inquieta a algunas personas que lo manifiestan con ironía: “¿No vendrás a buscarme”? Contesto: “¡Nadie se muere de víspera!”.
No sé si la respuesta les tranquiliza pero banalizamos y terminamos riéndonos.
Muchas gracias a todos.
