Historias encadenadas
La boticaria de Yesa
La de Lourdes Platero es una de las farmacias más pequeñas de Navarra en habitantes, la abrió hace 31 años al abrigo del turismo del pantano. Aquello acabó, y ella decidió quedarse


Publicado el 10/04/2022 a las 06:00
En la puerta de la farmacia hay una barquita de madera llena de hojas de laurel para quien las quiera llevar. Las recoge Lourdes del árbol que está en la entrada de su casa que es la botica de Yesa, una de las más pequeñas de Navarra en habitantes. La abrió Lourdes Platero Alonso hace 31 años, un 11 de julio, tras recorrer Navarra con su marido y su coche en busca de un lugar donde establecer mostrador. Entonces, a orillas del pantano emergían tres urbanizaciones, dos campings y era parada y fonda de esquiadores. Las obras de recrecimiento de un lado, y la autovía de otro, difuminaron ese cruce de caminos y veraneo. “No me haré millonaria, pero vivo feliz y tranquila”, subraya cuánto le gusta decir hola y adiós a todo el que se cruza. Y ser “el sanitario que tienen a mano los vecinos”, una voz cercana cuando pinta negro. Lejos de una carga, lo ve enriquecedor.
Lourdes se crió en Pamplona, la tercera de cuatro hermanos. Su padre, larragués y maestro, abrió una tienda de ultramarinos en la calle San Fermín, Langarica. Tras aquel mostrador sigue su hermano pequeño, Josetxo. Ella estudió Farmacia y trabajó tres años en Esteban, en la calle Aralar. En 1991 se asentó en Yesa, “el pueblo más soleado de Navarra, porque con lo que sopla el cierzo, no se quedan ni las nubes”, sonríe cuando el viento alborota su melena rizada. Conocía Yesa de cuando paraban temprano a desayunar bocadillos infinitos de grandes, camino de un día de esquí y de cuando hacían “borota” en la universidad para tumbarse al sol en el mirador del pantano, en esos días azul arriba, azul abajo.
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Casada y con dos hijas, Lourdes y su familia cuidan en casa a su suegra, que cumplirá pronto 90 años condicionados por el alzheimer. Completan la familia tres perros, dos tortugas y dos gatos. En el pueblo, apunta ella, lo importante es una buena conexión a internet y de eso adolecen demasiados días. Y un coche. “Tenemos la autovía. Me ha quitado clientes, pero me acerca a la ciudad y también la necesito”, agradece esa desconexión a la inversa. En Yesa hay dos restaurantes, uno con habitaciones, misa cada domingo y fiestas el último fin de semana de agosto. Y desde el viernes hasta que el sol entra el domingo, hay niños.
En la rebotica de la farmacia suena un piano. “Me lo regalaron cuando tenía 8 años”, sostiene que son muchos los farmacéuticos amigos de la música. “Creo que en las carreras científicas carecemos del vínculo con el arte”, sostiene. Hoy, domingo de Ramos, cortará ramas al laurel para que, quien las quiera, las pueda llevar.