Una mecha vestida de mujer en Artajona
Artajona abrió sus nueve días de fiestas en honor a la Virgen de Jerusalén de la mano de las mujeres de la asociación La Muralla
Publicado el 07/09/2024 a las 21:44
Bajo la sombra de la basílica de la Virgen de Jerusalén, protagonista de las fiestas artajonesas, una multitud local y foránea se congregó este sábado en la plaza de los fueros del pueblo para ver a las directivas de la asociación La Muralla abrir el primero de nueve días de festejos. Minutos antes de la una del mediodía, cinco mujeres del colectivo se acomodaban en el balcón consistorial para prender la mecha festiva en honor a sus 25 años de actividad en Artajona.
“Estamos muy contentas porque es un reconocimiento por todo lo que trabajamos y hacemos por el pueblo”, comentó su presidenta, Andrea Jimeno Larrea, de 33 años. La Muralla ha recorrido un largo camino hasta contar con los 430 asociados y asociadas que tiene hoy en día. Nació como un grupo exclusivamente femenino con un objetivo: la integración de la mujer en el mundo rural . Con los años, La Muralla se abrió no solo a ser mixta, sino también a organizar actividades lúdicas y culturales de todo tipo y para vecinos de todas las edades como talleres, charlas, excursiones, comidas u obras de teatro. Todo en el marco del empoderamiento de la mujer y la búsqueda de la igualdad. Y este es el mensaje que Jimeno, que prendió la primera mecha, quiso dar desde el balcón consistorial. “Este cohete va por todas y cada una de nosotras”, entonó.
Tras el viva a la Virgen de Jerusalén y el estallido anunciador, los artajoneses y foráneos tiñeron de rojo y blanco sus calles medievales. A paso lento y poco coordinado, siguieron a los gaiteros locales y a los músicos de la charanga Berriak en un pasacalles abanderado por la comparsa de gigantes de la localidad.
Este año la vorágine festiva de los artajoneses incluye dos fines de semana. Quizá por eso Iñigo Bañales, artajonés de 34 años, cuenta que sus fiestas son como decir: “Ha acabado el verano pero aquí todavía hay más días para celebrar”. Con su festejo, Artajona abre una ventana en la vida de Bañales, que lleva más de una década viviendo fuera de su pueblo. “Lo que más me gusta es reencontrarme con la familia y los amigos de toda la vida”.
Una hora después del cohete, las familias eran las protagonistas en la plaza de los fueros de Artajona. Padres, tíos y abuelos se acercaron para ver que les colocaran su primer pañuelico rojo al cuello a los 32 niños y niñas nacidas entre septiembre de 2023 y agosto de este año. “¡Hay cantera!”, se escuchaba entre la multitud.
UNAS FIESTAS DE TRADICIÓN
Las fiestas de Artajona dan poco margen para novedades porque, según Carlos Luna, concejal de Festejos, tienen un programa que gusta a la gente. Pero siempre hay alguna sorpresa preparada. “Este año por ejemplo tenemos una bueyada infantil el sábado 14 y hemos puesto más jotas en la calle para animar a los vecinos”, señaló Luna.
Aunque la novedad haga ilusión, lo tradicional crea el ambiente en Artajona. Según los vecinos, las vacas y las buenas charangas siempre han caracterizado estas fiestas, así como las típicas meriendas de las cuadrillas celebradas casi todos los días de jolgorio. Todas estas actividades se enmarcan en un presupuesto de 105.000 euros, 5% más que el año pasado.
Los más veteranos también van de fiesta en Artajona
A diferencia de muchos pueblos de Navarra, el primer acto de las fiestas de Artajona no es el chupinazo. En el patio de la residencia de ancianos Virgen de Jerusalén, ubicado a pocas calles del consistorio, los vecinos más veteranos estallan su propio cohete y les colocan pañuelicos a los llegados en el último año.
A las 12 del mediodía, la corporación municipal llegó a la residencia de ancianos acompañada de la charanga Berriak y, tras colocar sus pañuelicos a nueve residentes nuevos, los músicos sumergieron al hogar en pura fiesta.
Aunque casi todos permanecieron en sus sillas en compañía de sus familias, las sonrisas y los aplausos no faltaron entre los veteranos de la Virgen de Jerusalén. Una de las más felices, sin duda, era Jerusalén Alzórriz Iracheta, de 88 años. Ingresó a mediados de abril, pero por la felicidad en su rostro uno podría decir que ya se sentía como en casa. Su hijo, Juan Carlos Larrea Alzórriz, de 59 años, contó que lo que a su madre más le gusta de las fiestas es la música, y a él, verla a ella contenta.
Otro al que no se le borraba la sonrisa de la cara era Ángel Munárriz Larrea, de 67 años, que lleva más de una década como voluntario en el hogar. Comenzó a acudir todos los días cuando ingresaron a su madre, pero, aunque ya no tuviera que hacerlo, decidió quedarse con los ‘niños’, como les llama él, mucho tiempo más. Aunque tienen papeles diferentes, Munárriz y el hijo de Jerusalén comparten una alegría: “Ver a los abuelicos contentos. Ver cómo sonríen.”.
En la residencia, las fiestas se viven con mucha ilusión. Todos los días los visitan las txarangas y el día de los jubilados los llevan a los bares del pueblo para que tomen el vermú mientras ponen música. El día de la procesión les hace una parada la Virgen de Jerusalén y, a los que quieren, los sacan para ver las vacas también.
