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Foto de la jefa de Medicina Interna del hospital Reina Sofía de Tudela, Tere Rubio Obanos, trabajando en el centro.

Medalla de oro a los sanitarios: 5 ejemplos de oro del Área de Salud de Tudela

Más de 3.000 profesionales trabajan en el Área de Salud de Tudela y residencias de la comarca. Viven la pandemia en primera línea y su labor será reconocida el viernes, junto al resto de sus compañeros, con la Medalla de Oro

29/11/2020 a las 15:19

Horror, desbordamiento, una situación de guerra, una losa... e incertidumbre, mucha incertidumbre. Sobre todo, al ver que las medidas que se tomaban no daban el resultado esperado, sino, en muchas ocasiones, todo lo contrario. Así vivieron la cruel llegada de la pandemia profesionales del Área de Salud de Tudela y de las residencias de la comarca.

Cinco de ellos explican sus sensaciones antes de que el viernes, 3 de diciembre, el Gobierno de Navarra entregue la Medalla de Oro a los trabajadores sanitarios y sociosanitarios en reconocimiento a la ingente labor que realizaron en la primera ola. Una labor que siguen afrontando con prudencia, pero también con la ventaja de todo el conocimiento adquirido en este tiempo.

Pero la alerta continúa y es que la Ribera ha sido la zona de Navarra más afectada por la segunda ola y solo entre septiembre y octubre fallecieron 43 personas en el hospital Reina Sofía.

Tere Rubio, jefa de Medicina Interna del Reina Sofía de Tudela: “Al principio, cuando no ves resultados, te hundes”

“Cuando todo empezó, cayó como una losa. Fue tan brusco que nos cogió totalmente desprevenidos, como a todo el mundo. Empezaron a venir casos y más casos y de gente muy enferma. No había tratamientos o ensayos clínicos y solo nos podíamos guiar por las publicaciones de China porque en Europa no había nada. Era muy deprimente. No sabíamos si hacíamos las cosas bien, mal o regular, hasta que lo empezamos a entender”.

Habla Tere Rubio Obanos (en la imagen de arriba), de 62 años y jefa de servicio de Medicina Interna del Reina Sofía de Tudela, en el que lleva casi desde que se abrió en 1986. Un puesto al que llegó en julio -antes era jefa de sección- curiosamente, en sustitución de su marido, Ángel Sampériz, que se jubiló ese mes.

Su planta fue la ‘zona cero’ del virus en la Ribera aunque, poco a poco, y dado el incremento de casos, se extendió a casi todo el hospital ocupando prácticamente todos sus espacios, además de las 30 camas de hospitalización domiciliaria.

TODO EL HOSPITAL, A UNA

Pero, como ella misma dice, “la necesidad y el ingenio nos hizo adaptarnos”. “Todos hicimos un bloque. Elaboramos protocolos de actuación, de tratamientos, un plan de contingencia de las plantas de hospitalización... Ya no era Medicina Interna, íbamos todos a una, trabajaba todo el mundo, desde Salud Pública a Riesgos Laborales, Preventiva, Urgencias, Cardiología, Digestivo... Todos nos ayudaban con los pacientes porque no dábamos abasto. Sin la implicación de todo el mundo, hubiera sido un desastre. El día a día era como una guerra”, recuerda.

Y es que el principal problema que tuvieron que afrontar los profesionales fue que no veían el fin, algo que ha ido cambiando. “Al principio casi todos los pacientes iban mal y, cuando no ves resultados, te hundes. Ahora no tiene nada que ver con marzo. Estamos más preparados, aunque la segunda ola en la Ribera ha sido muy mala, sobre todo en octubre, con un día, por ejemplo, en el que hubo 19 ingresos. Pero las altas son un poco más rápidas y con mejor calidad de vida”, señala.
Una situación que le recuerda a la epidemia del VIH. “Al principio fue igual. Se moría la gente sin saber por qué. Fue un caos. Es muy deprimente ver que, hagas lo que hagas, no hay resultado”.

