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San Adrián

El amor no entiende de obstáculos

Su historia es de película. Chico conoce a chica en su último día de vacaciones en Cuba, ambos se intercambian los datos de contacto erróneamente y a punto están de no volverse a ver. Hoy, 11 años después, viven felizmente casados en San Adrián

DN más cerca en San Adrián: el amor de Yinet y Raúl
DN más cerca en San Adrián: el amor de Yinet y Raúl

Julia Yinet León y Raúl Monasterio se conocieron hace 9 años en Cuba y hoy comparten su historia de amor.

Begoña Goitiandia
Raúl Monasterio Roldán y Julia Yinet León Rosell posan en los jardines del consistorio adrianés.

Raúl Monasterio Roldán y Julia Yinet León Rosell posan en los jardines del consistorio adrianés.

Actualizada 30/05/2019 a las 11:38
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Su historia de amor tenía que pasar. Seguro. Estaba predestinada. Pero como nadie dijo que las cosas fueran fáciles, antes de llegar al “vivieron felices y comieron perdices” tuvo que superar unos obstáculos más propios de un guión de película que de la vida real. Hoy, agarrados de la mano, Raúl y Julia Yinet pasean por los verdes jardines del entorno de la casa consistorial de San Adrián mientras recuerdan con cierta emoción cómo cristalizaron los comienzos de una relación que suma 11 años.

Raúl Monasterio Roldán, de 45 años, había viajado en 2007 a La Habana (Cuba) con un grupo de amigos de San Adrián. En su última noche en la isla caribeña, regresaron a la Casa de la Música de Miramar, donde ya lo habían pasado “en grande”, y con el deseo de conocer después otro local, el Diablo Tun Tun. Así empezó todo, así se cruzó su camino con el de la que hoy es su pareja.

Julia Yinet: Yo había salido con una prima que había venido de Alemania. Ya nos íbamos de la Casa de la Música, el típico lugar de La Habana donde se pasa muy bien, tocan grupos, trova... Y cuando esperábamos al taxi apareció una chica (la adrianesa Saioa Vázquez) y nos preguntó por el Diablo Tun Tun. Le caímos bien y nos invitó a ir con su cuadrilla. Y ahí estaba Raúl.

Raúl: Hago un inciso. Yo ya las había visto al otro lado de la calle y le dije a Saioa que fuera a preguntarles. Algo me atrajo en ellas. (risas)

J.Y.: Fuimos con ellos, nos invitaron, conversamos mucho, nos cayeron muy bien, y al otro día Raúl me llamó y empezamos a tener contacto. Aunque fue casi una odisea conseguir esto último.

Y es que un cúmulo de errores llevó a que Raúl no lograra establecer conexión con el número de teléfono que le aportó ella al desconocer la existencia de diferentes prefijos, mientras que Julia Yinet no pudo localizarle a él en su hotel al haber anotado mal su apellido.

R.: El problema era que al día siguiente de conocernos volvíamos a España. Nada más levantarme le llamé y no hubo manera de contactar. Venga llamar, venga llamar, venga llamar... y nada. Y ya cuando estaba montado en el avión, muy desanimado, hablando con otro del grupo, le dije que había conocido a una chica con la que tenía la ilusión de volver a hablar, porque me había gustado, pero que no lo lograba. Fue él quien me aclaró que había diferentes prefijos y, ya en España, nada más bajar del avión, llamé. Fue lo primero que hice. Y ya por fin contacté con ella. Desde ese día estuve preparando mi vuelta allí.

J.Y.: Volvió a Cuba a visitarme, a conocer a mis padres y a mi familia, algo que dice mucho de él. Y ahí empezó todo. Después hubo viajes aquí y allá, y pude venir yo a España en 2009.

Julia Yinet tiene hoy 34 años, trabaja en un supermercado de San Adrián y se considera totalmente asentada en la localidad. Su historia, la que la vincula con su pareja, es un ejemplo claro de convivencia intercultural, de que siempre une más de lo que separa. Y de que lo más importante para derribar los ‘muros’ es la disposición de hacerlo.

R.: Cuando Yinet vino a San Adrián, lo único que le pedí es que no buscara su sitio cerrado, su Cuba en España, como he visto en alguna cultura.

J.: Sí. Si no te abres a la sociedad, te cierras tú mismo las puertas. Yo invito a los extranjeros que llegan a que se abran un ‘poquitico’ más, a que no se encierren en su entorno. Aquí la gente es muy abierta. Cuando te das a conocer y saben que eres buen trabajador, buena persona, educada, que cumples con las normas, etc., te abren las puertas. Podría dar ejemplos de muchos amigos que han sido muy bien tratados aquí y han podido avanzar en esta sociedad.

Ambos coinciden en destacar las fiestas de San Adrián como ejemplo de buena convivencia, días en los que “todo el mundo se desinhibe” y proponen que se podrían organizar iniciativas populares interculturales en torno a la comida. Sentencian además que viajar ayuda a abrir la mente.

J.: Yo invito a conocer Cuba y su cultura. Los cubanos, pese a lo poco que tenemos, somos felices. Y de una diminuta cosa hacemos grandes alegrías. Quisiera que las personas valorasen eso. Hay que vivir el día a día y disfrutar.

R.: Lo que falta en Cuba es la envidia. Allí vas por la calle y te ofrecen lo que tienen.

J.: Compartimos lo poco que tenemos, no lo que nos sobra.

R.: Y luego todo es alegría y baile.

BODA EN LA HABANA

La ceremonia de su matrimonio, que se celebró el 9 de octubre de 2012 en La Habana, congregó a 120 invitados entre cubanos y españoles. “Cincuenta familiares y amigos volaron desde San Adrián”, relata Monasterio. Un ejemplo de que el nexo entre ambos ha calado entre los suyos.

R.: Somos dos personas a las que nos gusta divertirnos y también somos sentimentales. Hemos aprendido mucho el uno del otro. Yo, por ejemplo, ¡a bailar! (risas)

J.: En mi caso, he aprendido a tener paciencia, a pensar las cosas antes de actuar.

R.: Ella me ha enseñado también a vivir un poco más la vida, a no estar tan centrado solo en el trabajo. A disfrutar. Con ella he vivido experiencias muy bonitas.

J.: Y nos gusta mucho la música.

R.: Toda. Desde Julio Iglesias a Status Quo o Dire Straits, y acabando en Luis Fonsi.

J.: Y sobre todo nos une el sentimiento hacia la familia. Eso me gusta de él. Pese a ser europeo, es muy de su familia, muy de su mamá y su papá, muy de sus amigos.

Julia Yinet recalca en este punto que, si bien sus primeros meses en España fueron “muy tristes” por la añoranza a su familia, salió adelante gracias al apoyo de Raúl, de sus suegros y de las amistades que fue haciendo. “Aparte de mi esposo, Raúl es amigo y, sobre todo, muy buen compañero”. Él, por su parte, pone sobre la mesa el compromiso que ella le ha mostrado siempre. “Sé que lo dejaría todo por mí”, sentencia, mientras ella asiente emocionada.

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