Hostelería

La hostelería de Estella pierde el Casanova

El contagio de covid ha adelantado el cierre por jubilación que habían previsto para este jueves los hermanos propietarios de un veterano restaurante familiar que inició su andadura en la calle Nueva en agosto de 1979

Padres e hijos, en los primeros años asomados al balcón
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Padres e hijos, en los primeros años asomados al balcón
Padres e hijos, en los primeros años asomados al balcón

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María Puy Amo

Publicado el 23/12/2021 a las 06:00

Estella  pierde este final de año uno de sus establecimientos de hostelería veteranos. El bar restaurante Casanova iba a despedirse de sus clientes este jueves, 23 de diciembre, por jubilación de sus propietarios, la segunda generación de la familia Casanova-Pitillas. 

Esos eran los planes hasta que el coronavirus se cruzó en su camino, llevó al confinamiento y precipitó el final de un negocio que abrió sus puertas en la calle Fray Wenceslao de Oñate (calle Nueva) el 1 de agosto de 1979.

Ese día de fiestas patronales comenzó su andadura el bar. Meses más tarde, en febrero de 1980, siguió el restaurante. Más de cuatro décadas desde que Jesús Casanova y Mª Pilar Pitillas comenzaran una trayectoria compartida con sus hijos, Ignacio, Francisco y Pili. Los tres hermanos que han permanecido al frente hasta este mes de diciembre. De momento, no hay relevo. Pero la posibilidad de venderlo o traspasarlo está abierta. Tal vez, dicen, cuando la pandemia pase y el panorama mejore.

Al establecimiento actual precedieron los inicios en la plaza de Santiago, cuando la familia alquiló la planta baja del edificio de la Fonda San Andrés. Allí, en el bar al que llamaron San Andrés -cuenta ahora Ignacio Casanova- dieron los primeros pasos hasta que surgió una posibilidad de compra en la cercana calle Nueva. En el mismo local donde hasta entonces se ubicaba la antigua Fonda Arza, la familia abrió el Casanova. A pie de calle, el bar. Arriba, el restaurante para unos 75 comensales.

Añade este hostelero que la edad de jubilación le llegó a él hace dos años, pero esperó a su hermano y ahora los tres han decidido poner punto final. “Nuestra intención era la de continuar hasta el 23 de diciembre, teníamos todas las comidas reservadas, pero al contagiarnos las cosas se precipitaron y tuvimos que despedirnos antes de lo previsto”, subraya.

LA COMIDA DE SIEMPRE

La de los Casanova-Pitillas, oriundos de Barbarin y Urbiola, ha sido la comida de siempre. Recetas tradicionales que jugaban con los productos de temporada y de la tierra. Del chilindrón al ajoarriero y el pescado que traían del puerto de San Sebastián. “Siempre hemos seguido en esa tradición de los platos. Yo me había preparado para ser camarero al principio, pero el cocinero que iba a empezar con nosotros se fue a La Tatana y, al quedarnos sin él, un poco por obligación, empecé yo”, recuerda.

Hablar del Casanova es remontarse a otro tiempo en el que, desde La Tatana a la Fonda Arza, nombres ya desaparecidos se hicieron con un lugar en la historia de la hostelería local. Entre semana, en este enclave de la calle Nueva, el menú del día llegó a tener en la calle colas formadas por peregrinos. Eran -cuenta Ignacio- otros tiempos. Pero, en general, él y sus hermanos se van contentos porque han trabajado bien y el negocio ha funcionado. “Compensábamos ese día a día con los fines de semana y llegamos a estar hasta ocho personas en plantilla”, relata.

A punto de cumplir 67 en una profesión que comenzó con 18, la pandemia ha marcado como al resto de compañeros esta última etapa. La del adiós en su caso, con momentos sombríos entre cierres y restricciones que nunca hubieran imaginado vivir. Confinado en su domicilio, Ignacio Casanova vuelve la vista atrás. A las anécdotas compartidas primero con sus padres y siempre con sus hermanos. Como el día en plenas ferias de San Andrés, con las habas txikis preparadas, en el que falló el gas y no pudieron acabar de cocinarlas.

En pleno centro de la ciudad, en la calle que une las plazas de los Fueros y de Santiago, han vivido ferias, fiestas y semanas medievales, premio a la mejor decoración incluido. “El primer año que abrimos el restaurante se acercaban las ferias y un día cayó una nevadica. Al siguiente, un hielico. Y, al otro, las ferias se fueron a paseo”. Ha habido de todo en tantos años, pero los momentos bonitos han marcado el camino de los Casanova-Pitillas.

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