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Comercio

Adiós tras 124 dulces años en Sangüesa

La pastelería Aramendia anuncia su cierre para el próximo mes de febrero. Tras cuatro generaciones de labor artesana, los actuales responsables de este reconocido negocio hablan de “fin de ciclo” y agradecen el respaldo recibido por su clientela

Ampliar Juan Pedro Aramendia García, Ana Landa Lorés y su hijo Iker Aramendia Landa, en uno de los rincones de la pastelería sangüesina
Juan Pedro Aramendia García, Ana Landa Lorés y su hijo Iker Aramendia Landa, en uno de los rincones de la pastelería sangüesinaAser Vidondo
Publicado el 06/12/2021 a las 06:00
No habrá más turrón ni mazapanes artesanos las próximas Navidades. Tampoco será posible seguir degustando roscos, trufas, pastas de té, tartas o pasteles tan reconocidos como las ‘glorias de yema’ (bizcochos de yema bañados en azúcar) o los ‘barbos’ (hojaldres con forma de pez rellenos de merengue) por mucho más tiempo. 
Dulces de calidad que los sangüesinos, seguro, echarán de menos. Los responsables de la pastelería Aramendia, uno de los negocios con más historia y reconocimiento social de Sangüesa y la comarca, han anunciado el cierre tras 124 años de actividad. Un “fin de ciclo” para esta pequeña empresa familiar que ha permanecido en pie durante 4 generaciones y que dirá adiós “a principios de febrero, después de San Blas”.
“Es un paso que ha costado dar, pero es una decisión serena y firme tomada con tranquilidad y el apoyo de la familia”. Así lo asegura Iker Aramendia Landa, de 46 años y responsable actual de esta pastelería que fundaron sus bisabuelos. “Nos vamos sabiendo que hemos ofrecido productos artesanos de calidad y una buena atención, y sin duda vamos a echar de menos a toda la clientela que siempre ha confiado en nosotros”, añade.
El cierre viene motivado “por un cúmulo de condicionantes y piedras en el camino”, siendo uno de los principales “la dificultad de poder disponer de un equipo especializado y estable”. “Es muy complicado hoy acceder a mano de obra joven especializada en pastelería y trabajo en obrador artesano. Al igual que sucede en la hostelería, son trabajos que requieren además mucha implicación, trabajar fines de semana, etc., y si a eso le sumas que estamos en un pueblo, imposible encontrar gente”, asegura Iker Aramendia.
En la pastelería trabajan ahora 4 personas: Iker Aramendia (obrador y gestión), Lucía González (pastelera en el obrador), Susana Garralda (venta y obrador) y Ana Landa Lorés (venta al público). Landa es la madre de Iker y “ya ha cumplido 66 años y se va a jubilar en un puesto donde, tras más de 40 años de labor, será insustituible”.
Asimismo, reconoce que “es cada vez más difícil hacer frente a todo el papeleo y la burocracia que se exige en muchos ámbitos, casi al nivel de una gran empresa, y que obliga a una dedicación de media jornada de trabajo diaria”.
“El panorama no pinta bien en este tipo de negocio tan especializado, tal y como se ve también con otras pastelerías similares que van cerrando en otros pueblos. Es un modelo de negocio familiar que nació en un momento concreto, a principios del siglo XX”, indica, y resalta que sin embargo “la pastelería económicamente va bien gracias al respaldo de los clientes”.
DESDE 1898
Este negocio ubicado en el número 40 de la calle Mayor de Sangüesa abrió un 24 de enero de 1898, día de San Babil, y lo fundaron Benito Aramendia y Felipa Arboniés. Él era cerero y entonces se vendían desde velas a dulces, pero también sifones o gaseosas.
En los años 20 del siglo XX se tendió ya claramente al negocio de los dulces (caramelos, pastas, pasteles, tartas...) y la tienda pasó a los dos hijos del matrimonio, Tomás (casado con Blanca García y padres de 7 hijos) y Emilio (casado con Ricarda Zabalza y sin descendencia). Para los años 50 ya era una pastelería como tal, en la que ocasionalmente se elaboraba hasta chocolate.
Los 7 hermanos (hijos de Tomás Aramendia) estuvieron muy ligados al negocio, y al final uno de ellos, Juan Pedro Aramendia García, acabó gestionando el comercio acompañado siempre por su mujer, Ana Landa. En los años 90 se vivió uno de los momentos más críticos para el negocio debido a la irrupción y la competencia de la pastelería industrial y congelada, si bien “se le pudo dar la vuelta”.
Iker Aramendia tomó en la primavera de 2014 las riendas de la pastelería de manos de su padre Juan Pedro, jubilado tras casi cinco décadas como pastelero. “Ha sido un intento sincero de sacar las cosas adelante, siempre con el horizonte de la jubilación de mi madre a 7 años vista. Hasta hicimos una reforma en 2017. La intención era poder seguir adelante, pero este último parón de dos años por la pandemia no ha ayudado. Y hasta aquí hemos llegado”, sentencia.
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