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Clínica Josefina Arregui de Alsasua

Clínica Josefina Arregui de Alsasua, un faro en la niebla

Demencia y vejez. Una combinación de factores que provoca sufrimiento y desazón a los enfermos y a sus familiares. Pero hay luz al final del camino. Esta es la historia de Ana María Goikoetxea y de su paso por el centro psicogeriátrico de Alsasua

Clínica Josefina Arregui en Alsasua: Un faro en la niebla
Clínica Josefina Arregui en Alsasua: Un faro en la niebla
Clínica Josefina Arregui en Alsasua
R.M.
La musicoterapia forma parte del proceso de recuperación de los pacientes. Ana Mari Goikoetxea posa con una pandereta.
La musicoterapia forma parte del proceso de recuperación de los pacientes. Ana Mari Goikoetxea posa con una pandereta.
  • R.M.
Actualizada 04/05/2018 a las 10:08

Es un día de abril luminoso en Alsasua, pese a la obstinada lluvia que lleva empapando a Navarra en los últimos meses. Ana Mari Goikoetxea Etxauri, alsasuarra de 85 años, disimula cierto nerviosismo tras una sonrisa radiante. Hoy ha ido a la peluquería y ha vuelto al lugar que le devolvió la alegría, la Clínica Psicogeríatrica Josefina Arregui. Dos periodistas quieren contar su historia, una entre las cerca de 5.800 que acumula este centro alsasuarra en sus casi 25 años de vida. Cada paciente tiene su casuística, pero el caso de Ana María ilustra bien el trabajo que realiza la Clínica Josefina Arregui, un centro de referencia en el tratamiento de personas mayores con trastornos psiquiátricos: depresión, ansiedad, angustia, obsesiones y muy especialmente, deterioro cognitivo o demencia, con el Alzheimer como dolencia más reconocible socialmente, gracias a la visibilidad que le dieron políticos como Adolfo Suárez y Pasqual Maragall.

Ana María también padece esta enfermedad que no discrimina y que borra los recuerdos. Somos memoria. Sin ella, no somos. “Ahora volvemos a ver la luz”, sonríe su hija Rosario Arroyo Goikoetxea, profesora en el colegio Corazonistas de Alsasua. A su madre, una mujer fuerte, la matriarca de la familia, le diagnosticaron la enfermedad en 2013, cuando tenía 80 años. Aquel mazazo le dio el primer contacto con la clínica de su localidad natal. Se convirtió en paciente de las consultas externas. Pese a los fallos cognitivos, la enfermedad se encontraba en una fase leve y Ana María llevaba una vida autónoma junto a su marido, con el que vive en un tercer piso sin ascensor de la capital de la Sakana. Hacía compras, comidas, las labores domésticas habituales y disfrutaba de sus tres hijos, sus seis nietos y sus dos biznietos. El Alzheimer había golpeado a la familia, pero todos, incluida ella, habían logrado sobreponerse.

La historia da un giro radical el 12 octubre de 2017, cuatro años después del diagnóstico. “Ocurrió el día del Pilar. Mi madre se tropezó con unas obras que había en la calle y se rompió la cadera izquierda”, continúa Rosario Arroyo. Su madre fue trasladada al Complejo Hospitalario de Navarra. “Debido a las fiestas y los puentes, estuvo inmovilizada durante cuatro días antes de que le operasen. Ya en esos primeros días, empezó a encontrarse muy mal, muy nerviosa y muy confusa. Le ponían mucha medicación para tranquilizarle. Lloraba y gritaba por las noches”, recuerda su hija.

 

"¡VENGA CARIÑÍN!"

“¡Venga cariñín, vamos a rehabilitación!”. Volvemos al presente. La que anima así a Ana María Goikoetxea es Bárbara Pérez Pena, la geriatra y directora clínica del centro de Alsasua, una doctora de vocación gigante que, asegura, siempre ha sentido debilidad por las personas mayores. “Si ya tienen algún tipo de demencia, yo más feliz que una perdiz”, afirma con sinceridad. Gallega de 43 años, atesora un bagaje largo en centros de Madrid, Cantabria y Huesca. La doctora Pérez habla a Ana María Goikoetxea con una delicadeza extrema. La paciente le devuelve una sonrisa constante. Se nota el cariño recíproco. “Ahora estoy mucho mejor”, asegura Ana María rotunda y apoyada en su bastón.


“Durante el ingreso por la cirugía estuvo muy confusa, desorientada, inquieta, no reconocía a sus familiares, gritaba… Ni siquiera recordaba que le hubiesen operado ni que se hubiese roto la cadera”, recuerda la geriatra de la clínica Josefina Arregui. En esos cuatro días, el deterioro parece precipitarse en una caída en barrena. Ana María pasa cuatro días “con la cabeza fuera de la realidad”, tal y como lo describe la directora de la clínica.


