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Carnaval

El vacío de Miel Otxin

A cambio de la filmación de los hermanos Caro Baroja en 1964, Lantz logró una prebenda para rescatar de su memoria colectiva la leyenda del forajido. Obtendrá este año el indulto por un mal ajeno, pero volverá

Junto a su hijo, Tasio, en el 'sabai' o desván de la posada, Rubén Beunza Erice sostiene el 'bigo' o esqueleto de Miel Otxin.
Junto a su hijo, Tasio, en el 'sabai' o desván de la posada, Rubén Beunza Erice sostiene el 'bigo' o esqueleto de Miel Otxin.
Actualizada 14/02/2021 a las 06:00

No había el jueves por la tarde la algarabía de otros años en la posada de Lantz cuando una ligera chispa encendía la ilusión del pueblo por la cercanía del Carnaval. La llegada de Miel Otxin, el bandido de leyenda que amedrentó el entorno de Belate cuando los caminos estaban salpicados de la amenaza de malhechores, se transformaba en motivo de regocijo y cierto nerviosismo con su resurrección literal en un cuerpo de hierba. La liturgia de composición de su silueta espigada era antesala de celebración y ejercicio voluntario en el alimento de una fiesta que excede los límites de una pequeña población de algo más de 150 habitantes.

El trajín previo al no va más del año derivó el jueves pasado en la calma que parece aferrarse a las calles de robustas casas como bien poco menos natural.

“Es una pena” que no haya Carnaval, aprecia la alcaldesa, Isabel Baleztena Larraza. Prevalece, en cualquier caso, el sentido común en la opinión ciudadana por las consecuencias de un mal que ya el año pasado se cobró un alto precio. Las casualidades del calendario, si pueden ser calificadas como tales, transformaron la alegría colorida del Carnaval de los primeros días de marzo con la paralización de toda actividad y movimiento dos semanas después. Lantz entero lamentó la pérdida de tres vecinos, uno de ellos interno en la residencia Francisco Joaquín Iriarte, de Elizondo. La metamorfosis que está asociada al disfraz tuvo una réplica en el doble movimiento emocional que experimentó el vecindario con un primer alborozo por la grandeza única del Carnaval y una pena honda, tan inesperada como sentida. “Todo -dice la alcaldesa- fue muy rápido”. Ni en el imaginario más funesto cabría pensar en el desenlace de los acontecimientos cuando permanecían cercanos los ecos del zortziko.

Como cualquier otro ayuntamiento, también el de Lantz decretó la suspensión pero sin poder quitar la nostalgia que anida en el sentimiento de sus vecinos cuando asoma en el calendario sus días más grandes del año. “Particularmente cada uno puede celebrarlo, pero la gente es muy responsable”, sostiene la primera edil.

DESDE 1964

La encrucijada de emociones que convergen estos días en Lantz -hoy era el reservado para los más pequeños-, tiene carácter de novedad en el último medio siglo. “De una u otra manera, el Carnaval siempre se había celebrado”, señala la alcaldesa. De hecho, cuando la censura prohibía cualquier manifestación colorida bajo amenaza de sanción, Lantz gozaba de una licencia. Fue a partir de la filmación de los hermanos Julio y Pío Caro Baroja para su popularizado documental de Navarra, cuatro estaciones, cuando logró una autorización que le eximía de explicaciones y proporcionaba cobertura legal a la fiesta del disfraz. El permiso no sólo refrendó a los Caro Baroja en su iniciativa difusora que catapultó la imagen de Lantz y su forma peculiar de apurar los días previos al rigor cuaresmal. En todo aquel proceso gestado ante la autoridad civil, el pueblo consiguió “la prebenda para años posteriores”.

El detalle recordado por la alcaldesa planea sobre la calma instalada en el número 31 de la calle Santa Cruz, a la entrada de la posada. El silencio asciende por las escaleras que conducen al sabai o desván, donde a contraluz de los haces naturales que se filtran por las pequeñas ventanas, cobra de normal vida el orondo y bonachón Ziripot. No hay rastro de su presencia, salvo el palo que le ayuda a mantener el equilibrio del incordio del Zaldiko en el periplo por el pueblo . Rubén Beunza Erice enseña el apoyo de madera rescatado de un rincón de la estancia, sumida en una quietud fantasmal. En poco segundos, posa con su hijo, Tasio, de 6 años de edad, con una segunda pieza, de mayores dimensiones, en forma de ‘y’ invertida. De fresno y antes de haya, según el recuerdo popular, se trata del esqueleto de Miel Otxin, sobre el que descansa su mullido cuerpo de helecho y hierba. El conocido como bigo es uno de los elementos que se libra de la hoguera, junto a la cabeza, los brazos de piel de jabalí y las catiuscas del gigante que simboliza el mal.

La costumbre señala que hierba, camisa y pantalón acaban siendo pasto del fuego purificador después de ser ajusticiado el bandido por sus fechorías. Para tener una idea de las medidas que alcanza su modelo inanimado, la camisa es de 64 centímetros de ancho y los pantalones se extienden a lo largo de 126, conforme a los patrones-, algunos de ellos de su antecesora, Bernardina Oyaregui-, utilizados por la alcaldesa cuando asumía las funciones de costurera en la preparación del Carnaval.

Así como hay txatxus, que embutidos en indumentaria colorida retratan al pueblo, durante la recreación el humo de unos calderos enmascara la salida de los arotzak o herreros. Aunque gustan confundirse en el anonimato, Rubén Beunza es uno de ellos. Es modelo para su hijo Tasio en la secuencia ajustada a la edad infantil. En una demostración requerida para la posterioridad por obra del misterio de la fotografía, la figura del pequeño desaparece bajo un saco con dos orificios abiertos a la altura de sus ojos. En el desván, encarna la sucesión del Carnaval de Lantz. No está Miel Otxin, pero promete regresar.

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