Y, sobre los pacientes, las primeras palabras que salen de su boca son “miedo, mucho miedo”. “Al principio los dejábamos solos en la habitación hasta que llegaba el resultado de la PCR. Recuerdo a un paciente mayor que no dejaba de llorar y no decía por qué. Al día siguiente, lo pusimos con un compañero y su ánimo mejoró espectacularmente. La compañía hace que las penas compartidas sean menos. Y cuando a alguno lo bajabas a la UCI era también un momento crítico para ellos”. Pero Rubio ve ahora el lado positivo. “Son ellos los que te hacen seguir adelante. Verlos en la consulta sabiendo que alguno estuvo 20 días en la UCI, que salió y está vivo... Eso es un subidón y te ayuda a seguir”.

Mercedes Bueno, médica de Atención Primaria: “Somos el muro de contención”

5 ejemplos de oro

La primera ola de la pandemia les desbordó. Enfrentarse a una enfermedad nueva, muy contagiosa y potencialmente mortal, hizo que esos primeros días fueran caóticos. Los casos de contagio crecían imparables. Cuatro de los 16 médicos del centro de salud Santa Ana-Tudela Este enfermaron y solo uno fue sustituido. Tenían el reto de atender a las alrededor de 23.000 personas asignadas, entre vecinos de Tudela y de Fontellas, con protocolos de actuación que variaban a diario y un cambio de sistema de trabajo al que debían amoldarse lo antes posible.

Así recuerda la médica de Atención Primaria del citado centro de salud tudelano, Mercedes Bueno Lozano, aquella primera embestida del coronavirus.

Desde el Servicio Navarro de Salud instaron a los profesionales del centro, el de mayor número de casos de covid en Navarra (1.830), a priorizar las consultas telefónicas sobre las presenciales lo que, según explica Bueno, “hacía que se duplicara el tiempo dedicado a los pacientes ya que muchos, tras ser atendidos por teléfono, requerían acudir a la consulta”. Además, la plantilla asumió desde el principio las tareas de seguimiento de los pacientes asintomáticos, “para asegurarnos de que hacen bien el aislamiento”, y de los sintomáticos, “algunos de los cuales, tras recibir el alta en el hospital, regresan a sus domicilios en una situación muy delicada”.

EN DEFENSA DE SU LABOR

Por ello, Bueno, natural de Zaragoza pero residente en Tudela, quiere ensalzar la labor de “muro de contención” de la pandemia que han jugado y juegan los médicos, enfermeras, celadores y administrativas de Atención Primaria al ser la puerta de entrada de los pacientes de covid-19 al sistema sanitario. “Y a pesar de semejante esfuerzo, este ha sido menospreciado por la población y, lo que más duro, por algunos de nuestros propios compañeros del hospital que pensaban que no estábamos viendo a ningún paciente, cuando lo estamos haciendo tanto telefónica como presencialmente”, indica Bueno, quien también señala que “la Administración, que es conocedora de nuestra labor, no nos ha defendido públicamente, y nosotros tampoco hemos tenido tiempo de defenderlos”, asegura.

En cuanto al plano personal, Bueno destaca el apoyo con el que ha contado por parte de su marido, anestesista en el hospital de Tudela. “El hecho de ser ambos sanitarios es algo importante, pero también supone un doble riesgo para nuestra familia. Ver morir a gente mayor y tener en casa a una persona de esa edad a tu cargo es muy duro. Como lo es no atreverme a abrazar a mis hijos por miedo a poder contagiarles”, concluye Bueno.