Cuatro días después del ingreso, Ana María pasa por quirófano. La operación va bien, pero sigue sumida en un estado errático. Ni siquiera puede hacer los ejercicios para recuperar la movilidad. “Le costaba colaborar para la rehabilitación y no entendía los ejercicios aunque se los explicasen. No era capaz de vestirse, de asearse o de acudir al retrete por sí misma. Empezó a utilizar pañal una mujer que previamente era completamente autónoma”, continúa la doctora Pérez Pena.


Ana María Goikoetxea estaba sufriendo lo que los especialistas llaman “un síndrome confusional”, que parte del Alzheimer y que se agrava con la lesión en la cadera, la inmovilidad, el ingreso en el Complejo Hospitalario, la niebla que se instala en su cabeza y que le impide entender qué está ocurriendo, por qué esté allí. Está desorientada y perdida. El 27 de octubre, para sorpresa de sus hijos, recibe el alta, pese a que tiene que ser trasladada a Alsasua en camilla y ambulancia. En apenas dos semanas, Ana María pasa de ser una mujer autónoma, pese al Alzheimer, a una enferma postrada en una camilla. Es en ese momento cuando sus hijos lo ven claro: Ana María debe ingresar en la Clínica Josefina Arregui.


Pese a lo terrible de la situación, la doctora Pérez Pena lo tiene muy claro: “Tuvo suerte de padecer este cuadro de síndrome confusional y de que le mandaran a la clínica”. En el centro alsasuarra se enfrentan casi a diario con este tipo de situaciones, y en apenas unas horas, todo cambia radicalmente. “Entró en camilla -continúa la hija de Ana María-. Por la tarde, ya estaba sentada en una butaca. Le ajustaron la medicación”. Los pacientes con síndromes confusionales son a menudo tratados con fármacos psiquiátricos cuyos efectos secundarios pueden alterar su conducta, ralentizar o hacer más torpes sus movimientos y adormecerles, con el consiguiente peligro de atragantamientos.


Han pasado casi cinco meses desde que Ana Mari Goikoetxea recibió el alta. Hoy recorre los pasillos todavía con cierta dificultad, apoyada en su bastón, aunque decidida y sin perder la sonrisa. Sigue el periodo de rehabilitación por la fractura de cadera. Su hija Rosario y la directora clínica, Bárbara Pérez, le acompañan camino del gimnasio. La doctora Pérez recuerda la dificultad que supuso dar con la medicación precisa aquel día de octubre, cuando Ana María entró en la clínica con un síndrome confusional. “Fue francamente difícil encontrar el equilibrio con la dosis y el tipo de fármaco de medicinas que Ana María necesitaba para controlar ese estado de confusión sin perjudicar su capacidad para caminar”, reconoce.

 

RECUPERAR LA FUNCIONALIDAD

Pero pronto lograron dar con la cantidad justa y conseguir así que Ana María recuperase su psicomotricidad. “Este ajuste es lo que en la Clínica Josefina Arregui llamamos ‘enfoque funcional de la medicación’, que permite que muchos pacientes que ingresan en nuestra Unidad de hospitalización no pueden caminar cuando ingresan, o lo hacen con mucha dificultad, y al alta son autónomos. Si los pacientes no tienen bien ajustada la medicación, no pueden volver a caminar ni a colaborar en vestirse, ducharse… De manera que es muy difícil que las familias puedan cuidarles en casa”, explica la doctora Pérez. De hecho, puntualiza la geriatra, la pérdida de autonomía es una de las principales causas de ingreso en residencias de ancianos. Es muy diferente cuidar a una persona que se puede poner en pie y que camina a otra que solo está en cama y que como mucho puede pasar a un sillón. “La diferencia entre una situación y otra muchas veces radica en la medicación y en cómo enseñamos a las familias a cuidar a los pacientes”, precisa.


A Ana María Goikoetxea le dieron el alta en Pamplona cuando todavía no se había puesto en pie. “Debido a la medicación que le daban, no pudo empezar la rehabilitación con el terapeuta. Pero le dieron el alta”, recuerda su hija Rosario Arroyo. Tras regular el “enfoque funcional de la medicación”, que en apenas unas horas le permitió pasar de la camilla a una butaca, comenzó el trabajo para recuperar la movilidad. “ Ha sido impresionante por parte del equipo de Josefina Arregui: fisioterapeuta, auxiliares, enfermeras... Gracias a todos ellos, hoy mi madre vuelve a ser autónoma”, explica Rosario Arroyo.


