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Ribera

Del pontón de Patolea a la Barca de Buñuel

El tudelano Joaquín Lamana fue el patriarca de una familia de pescadores del Ebro que durante años ayudó a afectados por las riadas

Una imagen de la barca de Buñuel transportando a personas, ovejas y un pequeño tractor, tomada a mediados del pasado siglo.
Actualizado el 26/06/2021 a las 16:51
A sus 92 años hace gala de una buena memoria con la que echa la vista atrás para contar el modo de vida, y también anécdotas, de la más que conocida familia tudelana de los ‘Patolea’, que tuvo durante muchos años su modo de vida en la pesca en el Ebro, y que con sus pontones rescataba a personas del río o las acercaba, en días de crecida, a sus casas situadas en calles anegadas por el agua. “Ya soy el único que puedo contar estas cosas”, reconoce Inocencio Lamana Esteban, el pequeño de los cinco hijos del patriarca, Joaquín Lamana Lorente ‘Patolea’, puesto que todos sus hermanos -Joaquín, José, Pedro y Rosario- ya fallecieron.
“Mi padre era muy buena persona, y éramos una familia muy unida los cinco hermanos”, señala, al tiempo que, acompañado por su hijo, Inocencio Lamana Zubeldía, y una de sus sobrinas, Fefa Lamana Úcar -hija de Pedro- , indica que “han cambiado mucho los tiempos ya que antes se vivía de otra manera, creo que mejor”. “Toda esa vida ya no existe. Nos tocó trabajar y con 8 o 10 años tenías que empezar ya a ayudar en casa, pero yo me acuerdo mucho de esa época. Era una época feliz y buena. No se tenían tantas cosas materiales, pero se tenían otras, y mucha unión entre todos. No sobraba, pero tampoco faltaba, y se vivía más la vida en familia”, afirma.
PESCADOR DEL EBRO
Como recuerda Inocencio “éramos una familia de pescadores de agua dulce”. “Mi padre era pescador del Ebro y los hijos también lo fueron, menos yo, porque mi hermano José, que era de ideas un poco más avanzadas, le dijo a mi padre que no todos íbamos a poder vivir del río. A mi padre eso le sentó mal y le dijo, ¡oye, es que no quieres a tu hermano pequeño!, a lo que José respondió que sí, y mucho, pero que para todos no iba a llegar. Así que busqué otro oficio -un taller de motos y coches- y ellos siguieron”, comenta. Además de en el Ebro, también alquilaban a los Ayuntamientos algunas balsas de los alrededores con el fin de tenerlas acotadas para pescar.
Reconoce que en aquella época había mucho pescado en el Ebro “y se solía capturar siempre cerca para llegar con él vivo hasta el mercado, donde mi madre lo vendía”. “Después del mercado hacíamos un recorrido para seguir vendiendo por la calle San Miguel y otras de la zona y lo terminábamos en las Madres Capuchinas”, explica.
Añade que el pescado que más gustaba era la madrilla, “porque el barbo tenía más espinas”. “La anguila también estaba muy demandada para hacer las pochas con anguila que eran típicas en las fiestas de Tudela. La tenca también era un pescado muy bueno. Los médicos la recomendaban mucho a los enfermos”, dice.
Un trabajo familiar que finalizó cuando Inocencio tendría unos 14 o 15 años. “Acotaron el Ebro hasta el Bocal. Fue una mala faena, por lo menos para nosotros, porque supuso acabar con nuestra forma de vida, y perjudicaban a Tudela, porque se vendía el pescado en la ciudad”, señala.
A raíz de eso, como explica Fefa Lamana, “cada uno fue buscándose la vida”. “Mis padres montaron una pescadería hace unos 50 años, y mi tío José otra. Yo recuerdo haber vendido en la pescadería aún algo de pescado del Ebro al principio, pero enseguida ya se empezó a vender pescado del mar”. “Ese pescado del Ebro ha desaparecido. Metieron los lucios y otros como el sirulo que se los han comido”, comenta Inocencio, quien añade que su padre Joaquín “además de pescar para mantener a su familia, atendía a todo el mundo cuando se salía el Ebro”.
LAS RIADAS EN EL CASCO ANTIGUO
Y es que los pontones de la familia ‘Patolea’, son de sobra conocidos y han sido inmortalizados en fotografías publicadas tanto en Diario de Navarra como en otros periódicos de España cuando cruzaban calles anegadas de la ciudad para trasladar a vecinos que no podían salir de sus casas. “Para cuando yo nací él tenía ya cuatro pontones, y con ellos, en las riadas, cuando el agua inundaba el Casco Viejo, sacaba a la gente de sus casas para que fueran a trabajar, y los traía cuando terminaban. Muchos iban a trabajar a la Azucarera, y lo hacían a turnos, unos iban de día y otros de noche”, indica Inocencio, quien añade que, al margen de las crecidas del río, “también atendía a agricultores que tenían tierras al otro lado del Ebro”. Una labor que Joaquín realizó durante muchos años y que continuó con sus hijos.
