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Me quedo en el pueblo

El anhelo de Iban se cocina en Urdax

Cuando murió el abuelo Ceferino, su padre tomó el relevo en el estanco y bar de la familia en Urdax. Pero Montxo Blanco murió demasiado pronto, con 57 años. A los 25, el nieto e hijo, Iban, acaba de reabrir el asador, el sueño de una vida

Iban Blanco y Maitane Barberena, en el comedor de la terraza del asador Montxo, en Urdax.
Iban Blanco y Maitane Barberena, en el comedor de la terraza del asador Montxo, en Urdax.
P.F.L.
Actualizada 30/05/2021 a las 06:00

El sueño de Iban emergió hace quince días. Pero los cimientos de esas cinco letras que dibujan una sonrisa en sus ojos se engarzaron años antes, no sabe bien cuántos, pero sí que es la cuarta generación en Antzarborda, la casa donde sus bisabuelos abrieron un estanco. La historia se escribe en Urdax, donde no nació, pero donde quiere dejar raíces.

Iban Blanco Garde vivió hasta los 18 años en Villava. Su madre es de Lekaroz, su padre era de Urdax y siempre ha estado muy vinculado a la localidad fronteriza, donde cualquier estación es una postal. “Mi abuelo Ceferino fue guardia civil, era de Galicia. Se enamoró de mi abuela Justa, hija de esta casa, de Antzanborda. Si se casaban no podría seguir aquí. Tuvo que elegir, o vivir en Urdax con ella y dejar el cuerpo, o bien otro destino”, rescata que el amor pudo más e iniciaron su etapa, en este caso con el apellido Blanco al otro lado del mostrador. Tuvieron cuatro hijos, entre ellos Montxo, el padre de Iban, que siempre había trabajado de cocinero en el entorno de Pamplona. Pero al morir el abuelo, que atendía también un pequeño bar en el estanco, decidió coger el relevo. “Mi hermana y yo nos quedamos con mi madre y veníamos fines de semana y verano, todo lo que podíamos, mi padre emprendió tras el mostrador y hace más de una década decidió abrir un restaurante, era su sueño. Habilitó el porche y la terraza acristalada”, sostiene que la ilusión encalló demasiado rápido. El cáncer se cruzó en este relato de generaciones. Lo hizo de manera brusca. “Un año duró. Murió con 57”, apunta Iban que el 4 de septiembre se cumplirán cuatro años. Él tenía 21 y muchas ganas de continuar con el negocio. “Entonces estaba loco por seguir, me dio muchísima pena que mi padre tuviera que alquilar el restaurante y vender el estanco, pero él estaba agobiado con la enfermedad. Ahora veo que era mejor, que yo era aún demasiado joven para atender solo un negocio con cien comidas diarias de media. Lo entiendo, entonces no”, reconoce que el paisaje se tornó oscuro alrededor. Fue duro despedir a su padre y decir adiós a un sueño. Se acuerda también de la abuela Justa. Falleció con 90 años, en Urdax.

“Pero las cosas cambian, en noviembre pudimos retomar la puerta del restaurante y tras unas reformas, el 14 de mayo iniciamos una nueva etapa. Este es mi sueño”, cruza las piernas y apoya su mano en la barbilla, sentado en la terraza, como si la postura le ayudara a reflexionar. Es 27 de mayo, el cielo se extiende azul, como el lienzo del mejor pintor al sol; el contrapunto verde, el agua es una melodía dulce en cada rincón, las flores visten las calles, las casas emanan historia al otro lado del puerto de Otsondo, que le separa del valle de Baztan, a unos pasos de Ainhoa y Sara, en Francia. La primavera difumina las fronteras, en un pueblo que lo mismo recibe en euskera, que en castellano y en francés. “Y en inglés también, si hace falta”, matiza Iban. El suyo es uno de los cuatro restaurantes del casco urbano, situado a un par de kilómetros de las ventas. “Somos muy amigos”, subraya la buena relación entre los hosteleros. Sabe que Urdax, Urdazubi, con su densa actividad comercial y con el turismo que se acomoda en su fisonomía, no es el arquetipo de un pueblo de 300 habitantes en la montaña. “Pero aún y todo lo prefiero a la ciudad. No sé bien, es otra libertad. Y eso que en Pamplona fui feliz también”, confiesa este joven que descubre al rato de la conversación su afición fuera de las brasas del asador: los rallyes. “Me gusta, pero ahora lo tengo algo aparcado. Aquí cuando se trabaja es el fin de semana”, sostiene que, si bien mucha clientela es del mismo pueblo, el 75% son franceses. Por eso el servicio de comidas empieza a las 12.30. Los viernes y sábados sirven también cenas, y en cualquier momento pinchos de la barra, bocadillos... Iban repara en el producto del entorno. “Eso, todo lo que puedo”, menciona el queso de Etxelekua, o el de Kortaria, hecho con leche de ovejas que pastan en los prados que arman un paisaje.

De momento, prefiere caminar y cocinar lento. “Damos hasta donde llegamos las cuatro personas que trabajamos aquí, no es fácil encontrar personal, el sector ha sufrido tanto...”, subraya la ayuda de su “chica”, de su compañera Maitane Barberena Gortari, baztandarra de Zigaurre. “Ella me ha apoyado mucho, también mi madre, mi hermana, mis tíos...”, describe Iban el amor de quienes tiene más cerca, en la terraza que mira hacia el monasterio de San Salvador. Testigo del devenir desde el siglo XI, sobrevivió a dos incendios, el de 1526 y en 1793, fue hospital de peregrinos y ahora es parroquia y museo; acuna el sonido del agua en el río Ugarana, en un enclave de siete barrios: Alkerdi, Landibar, Leorlas, Larrainta, Iribere, Telleria y Dantxarinea. Y las cuevas, guarida de la una tierra que ha conservado el legado de la naturaleza.

Le gustaría a Iban que sus hijos, si los tiene algún día, apuntalaran un capítulo más en Antzanborda.


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