Blanca Sánchez, jefa de Atención Sociosanitaria: “Dimos, damos y daremos todo”

5 ejemplos de oro

Uno de los grupos de población más castigados por la pandemia ha sido el de las personas mayores. Desde el inicio de la primera ola haya por marzo, las residencias se convirtieron en puntos de especial atención sanitaria. En ese mismo mes de marzo el Servicio Navarro de Salud puso en marcha la Unidad de Atención Sociosanitaria con el objetivo de establecer, siempre en coordinación con las direcciones de las residencias, distintas medidas en cuanto iban surgiendo casos de usuarios contagiados. Al frente de esta unidad en el Área de Salud de Tudela se encuentra la tudelana Blanca Sánchez Burgaleta, de 48 años, quien dirige un equipo que debe controlar cualquier incidencia que ocurra en una red compuesta por 14 residencias que agrupan a alrededor de 1.000 usuarios y unos 900 trabajadores, además de atender a las distintas congregaciones religiosas radicadas en la Ribera.

“Nadie te prepara para afrontar una pandemia mundial como la que estamos sufriendo. Por ello, cada día era una lección que aprendíamos..., y seguimos aprendiendo”, señala Sánchez, quien, entre las funciones adquiridas durante esta crisis, también está la de responsable del equipo de toma de muestras de covid-19 en la Ribera.

Una carga de trabajo añadida a su puesto como jefa de la Unidad de Enfermería de Psiquiatría y Celadores del Área de Tudela.

“Al inicio de la pandemia, apenas teníamos ingresos en Psiquiatría. Los pacientes tenían miedo a acudir y las familias los contenían en sus casas. Eso hizo que los problemas de salud mental se agravaran y, de repente, tuvimos una ola de ingresos que casi nos desborda”, señala Sánchez, quien, por otro lado, resalta la labor “impresionante” realizada por los celadores. “Desde el primer minuto se montaron en este barco. Son unos trabajadores de 10”, indica.

PLANTILLAS MÁS REFORZADAS

La tudelana destaca que ahora, en la segunda ola de la pandemia, el sistema de salud está más reforzado y los profesionales tienen interiorizados los protocolos a seguir.
Otra de las diferencias que resalta Sánchez es la importancia que ahora, y tras la experiencia de la primera ola, dan los sanitarios al contacto humano con los pacientes y de estos con sus familiares. “Pese a estar detrás de todos los equipos de protección que nos colocamos o que los pacientes tengan que hablar con sus seres queridos a través de la pantalla de un teléfono móvil, nos hemos dado cuenta de que ese contacto humano es primordial para nuestra labor y parte fundamental en el tratamiento”, explica Sánchez, quien asegura que los sanitarios de Navarra “dimos, damos y daremos todo en esta pandemia”.

Javier Sánchez, jefe de Aprovisionamiento: “Recuerdo esa época con horror”

5 ejemplos de oro

No deja de recordar que él no es sanitario, pero sobre sus hombros tenía, y tiene, la enorme responsabilidad de dotar de todo el material necesario a los profesionales que luchan contra la pandemia en primera línea. Un reto complicado, sobre todo teniendo en cuenta que todos los países del mundo ‘peleaban’ por conseguir los equipos de protección necesarios.

“La primera ola entró sin avisar y nos encontró con unos recursos materiales claramente insuficientes para hacer frente a una demanda de dimensiones desconocidas. El consumo de mascarillas, batas, buzos, guantes o soluciones hidroalcohólicas se vio multiplicado por cinco”, recuerda Javier Sánchez Ruiz, villafranqués de 58 años y jefe de Aprovisionamiento del Reina Sofía de Tudela.

OFERTAS OPORTUNISTAS

Y ahí empezó una lucha contra el reloj y también contra otros elementos. “El mercado estaba totalmente saturado, nuestros proveedores habituales no respondían a nuestra demanda, de la noche a la mañana nos encontramos con pedidos desatendidos, compromisos que no se cumplieron, teléfonos que no respondían... Y se tuvo que desechar alguna oferta oportunista de materiales con eficacia sin demostrar o cuya certificación de calidad era dudosa. Y con precios por encima del valor del mercado. Eso nos hacía perder un tiempo con el que no contábamos. Recuerdo esa época con horror. Lo peor era pensar si al día siguiente íbamos a disponer de los medios para proteger a los sanitarios”, añade.

