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Coronavirus Navarra

La compra a Ana Mari le llega por el balcón

La estellesa Ana Mari Pinillos protagoniza por las mañanas la misma escena en la plaza San Francisco de Asís cuando sale al balcón y tira de la cuerda a la que, para evitarle riesgos, su hija Yolanda le ata la bolsa con el pan, el pescado, la carne y otros productos que necesita cada día

Foto de Yolanda Azanza y Ana Mari Pinillos en Estella.

Yolanda Azanza ata la bolsa de la compra a un extremo de la cuerda mientras su madre, Ana Mari Pinillos, se prepara para subirla asomada a su balcón en la céntrica plaza San Francisco de Asís de Estella.

26/03/2020 a las 06:00
  • M. P. Amo
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Las mañanas de la plaza San Francisco de Asís de Estella, frente al consistorio de la ciudad y junto al popular monumento al auroro, dejan una escena inimaginable hace solo unas fechas. Ana Mari Pinillos Azpilicueta, de 86 años, se asoma a su pequeño balcón del primer piso en el que vive con su marido, Javier Azanza Asurmendi, de 90, cuando le avisa su hija Yolanda, la encargada de hacerle la compra y llevársela hasta su casa desde que comenzó la crisis del coronavirus. El miedo a contagiárselo le hizo buscar una alternativa al contacto directo. Y pensó que una cuerda lanzada a la calle llevaría sin riesgos a manos de sus padres el pan, la carne, el pescado, la fruta o cualquier otra necesidad de estos largos días.

Yolanda Azanza repite prácticamente a diario la misma operación. Acude por la mañana a su trabajo como limpiadora en las oficinas de Correos, muy cerca de la casa de sus padres. Cuando su jornada termina va a los establecimientos de alimentación locales para efectuar sus compras y aprovecha al mismo tiempo para abastecer a sus progenitores. Este miércoles, tocaba pescado. Llegó a pie de balcón con la bolsa, su madre le lanzó una cuerda de ferretería que agarra por un extremo y a la que desde la calle su hija ata la compra para subirla después hasta el balcón. Un movimiento que no siempre es de subida. A veces Ana Mari aprovecha el mismo mecanismo para bajar la bolsa de basura que su hija se encarga de depositar luego en el contenedor.

Cuenta Yolanda que su padre, más delicado de salud, no salía ya de casa desde hace unos meses. No así su madre, a la que el estado de alarma mantiene confinada con pesar pero mucha disciplina porque -dice su hija- ella quiere vivir, no arriesgarse y sabe que toca ahora quedarse en casa. “Procuro no subir para nada ni mis hijos tampoco y, aunque nos echan mucho de menos, sabemos que así es más seguro para ellos y nosotros nos sentimos más tranquilos. A la vez que les llevo las cosas aprovechamos para hablar aunque sea desde la calle y a tener ese contacto diario”, relata.

“CON PACIENCIA, VOY BIEN”

Aunque el estado de alarma se decretó el14 de marzo, ya desde unos días antes el temor a enfermar llevó a Ana Mari a permanecer en casa. Esta estellesa compartía este miércoles con su hija que la solución buscada es la mejor para ellos y contaba que se encuentra bien, con paciencia y procurando mantenerse ocupada. “Sabemos que somos muy mayores y que no podemos salir de casa, por eso aquí estoy con mi marido, bien y con paciencia. Me da tanta pena lo que está pasando que con tal de que se solucione no me importa sacrificarme. Si pudiera hacer algo para ayudar, lo haría”, señalaba a través del teléfono desde su domicilio.

Ana Mari procura mantenerse ocupada y aprovechar para sacar adelante tareas pendientes. “Tengo muchas fotos y hoy -el miércoles para el lector- me ha tocado limpiarlas. También hago crucigramas, veo la tela y hablo por teléfono. Estoy animada aunque un poco miedo sí que tengo”, confesaba.

“Nunca me lo hubiera imaginado”


Yolanda Azanza indica que su madre no da crédito a lo que ocurre. “Ella, que vivió la posguerra y tiempos muy difíciles, tiene que recibir ahora la compra por el balcón como nunca hubiera imaginado que pasara”, añade sobre esta veterana estellesa que creció en la calle Astería, en el barrio de San Miguel. Como la propia Ana Mari contaba en la recopilación de testimonios del proyecto Estella rica en memoria, los vecinos constituían entonces una gran familia y entre ellos mantenían una cercana relación. Son hoy también los vecinos, en otro siglo y en otro punto de Estella, los que bien desde otras ventanas o mediante saludos lanzados desde la propia calle los que alivian los días de confinamiento e invitan a seguir asomándose a su balcón. Como explicaba ayer, nunca en su vida pensó ser testigo de algo así. “Lo hemos pasado mal con otras cosas y la gripe siempre ha estado, pero algo como esto no me lo imaginaba”, decía.


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