“En aquella época, en la que la única piscina era el Ebro, todos los años se ahogaban unas cuantas personas. Por ejemplo, el padre de una persona que se había ahogado llamaba al mío para que la sacase del río. Lo hacía y no les cobraba nunca. Luego ellos, que tenían campos, le traían la primera fruta que cogían, y mi padre se enfadaba y les decía que no se la dieran porque era la fruta por la que más podrían cobrar... pero no le hacían caso”, refleja. “Siempre tuvo buen corazón. Al único que cobraba era al Ayuntamiento por el servicio de los pontones en el Casco Viejo los 2 o 3 días de riada”, dice. Unas riadas que, como afirma, “antes eran mayores y casi todos los años”. Frente a lo negativo, el río “también tiene cosas buenas, y podría tenerlas mejor porque en Tudela se ha vivido de espaldas al Ebro”.
EN FAMILIA Inocencio Lamana, en el centro y acompañado de su hijo Inocencio y su sobrina Fefa Lamana, muestra algunos artículos sobre su padre, Joaquín, y la familia Patolea.
RESCATES Y DOCTOR ZHIVAGO 
Entre los rescates que realizó su padre Joaquín, recuerda el del chófer de un camión que quedó atrapado durante una gran crecida del Ebro. “Lo habían dado por perdido, y lo rescató. Luego el Heraldo de Aragón lo ponía por las nubes y le querían dar una Medalla de Beneficiencia, pero no la aceptó”, afirma Inocencio, al tiempo que su hijo también hace referencia a un avión militar que cayó en el Ebro. “Mi abuelo rescató al piloto, y el Ejército del Aire le mandó una carta de agradecimiento que tenemos en un cuadro en el bar restaurante Le Bistrot”, señala.
Respecto a los pontones, añade que fueron vendiéndolos, poco a poco. “El último se lo quedó mi tío Joaquín, que se hizo bombero, para sacar a personas ahogadas en el Ebro. Yo tuve uno y lo arrastró una riada”. “Otro se lo llevaron a Soria para el rodaje de la película Doctor Zhivago (1965), que se hizo allí, y otros creo que los compró el Ayuntamiento para alguna cosa”, indica Fefa.
Los tres consideran que “la gente de Tudela ha valorado y se ha mostrado muy agradecida” por esa labor realizada por su familia. Los dos primos se muestran orgullosos de pertenecer a la saga de los ‘Patolea’, un apodo “con el que empezaron a llamar a nuestro abuelo Joaquín, pero que nunca hemos sabido de dónde vino”.
Entre sus recuerdos, Fefa se refiere a esos domingos de niña en los que su padre, Pedro, la llevaba con su hermana y su madre en el pontón para bañarse. O en momentos de riadas, acompañar a su padre para llevar en el pontón al lechero. “Se llamaba Galindo, y lo llevaba a las casas de las calles anegadas. Bajaba la gente de las casas y les llevaba la leche”, explica. Su primo no ha olvidado cuando, también de niño, su abuelo Joaquín le llevaba en el pontón.
1965 marcó un antes y un después en la historia de buñuel. el nuevo puente supuso el fin de barca que cruzaba el río TextO: M.T. Fotos: cedida por josefina Bordonaba y B.A.
 
Se inauguró el 18 de agosto de 1965 y supuso todo un cambio en Buñuel. El nuevo puente sobre el Ebro fue un gran avance al facilitar a los agricultores el acceso a tierras que cultivaban a la orilla izquierda del río, y a los vecinos en general a otras localidades separadas hasta entonces por su cauce. Esta mejora en la calidad de vida de los habitantes de este municipio también conllevó un cambio de ciclo, dejar atrás una época, y con ella a la barca que había realizado hasta entonces el servicio de transportar a personas, animales y vehículos hasta el otro lado del Ebro.
Era la barca que llevaba el nombre de Santa Ana, en honor a la patrona de Buñuel, y que tuvo como último barquero a Raimundo Bordonaba Tristán. “Estuvo llevando la barca muchos años, desde chico hasta que se abrió el puente, y antes mi abuelo y un bisabuelo”, afirma Josefina Bordonaba Martínez, de 83 años de edad e hija de Raimundo, quien reconoce que, aunque el puente supuso un notable avance “porque los vecinos pasaban por él en un momento”, también echa de menos esos tiempos, “que eran buenos”. “Me acuerdo mucho de la barca, y con añoranza”, afirma emocionada.
DESDE GANADO A REMOLQUES
Josefina añade que la barca “era muy grande y en ella se pasaba de todo, tanto a la gente como remolques, carros, camiones, coches, ganado... hasta vacas”. Añade que este servicio lo gestionaba un grupo de 8 o 10 personas “y había uno encargado, que era el que hacía de jefe, y mi padre era el que llevaba la barca, cobraba el servicio, contactaba con los calafates cuando tenían que venir a arreglarla... era el que daba cuenta de todo”.
HIJA DEL ÚLTIMO BARQUERO DE BUÑUEL Josefina Bordonaba Martínez, hija de Raimundo, el último barquero de la localidad, en su domicilio.