Pero se fue consiguiendo, aunque, eso sí, dosificando los materiales. “Enfermería es quien nos demanda el material y supo adaptarse en todo momento. Y eso lo valoro muchísimo. Si nos pedían 50 mascarillas se tenían que arreglar con 20. Fue un esfuerzo de todo el personal el que permitió superar esa situación”, explica.

Ahora, gracias al almacén central del SNS, añade que hay stock suficiente para 90 días y, en algunos materiales más críticos, para hasta 8 o 9 meses. Algo en lo que también ha tenido una influencia clave la transformación de algunas empresas de la comarca. “Antes, por ejemplo, todas las mascarillas llegaban de Asia y hoy nos están suministrando empresas de la zona. Eso nos da mucha tranquilidad y seguridad. Hemos multiplicado por 6 el importe de nuestro stock”, añade.

Y tampoco puede olvidarse de la ayuda de grupos de voluntarios que confeccionaron batas y otras prendas o donaciones de empresas y particulares. “Hubo tatuadores que nos dieron mascarillas de protección 2; guantes de cooperativas agrícolas; empresas que se dejaron un dineral en darnos material; y otros que traían una caja que tenían en casa. Se me ponían los pelos de punta”, concluye.

Óscar Pérez, director de la residencia Real Casa de Misericordia: “Los mayores son héroes”

5 ejemplos de oro

El 17 de marzo, Óscar Pérez Villar, director de la residencia Real Casa de Misericordia de Tudela, recibió una llamada del hospital: un residente ingresado había dado positivo. Fue el primero de unos 80 casos que se han registrado en este centro, el más grande de la Ribera con 185 plazas, y que desembocaron en 18 fallecimientos.

La situación trastocó todos los planes. De poco sirvieron las medidas que se prepararon desde febrero y que, entonces, se antojaban suficientes. “La dimensión de la pandemia sobrepasó todo lo previsto”, recuerda Óscar, de 45 años y que, como muchos otros, se fue de casa para no tener contacto con su mujer y sus 2 hijos. Estuvo casi dos meses sin verlos, salvo por videollamada.

Pero los positivos también se dieron entre el personal. “Hubo 14 de unos 115 profesionales, pero implicaron muchas cuarentenas. Supusieron una disminución brutal del personal de un día para otro, sin capacidad para sustituirlo. La plantilla se volcó, lo dio todo asumiendo riesgos. Nos tuvimos que transformar de residencia en hospital, pero en un hospital de campaña porque era como una guerra. A pesar de todo el esfuerzo, llegaban los fallecimientos y eso ha sido en muchos momentos inaguantable. Cuidamos unos de otros, tratamos de ayudarnos y darnos apoyo”, añade.

“NO SE HAN IDO SOLOS”

Y es que la muerte de residentes tocaba de lleno a los trabajadores. “Es un lugar de convivencia y se establecen muchos vínculos. Fue muy cruel. Ni siquiera podían contar con una mano amiga, de un familiar. Pero me queda en la mente que se han marchado rodeados de personas que les querían y les cuidaban. No se han ido solos”.

Y, además, pone en valor la respuesta de los mayores. “Nos han dado una lección. Aguantaron como auténticos héroes más de dos meses aislados en la habitación”, rememora.

Tras la sacudida que supuso la primera ola, no se bajó la guardia. “La segunda no nos cogió desprevenidos. Sabíamos qué teníamos que hacer. Ahora seguimos en una calma tensa. No tenemos casos, pero no bajamos la guardia. Sabemos que puede volver una situación dramática”, asegura, al tiempo que agradece el apoyo de la gente. “La sociedad ha demostrado una empatía tremenda hacia nosotros. Nos traían equipos de protección, alimentos... Nos hicieron saber que no estábamos solos”.


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