Fiesta
Ochagavía vuelve la vista a los oficios de sus antepasados en el Orhipean
La localidad del Valle de Salazar celebró la XXII edición del Orhipean, un vistazo a los oficios que sus antepasados realizaban hace 100 años
Actualizado el 29/08/2026 a las 19:42
El pasado sábado en Ochagavía era 29 de agosto, sí, pero no de 2026, sino que era 29 de agosto de 1926. Al menos eso era lo que se leía en la pizarra de la escuela, donde varios niños y niñas escuchaban atentos a sus maestros. Si todavía se seguía con la duda, uno se podía fijar en los atuendos, en las calles libres de vehículos modernos, o en el aguacil, que iba por las calles pregonando los mandatos del alcalde, advirtiendo a los ciudadanos que quien quitase los bandos sería castigado.
Para los vecinos, el bandeo de campanas a las 9.30 horas fue una señal inequívoca de que tocaba viajar 100 años atrás para celebrar, en un día caluroso de verano, la XXII edición del Orhipean. Los más madrugadores pudieron ver al cerdo que más tarde se convertiría en morcilla, txistorra, panceta o jamón, corriendo por las calles. Una práctica, el matatxerri, que hace un siglo daba de comer a una familia durante todo el invierno. “Esto se hacía en cada casa y yo lo he vivido porque en mi casa siempre se ha hecho”, relataba Jesus Mari Mancho Gayana. Mancho lleva a cargo de esta demostración desde la primera edición, y a lo largo de estos veinte años ha visto cómo iba evolucionando: “Antes la matanza si se hacía más a la antigua usanza y ahora ya no, pero eso es lo único que ha cambiado. La manera de cortar el cerdo y de escaldar sigue siendo la misma que hace 100 años”, explicaba.
Mancho ha estado acompañado prácticamente por el mismo grupo desde el inicio, aunque ha habido algunos cambios. “Se han ido uniendo chicas jóvenes que han visto cómo se hacía en sus casas y a las que les gusta participar en la elaboración de los productos que salen”, comentaba Mancho, recalcando que una de esas jóvenes era su hija.
También preparando conservas para el invierno se encontraban varias mujeres haciendo cordeles de bainetas para poder mantener la verdura en buen estado para los meses más fríos. “Lo que se hacía era coser en unos cordeles las bainetas y luego las colgaban en la cocina para que se secasen”, comenzaba Ana Landa la explicación. “Una vez secadas, se hidrataban y se echaban en el puchero para poder cocinarlas”, finalizaba. Ella ha visto cómo esta práctica se realizaba en su casa, cree que por nostalgia de sus padres, y desde hace unos seis años que muestra el proceso a los más curiosos.
UN LEGADO DE OFICIOS
No todos recuerdan estas prácticas, pero las más de dos décadas del Orhipean han hecho posible que los más mayores de Ochagavía recuerden y muestren a los jóvenes oficios y tradiciones que sucedían en esas mismas calles un siglo atrás. “Esta fiesta hace posible que los niños vean cómo era la vida en el pueblo, una que ellos no han llegado a conocer. Es una manera de poner en valor nuestras tradiciones y evitar que se pierdan”, decía Patxi Serrano, que durante el día de ayer se convirtió en Filomeno Landa, alcalde de la Ochagavía de 1926. Entre sus tareas del día se encontraba vigilar que todo estuviese en orden. “Últimamente la gente está un poco desmadrada, retirando los bandos municipales y dejando animales sueltos por las calles”, describía Serrano sus labores. “Ahora venimos del consultorio porque estaban sin licencia de apertura”, añadía.
Consultorio en el que estaba trabajando Alfonso Ventura Amatriain, ejerciendo de médico de la localidad, que, según contó, trataba aún de reponerse de la gripe de 1918, que fue “devastadora porque no se conocía cómo era el contagio y hubo desastres”. Ventura siempre ha sido el médico del Orhipean, y lo que empezó como una pequeña muestra de materiales del oficio de antaño, se ha ampliado. Ahora se hacen representaciones de consultas, una de las más atrayentes siendo la terapia con ventosas, que en el siglo XX era una de las prácticas más populares, antes del auge de la medicina moderna. Sin embargo, este año había una novedad en la interpretación, pues se cumplían 100 años del primer marcapasos, algo que Ventura no dejó de repetir a los cientos de turistas que se asomaron a su consulta, además de recordar que estaba ahí para ayudar.