Según el servicio que se hacía, se cobraba una u otra cantidad. “Los que tenían campos al otro lado del río tenían que pasar a los que iban a trabajar la tierra, y la cantidad era según la tierra que tenían, las caballerías que llevaban, si tenían carros, bicicletas o mulas. También había gente que iba a pueblos situados en la otra orilla, a caseríos que había por donde el Canal de Tauste, al Bocal ”, explica, al tiempo que añade que su madre, Brígida Martínez Jarauta, “cogía los recibos e iba a cobrarlos casa por casa”.
Josefina recuerda que “había algunas casas con más dificultades económicas que otras” y, en este sentido, le vine a la memoria una anécdota cuando Brígida acudió a un domicilio. “Salió a abrir la puerta la hija de una señora y le dijo: Ha dicho mi madre que no está en casa”, afirma sonriendo.
De aquella época, recuerda que lo que más le chocaba “era que pasaran tantos animales en la barca”. “También venían los almadieros. Conocíamos a muchos. Yo pasaba con ellos en las almadías y era precioso. Eran muy majos, muy buena gente, y menudos ranchos que les preparaba mi madre cuando venían”, comenta.
En concreto, señala que cuando se casó fue con su marido a San Sebastián. “Nos dieron una dirección para ir a dormir en una casa que alquilaba habitaciones. Cuando le dije al dueño que era de Buñuel, me respondió: ‘No me digas que eres la Josefinica, la hija de Raimundo’. Me explicó que le conocía porque bajaba con las almadías. Estuve en su casa como si hubiera estado en la mía”, comenta.
Según indica, su padre compaginaba el trabajo de barquero con el del campo, “porque teníamos una hacienda maja”. “Para la barca no llevaba horario, ya que por la noche también pasaba a gente. De día había ratos que descansaba y teníamos que pasar a la gente con la barca mi madre, mi hermana o mi hermano, o yo. Es algo que hicimos toda la familia, también mis tías. No era difícil llevar la barca. Había una sirga y había que tirar de ella para que pasara al otro lado, y para volver. Anda que no he tirado yo de la sirga de la barca”, explica.
parada cuando había riada
Una barca que no funcionaba cuando había crecidas del Ebro. “En las riadas mi padre pasaba a alguno a dar vuelta por el campo con un pontón más pequeño, a remos, pero nada más. La barca no se la llevó nunca ninguna crecida del río, porque la tenía bien sujeta con unas cadenas”, comenta, al tiempo que indica que en la localidad “había también otra barca, que era de los amos de la finca que había en Ginestar, con la que pasaba mucha gente a esa finca”.
Son muchos los recuerdos que conserva de aquella época, algunos malos, como “los de persona que se caían al río, y alguna otra que se ahogó”. Uno de los que se ahogó fue un tío suyo. “Era primo de mi madre, y natural de Malón, como ella. Vino a Buñuel para fiestas de San Antón. Bajó al pontón, se le enganchó el pie en la cadena y se fue río abajo. Cuando vieron a la mañana siguiente que no aparecía, se fueron con otro pontón a buscarlo y lo encontraron ahogado, con el consiguiente gran disgusto que se llevó mi padre cuando lo vio”, refleja.
Josefina Bordonaba indica que cuando se inauguró el puente “deshicieron la barca, no la aprovecharon”. “Yo la hubiera guardado”, dice. Ahora, lo que queda es “una barca en miniatura que hizo José Mª, un carpintero de Buñuel, y que está en el Ayuntamiento. Es igualica que la original”, señala.
Añade que su padre, tras dejar de ser barquero, continuó yendo al campo. “Falleció unos 12 años después. Mi padre, que era de Buñuel, era una bella persona, muy buenico, y mi madre también, muy trabajadores los dos. Mi padre era un barquero que se hizo querer. Lo conocía todo el mundo. La gente de Buñuel lo quería, y también los almadieros que venían de fuera”, señala.
VENTAJAS E INCONVENIENTES
Josefina Bordonaba considera que el trabajo de su familia se ha reconocido en Buñuel. “Han pasado más de 50 años desde que se inauguró el puente y todavía hay mucha gente que se acuerda de la barca. A mí siempre me dicen ‘la barquera’. Una vez, un chaval me preguntó si me sabía malo que me llamaran así Le dije que al contrario, para mí es un homenaje, y que me llamen así muchos años. Entonces me respondió que siempre que me viera me llamaría así”, comenta.
Reconoce que vivir junto a un río como el Ebro tiene ventajas e inconvenientes. Entre estos últimos cita las inundaciones que se producen cuando hay crecidas. “El Ebro da disgustos, y nos tocaron riadas grandes estando con la barca, y también en casa”, comenta.
En concreto, indica que en la última gran riada de 2015 “tuvimos que salir de nuestra casa, ya que el agua llegó a cubrir hasta tres escaleras de la vivienda. Nos tuvo que sacar la Policía Foral”, señala.
Por contra, dice que lo bueno son “las vistas que tenemos desde mi casa, que era de mis suegros y en la que he vivido con mi marido desde que me casé”. “Una vez vino una señora y me dijo que, desde mi casa, tenía las vistas más bonitas que había visto en su vida”, añade Josefina, madre de dos hijas y un hijo.
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