Estella
La biblioteca de Estella cumple 20 años sin dejar de crecer y con 10.691 socios
Con su apertura el 2 de octubre del 2000, cobraba vida un palacio del siglo XVI restaurado durante una década


Actualizado el 30/09/2020 a las 06:00
Un discreto aniversario se vive estos días en el barrio de San Miguel. Allí, en el edificio del siglo XVI conocido como palacio de los Eguía, abría el 2 de octubre del 2000 la nueva biblioteca José María Lacarra de Estella. Quedaba atrás su antigua sede de la planta baja de la casa consistorial y cobraba vida un inmueble restaurado durante la década anterior al que seguirían en los años siguientes una extensa lista de propiedades recuperadas para el uso público en la localidad. El servicio, que no ha dejado de crecer en estos 20 años, tenía 683 socios cuando se trasladó. Hoy son 10.691, la cifra más alta desde su apertura.
Dos de las bibliotecarias de entonces -Karmele Barrena Irigoyen y Laura Irulegui Casi- continúan en un equipo al que se sumaron después Teresa Llopis Llorca y Maxi Suberviola Verano. A los cuatro les corresponde velar por los 61.211 fondos que atesora su interior y que en 2019 utilizaron 57.013 personas. Si se habla de préstamos, fueron 28.210 a los que se dio salida. No solo a vecinos de Estella. Hubo usuarios de otras localidades y también peregrinos, además de visitantes de paso como singularidad de uno de los motores del barrio. Para conmemorar la fecha, se contará con una exposición fotográfica de Aftelae que se inaugurará en los próximos días. Y esta misma tarde, a las 18.30, la estellesa Ainhoa Ruiz ofrecerá en su patio exterior el cuentacuentos El libro más feo del mundo.
MÁS QUE USUARIOS
A las puertas de cumplir 25 años como bibliotecaria en Estella, Laura Irulegui vivió en primera línea la transformación tras dejar atrás su antigua sede. De un lugar -recuerda- ingrato para el estudio con una sala que se llenaba sin dar muchas opciones, a un emplazamiento con nuevas oportunidades y a años luz del precedente. “Al plantearnos cómo hacer el reparto se pensó en una sala de estudio donde se molestase lo menos posible y por eso pusimos la narrativa abajo, para que el flujo de gente se concentrara allí. Al principio la gente nos decía que íbamos muy lejos pero, desde que vinimos, se notó también en el barrio”.
Pasaron los años con momentos -rememora- más complicados para ellos, como la desaparición de la figura del conserje que consideraban muy necesaria por las características y amplio horario de un edificio a caballo entre dos administraciones. La municipal, propietaria del inmueble, y la foral, a cuya red de bibliotecas pertenece la de Estella. Hay en la memoria de Laura Irulegui y sus compañeros un reguero de anécdotas. “Antes de la pandemia había gente que venía a leer un rato, personas muy entrañables para nosotros porque, al final, acabas conociendo a todo el mundo. Nos hemos dado cuenta de que con esta situación han dejado de venir. Por aquí ha pasado muchos estudiantes a preparar oposiciones y a los que hemos visto día a día. Luego en verano muchos veraneantes a los que se les hacen los préstamos mediante un sistema propio de control interno. Y muchas vivencias con peregrinos. No es solo Estella, hay mucha población que acude de Villatuerta, de Valdega y de otros pueblos”.
Laura Irulegui cuenta que Estella es una ciudad lectora, que recurre al servicio no solo para préstamos. También para estudiar, hacer trabajos y reunirse en los grupos de lectura en castellano, inglés, euskera y francés. Faltan esta temporada habituales que pasaban allí ratos de lectura y que con la crisis sanitaria, cogen el libro pero ya no se quedan. Y se echan de menos los ordenadores de siempre, hoy con solo un equipamiento abajo por el distanciamiento exigido. El virus ha traído barreras físicas, como las mamparas entre los usuarios y el equipo al frente del servicio. No solo bibliotecarios, sino un apoyo en muchas otras situaciones cotidianas que llegan a esta fecha contentos con un público en general “correcto y tranquilo” del que tienen quejas.
UN ENTORNO ESPECIAL
Su compañera Teresa Llopis ocupa su plaza desde el 1 de agosto de 2013. Llegó al puesto de la ciudad donde vive tras destinos anteriores en el barrio pamplonés de Mendebaldea y en Andosilla. “Me gusta estar aquí y trabajar en equipo. Es un edificio muy bien restaurado al que yo a veces venía a estudiar. Aunque como un inmueble histórico siempre tiene algunas limitaciones, los ventanales, los colores de la pintura y la madera lo hacen especial”, señala.
Tanto como el lugar que ocupa en el barrio y las relaciones establecidas con la gente a lo largo del tiempo. “Al final hay usuarios con los que vas cogiendo confianza, un trato cercano que va más allá de dejar y tomar libros. A veces, con alguna persona mayor, nos ha ocurrido que le hemos echado de menos porque dejaron de venir y luego nos hemos enterado de que había fallecido. Recuerdo a una señora que acudía cada día a leer un libro porque decía que en casa no se concentraba y, cuando acababa, se lo guardábamos donde lo había dejado hasta que volvía al día siguiente”, señala.
Lo mismo con los niños, a muchos de los cuales han visto hacerse mayores. Todo en un día a día de una biblioteca que echa una mano cuando es preciso. Desde hacer una cuenta de correo a pedir por internet una cita para el DNI porque sus ordenadores han sido a la vez recurso para quienes no contaban con ellos en sus domicilios. “Pienso que desde aquí, en la medida de lo que podemos ayudar, se presta a la vez una labor social al dar ese tipo de apoyos”, explica.
Sus fondos. Entre los 16.321 con los que la biblioteca comenzó su trayectoria en la calle Ruiz de Alda y los 61.211 actuales hay periodos distintos. El servicio duplicó en los cinco primeros años su oferta a los usuarios para alcanzar los 32.553 fondos en 2005. Cuando cumplió su primera década, en 2010, contaba con 44.745 y siguió sumando aunque a un ritmo más lento hasta alcanzar los 53.670 en 2015 y superar hoy los 61.000.
Los usuarios. Los datos de la biblioteca llevan a unos primeros años con algo más de 40.000 usuarios que crecen rápidamente en la primera década, superan los 50.000 y se situaron en 66.267 en el 2010. Fue la cifra más alta de las registradas en estas dos décadas de la biblioteca que, aunque se mantiene por encima de los 60.000 usuarios en los años siguientes, ha ido descendiendo después y cerró el último ejercicio con 57.013.
Los socios. Apenas testimoniales, eran 683 cuando se trasladó al nuevo edificio en el 2000. A partir de ahí. se dispararon. Fueron 1.974 el año siguiente y siguieron en un alza constante que le hizo rebasar su primer lustro con algo más de cinco mil. La escalada continuó y una década después de su estreno, en 2010, contaba con 7.030. Siguió al alza hasta situarse en 10.691 el año pasado, el mayor número desde que abrió las puertas.