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Desescalada

Los pacientes de Padre Menni en la Rochapea y Elizondo regresan a la calle

Próxima la nueva normalidad, los pacientes del área de psicogeriatría de la clínica de Pamplona regresan a la calle al cabo de tres meses. Las semanas atrás revelaron sólo 8 casos de coronairus en internos de la Rochapea y ninguno en Elizondo

Una auxiliar y un residente del Centro Hospitalario Benito Menni, de Elizondo, en la huerta.
Una auxiliar y un residente del Centro Hospitalario Benito Menni, de Elizondo, en la huerta.
Actualizada 17/06/2020 a las 06:00

Desde hace tres meses, restringido en buena parte del tiempo el acceso a cualquier persona ajena, la Clínica Psiquiátrica Padre Menni, de Pamplona, y el Centro Hospitalario Benito Menni, de Elizondo, han plantado cara al virus. En medio de la extrañeza que se extendía ante sus ojos, con calles vacías desplegadas en la pantalla del televisor o por comentarios que llegaban a sus oídos, sus residentes han librado su batalla particular al mal indeseado en compañía del personal asistencial que, en palabras de la gerente de los dos centros, Miryam Zabalza Goñi, ha sido “su segunda familia”.

Su compañía y cercanía asegurada, que adquiere un valor mayúsculo con personas inseguras por su limitaciones, se ha convertido en apoyo sólido. Durante estos días de la fase 3 de desescalada, esa ayuda constante se ha transformado en un bastón imaginario que guía los pasos para los pacientes del área de psicogeriatría en su regreso a la calle. El entorno de la Rochapea recibe su desconcierto y una ligera extrañeza al reencontrarse con un espacio conocido y querido.

Sus pasos siguen la estela de aquellos otros residentes que en la fase 2 pudieron reandar el camino hasta la anhelada normalidad, ya fuesen de forma autónoma por sus propias posibilidades y condiciones como otros que escuchaban de sus acompañantes recomendaciones e indicaciones para evitar pasar o sentarse donde no debían por la cautela imperante del coronavirus.

Atrás quedan semanas de confinamiento, perplejidad e interrogantes, algunos de ellos expresados en alto por la situación insólita vivida. Con una mano a la que agarrarse o un espejo humano en el que reflejar incógnitas y desnudar miedos, en su mente asomaban preguntas de preocupación: “¿Cómo estará mi familia?”. “Imagínate lo que ha sido. La hermana que no ha podido venir a hacer una visita, el hijo que se ha tenido que quedar sin ver a su padre o los nietos que acudían a estar con su abuela. Todo eso debió interrumpirse”, observa Miryam Zabalza. “Ahí ha estado el personal -destaca la directora-gerente-, a la hora de cubrir el vacío. Ha sido su segunda familia, sobre todo, para escuchar inquietudes y los miedos por saber cómo estaban sus familiares. Con dedicación y cariño se les ha escuchado”.

Hubo un segundo elemento conciliador con la realidad cambiante como fue la adquisición de tablets para tender un puente de comunicación con sus familias. La inquietud sostenida en el fino alambre del desconcierto quedó atenuada por la conexión virtual abierta. En la distancia, “los pacientes se han sentido muy acompañados por sus familias”.

EL CUIDADO DE ELIZONDO

Atrás queda el que ‘pasará de puertas adentro’, con los casos de infección registrados en residencias de personas mayores, y la puesta en marcha de un plan reforzado que logró frenar su expansión en los dos centros de las Hermanas Hospitalarias en Navarra. En un repaso a las estadísticas siempre frías, hay una sensación de alivio en la voz de Myriam Zabalza. En la clínica de Pamplona -relata- hay 234 camas disponibles, repartidas entre la residencia de la Rochapea y los 11 pisos tutelados. Del total, “8 personas enfermaron con el coronavirus”. El recuento de decesos se limitó a un fallecido. El registro de casos positivos incluye a tres trabajadores, adscritos a la clínica de la Rochapea, que emplea a 184 personas.

La radiografía del centro hospitalario de Elizondo Benito Menni es aún más alentadora. No ha habido contagio en sus 153 residentes para un complejo, dividido en tres edificios, con capacidad para 158 camas. El plantel de asalariados, formado por 164 personas, se ha resentido con dos de ellas contagiadas.

Vista la incidencia en otros centros residenciales, el optimismo -dentro de la prudencia y el respeto- adorna la reflexión de la gerente. Son varias las razones que expone en la lectura de calma que ofrece, una de ellas relacionada directamente con la toma de conciencia del personal de la gravedad de la pandemia y de las medidas adoptadas y asumidas desde el primer minuto. “Pudimos ponernos mascarillas pensando que una vía rápida de contagio para los residentes y para nosotros mismos podríamos ser los propios trabajadores con la entrada y salida. Disponíamos de epis suficientes. Les explicamos a los pacientes por qué nos poníamos la mascarilla. Les chocaba, pero enseguida entendieron. Teníamos además toda la estructura preparada. Siendo como era y es consciente el personal asistencial del problema se establecieron dos turnos de trabajo. En el caso de Pamplona, dividimos el centro en una zona limpia, zona de tránsito y una zona de aislamiento. Desde el principio habilitamos una zona de aislamiento por si nos hacía falta.”, señala Zabalza. Hubo otra decisión que no fue precisamente sencilla de llevar a cabo: “Modificamos las actividades de carácter grupal. Cosa que nos costó. Son centros de personas con enfermedad mental grave en los que potenciamos su socialización. Pero tuvimos que echar el freno”. La ayuda de las fuerzas de seguridad y la UME reforzó el programa de contención: “Hemos contado con la ayuda de Policías Nacional, Foral, Municipal, Guardia Civil y la UME, que vino a ambos centros a desinfectar”.

LA LABOR VOLUNTARIA

Tan pronto como se declaró el estado de alarma, el programa de voluntariado, sustentado en el centro de Pamplona por 62 personas, se paralizó. Al menos, presencial. No así desde la ventana abierta de las redes sociales. Un canal de “cartas e imágenes” compartidas ayudó a salvar las distancias, destaca el responsable del voluntariado, entre otras facetas, Alejandro Palacios. Llamadas por teléfono y un vídeo de ánimo de los voluntarios reforzaron los vínculos en la separación. El círculo de amistades se abrió a menores migrantes de la Residencia Gaztebide de la Asociación Navarra Sin Fronteras. Una corriente telemática arrastró sus vidas, condicionadas por circunstancias, necesidades y posibilidades, para lanzar abrazos virtuales hasta Padre Menni. No hubo olvido de seminaristas diocesanos y del Seminario Bidasoa como tampoco de miembros de la asociación que prepara bocadillos para quienes lo necesitan en la calle y tuvieron un recuerdo especial a los residentes de Padre Menni que participan de su iniciativa. Todo un detalle.


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