Vuelven los robos en las huertas del barrio pamplonés de San Jorge
Puertas reventadas, alambres cortados, muros a punto de caer y hasta una puerta sustraída. Los robos en las huertas de ocio ‘las Layas’, ubicadas en San Jorge junto al antiguo matadero, vuelven a repetirse. Afectados piden más vigilancia


Actualizado el 19/01/2018 a las 08:44
Basta dar un paseo por las más de 140 huertas que componen las conocidas ‘Layas’ del barrio de San Jorge de Pamplona, ubicadas cerca de las vías del tren y en las inmediaciones del antiguo matadero, recién derribado, para darse cuenta de que el lujo no acompaña al paisaje. Jubilados en su mayoría, quienes regentan un terreno saben de sobra que no será la primera vez que entren en sus fincas.
Con independencia de los métodos de protección que empleen (candados, alambres de espinos, placas de acero, hierros en las puertas...), son conscientes de que, por desgracia, robos como los de estas noches atrás volverán a repetirse en la zona. “Está claro lo que buscan: quieren chatarra”, remarcan unos y otros. Y así lo constatan las declaraciones de los inquilinos de estos espacios de ocio agrícola. “Alguna que otra vez me han roto cosas, pero no se han llevado apenas nada, pero tampoco tengo nada”, bromeaba en la mañana de este jueves Eduardo Ortega, vecino del barrio de Iturrama y usuario de una de las huertas desde hace más de veinte años.
“Una vez me arrancaron el fregadero de cuajo y se lo llevaron entero, también una mulilla, un taladro... Todo para venderlo por la Ribera”, argumentaba convencido Emiliano Familiar, nacido en Ávila pero afincado en Pamplona gracias a su mujer desde el año 1966. “Hace veintidós años que tengo la huerta. Aquella vez (por la del fregadero) les pilló Policía Municipal”, admitía el usuario, al que conocen como ‘Don Emiliano’.
"LO PEOR, EL DESTROZO"
Más allá de los hurtos, los afectados hablan de impotencia. “No es el dinero que pierdes, porque muchas veces no es gran cosa. Es más el destrozo que generan, el desasosiego. Yo prefiero dejar la puerta de la huerta abierta, que no la de la caseta. Así, si quieren entrar, que si quieren lo hacen, no me rompen tanta cosa”, explica Ricardo, quien prefiere no dar a conocer su apellido. “Aquí nos conocemos todos, pero casi más por número que por nombre”, añade divertido.
Y mientras pasea junto a la periodista por el extenso sendero que une a los más de 140 espacios de ocio que aquí se ubican, Ricardo muestra cómo, en esta ocasión, los supuestos ladrones emplearon una radial de mano para cortar y llevarse una puerta de entrada forjada en hierro. “A mí me robaron una vez un columpio entero, además de una mulilla, un taladro, pequeñas herramientas y hasta unas toallas de propaganda. Mi vecino de finca tiene un monocultor, pero se ve que es más complejo llevárselo”, presupone Javier, propietario desde 2003. Ahora, tiene colocado alambre y seto para dificultar el camino, pero sabe que no es la panacea. “Otra alternativa es colocar cámaras de vigilancia en las entradas y salidas de las huertas, que entre todos no saldría una derrama demasiado importante”, propone, después de que recuerda cómo se gastaron 80.000 euros en asflatar el camino que conduce a las fincas.
Las anécdotas se aglutinan. Un vecino que compró alambre de acero para plantar las alubias y ni llegó a estrenarlas. Otro que muestra cómo le han soltado los tirafondos de las ventanas con un taladro. Un tercero que ha recolocado los bloques de hormigón que flanqueaban el acceso porque los habían derribado para sacar un tubo de acero. Una puerta de una caseta reventada con un pico de obra para poder entrar... Son solo algunos ejemplos, pero todos saben de lo que hablan. “Los daños materiales son cuantiosos”, expresa Iban Lacarra con hastío.
Ante este escenario, los afectados, que no hablan de miedo, se encogen de hombros. “No merece la pena denunciar. Te ‘cosen’ a papeleo y no dan con nadie”, mantiene, frustrado, José Javier. Quizá por eso piden más patrullas de Policía Municipal por la zona o alguna otra solución eficaz. “Las noches son un desierto. No hay nadie y, al no haber vigilancia, es sencillo entrar y salir”, analizan los propietarios.