Ayudar, esa era la consigna del día para las niñas de la escuela. “Es un deber moral ayudar a los demás”, era lo que la maestra Garazi Rolan Sancet había escrito en la pizarra de la escuela, que recibió a sus alumnas a las 12.15 horas, después de que los chicos hubiesen tenido su lección a las 11.30 horas. Durante la clase, Luciana Berrade, Teresa Cambra, Gumersinda Ochoa o María Patrocinio Azcoiti, alumnas reales de 1926, atendieron a las explicaciones de Rolan sobre lengua castellana o matemáticas. Este era el debut de Rolan como maestra, que admitió que iba “con la confianza plena de que iba a salir bien”. Ella ya conocía el papel, pues durante muchos años fue una alumna más en esa clase, hasta que este año ha asumido el papel de maestra, el cual espera mantener muchos años. “Las tradiciones hay que continuarlas, desde los más jóvenes hasta los más mayores, porque al final esta es una fiesta del pueblo que sin la colaboración de todos no podría salir adelante”, comentaba Rolan.
Al acabar la lección, fueron muchas las niñas que bajaron a orillas del río Anduña, donde un grupo de mujeres, con Arancha Carrero a la cabeza, ejercían la labor de lavanderas, un trabajo muy necesario, pero que eran consideradas el escalafón más bajo de la sociedad. “Era un trabajo durísimo, porque hoy hace bueno, pero ellas tenían que lavar fuese verano o invierno en el río y tenían muchos problemas de articulaciones o de pulmonías mal curadas”, explicaba Carrero. Ella, junto a una decena de mujeres, replicaron durante la mañana la manera de limpiar la ropa. “Aquí en Ochagavía la gente lavaba con unos cajones que traían de cada casa, no había lavanderas de profesión como podía haberlo en otros pueblos”, contaba.
Aunque este puede parecer uno de los trabajos más fáciles de recrear, Carrero relataba que hay muchas horas detrás de la representación. “Hay que conseguir gente para que haya un volumen de personas, catalogar el material que tenemos de otros años, construir y montar los tendederos, hacer el jabón con el que trabajamos, que es natural…”, enumeraba. Sin embargo, todo ese esfuerzo vale la pena, porque para Carrero este es un día en el que todo el mundo disfruta, tanto la gente del pueblo como los que vienen de fuera, viviendo un viaje al pasado en el que las calles se visten como lo hacían hace 100 años, habitadas por un día, por los que pregonaron avisos, impartieron clases, dieron de comer a sus familias, pastorearon ovejas y burros y mantuvieron el orden. Todo para poder enseñar a las nuevas generaciones el valor de los oficios y tradiciones de antaño, para que conozcan su historia.
El relevo, una preocupación para los veteranos
Esta es una fiesta que empezó hace 22 años como una manera de recordar y honrar los oficios de los antiguos vecinos de Ochagavía. “Los primeros años se vestía todo el pueblo y era emocionante. Luego yo creo que la gente se fue cansando”, contaba Arancha Carrero, que además admitió que ha habido veces que han pensado en suspenderlo: “Hemos hablado muchas veces de hacerlo un año sí y uno no, pero al final siempre sale adelante”, decía.
La razón detrás de ese problema: la falta de relevo. “La gente más joven, de entre 20 y 40 años, no se implica tanto, les cuesta”, se lamentaba. Con ella coincidía Juan Mari Mancho Gayana, que también ve esa falta de compromiso por parte de la juventud: “Los chavales de 20 años prefieren salir de fiesta antes que estar aquí”, comentaba.
Carrero ha hecho autocrítica, y cree que el problema detrás de la falta de motivación puede ser culpa suya: “Igual nos cuesta transmitir el espíritu que tiene esta fiesta”, decía.