Ana María Goikoetxea avanza por los pasillos de la clínica. En las paredes, cuelgan carteles y collages que realizan los propios residentes como parte del proceso de recuperarse a sí mismos, y dentro de las terapias ocupacionales. La paciente alsasuarra llega al gimnasio. Allí le espera Josu Alustiza Navarro, fisioterapeuta de la Clínica Arregui, con 21 años de experiencia -siempre en Alsasua-, que le han permitido diseñar el así llamado Test de Alusti, y que mide la capacitación funcional en ancianos con deterioro cognitivo. Aprobado por la Revista Española de Geriatría y Gerontología , se utiliza ya en varias residencias y centros médicos de Navarra, Gipuzkoa y Madrid. Alustiza, nacido en Ordizia hace 43 años, atribuye la creación de su test al trabajo diario con los pacientes de la clínica de Alsasua. “Trabajo una hora de gimnasio con cada uno de los pacientes, no con cuatro o cinco a la vez. Eso es un lujo”, asegura.


El fisioterapeuta saluda con cariño a Ana María Goikoetxea. En el gimnasio se distribuyen varios aparatos para ejercitar los músculos, y un pasillo con dos barras paralelas, donde los ancianos recuperan algo fundamental en su vida: la capacidad de caminar. “Ahora volvemos a salir todos los días a la calle -dice Rosario Arroyo-. Bajamos y subimos los tres pisos y damos un paseo por Alsasua. En casa también colabora, aunque ahora tienen a una persona que les ayuda por las mañanas y con la que también hace ejercicios. Estamos encantados. De cómo llegó a cómo salió, la noche y el día”. Ana María asiente: “Así es, pero me costó reponerme. Yo es que estaba llorando todo el día en el hospital”.

 

TERAPIA OCUPACIONAL

Una vez regulada la medicación de los pacientes con deterioro cognitivo, y tras la hora de rehabilitación diaria, llega la terapia ocupacional. En la Clínica Josefina Arregui, como dice la geriatra Bárbara Pérez Pena, se trata a los pacientes como un todo orgánico interrelacionado. “Las personas no somos un corazón, un riñón, una cabeza… no somos fraccionables, somos un organismo entero y como tal hay que ver al paciente desde la medicina, la fisioterapia, la terapia ocupacional y la enfermería”, describe. Ana María se pone en manos de la terapeuta de la planta de hospitalización Raquel Guerrero. Con ella, trabaja en la psicoestimulación y estimulación funcional. El objetivo, lograr que recupere sus habilidades para vestirse, peinarse o asearse. Estas actividades se hacen de forma individual y en grupo.


Tras la hora de rehabilitación y tras un tiempo de descanso, Ana María se encuentra con otros residentes en la sala de terapia ocupacional. A la paciente alsasuarra le encanta la musicoterapia. La música, el ritmo, las melodías, tienen un enorme poder curativo y sugestivo en pacientes con demencia. Junto con la musicoterapia también realizan otras ejercicios más mecánicos, pero no por ello menos importantes. Sentados en una mesa circular, los pacientes ejecutan las órdenes de Nines, una de las auxiliares del centro. “Pásale la pelota a Martín y que dé un vote en la mesa”. Los ancianos trabajan así la coordinación y la motricidad. Este trabajo forma parte de su rutina diaria, que casi se prolonga las 24 horas del día.


Y es que tal y como apunta la doctora Bárbara Pérez Pena, la rehabilitación comienza desde el momento en el que los pacientes abren los ojos. “Por eso es tan importante tener un buen equipo de enfermería con conocimientos en geriatría. Lo fácil es suplir a las personas, hacerles todo. Lo difícil, dirigirles para que por ellas mismas vayan recuperando sus capacidades, y puedan cuidarse de sí mismas. A veces los pacientes no quieren, se irritan… Y es fundamental saber manejarles conductualmente”, asegura la geriatra gallega.


En la Clínica de Alsasua parten de la base de que el anciano que ingresa en el centro debe ser autosuficiente. Para ello, tanto enfermeras como auxiliares ayudan a movilizar a los pacientes, de manera que vayan andando al comedor, la sala o los baños. Evitan la silla de ruedas cuando las pautas médicas y de rehabilitación así lo recomiendan. También se les retira los absorbentes, cuando recuperan la capacidad de continencia y se les enseña a comer con seguridad, sin peligro de atragantamiento.
La jornada de Ana María Goikoetxea en la Clínica Josefina Arregui llega a su fin. A sus 85 años y con una cadera en proceso de recuperación, se encuentra cansada. Quiere volver a casa con su marido, recuperar sus rutinas. Lo hace sin perder la sonrisa. Se siente agradecida y así se lo hace saber a los profesionales del centro. El síndrome confusional que padeció, sumado a la enfermedad de Alzheimer podrían haber sido devastadores. Con la ayuda de la clínica, vuelve a ser ella. Ha salido del laberinto.

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