Vivir en la calle
El campamento oculto de Pamplona: más de 25 tiendas entre la maleza, ratas y basura a la espera de otro desalojo
Decenas de personas sin hogar sobreviven bajo lonas y mantas empapadas en el frontón de Aranzadi, a pocos minutos del Casco Viejo. La situación se enmarca en una crisis humanitaria que se arrastra desde el desalojo del antiguo convento de las Agustinas, mientras las policías Municipal y Foral intensifican la vigilancia para impedir nuevas ocupaciones en las huertas


Publicado el 22/10/2026 a las 05:00
En apenas veinte minutos, entre las nueve y las nueve y veinte de la mañana de este miércoles, dos vehículos policiales han recorrido las huertas de Aranzadi, en Pamplona. Uno de ellos ha regresado incluso sobre sus pasos poco después de completar la primera ronda. Los agentes vigilan los terrenos de los que fueron desalojadas, bajo la lluvia, decenas de personas sin hogar el pasado lunes. Patrullan los caminos, las orillas del río y las inmediaciones del centro de formación para impedir que vuelvan a levantarse las tiendas de campaña en las que, hasta hace apenas dos días, malvivían quienes habían encontrado allí su único refugio.
Sin embargo, los desalojos no han acabado con el problema, sino que lo han desplazado unos metros. En el entorno del frontón de Aranzadi, ocultas detrás de los arbustos y entre la arboleda, decenas de personas inmigrantes malviven en un asentamiento improvisado con al menos 25 tiendas de campaña. El Ayuntamiento tiene previsto desalojarlas también, pero quienes carecen de una alternativa difícilmente podrán hacer otra cosa que buscar refugio en algún otro punto de la ciudad. En las mismas condiciones infrahumanas.
La imagen contrasta con la de una ciudad que presume de bienestar. Más aún por la proximidad del asentamiento al centro urbano. Aquí, a pocos minutos a pie del Casco Viejo, decenas de personas intentan protegerse de la lluvia y la humedad con los escasos materiales de los que disponen. Una lona, una manta o incluso una sombrilla sirven para improvisar un techo bajo el que pasar la noche.


Lo que sucede en Aranzadi no es un fenómeno aislado, sino la expresión de un problema que Pamplona arrastra desde hace años y que adquirió especial visibilidad con el desalojo del antiguo convento de las Agustinas, a principios de este año. La presencia de personas sin hogar en distintos espacios de la ciudad y las dificultades para ofrecerles una alternativa habitacional han persistido pese a los sucesivos desmantelamientos de asentamientos.
El campamento del frontón vuelve a poner de manifiesto esa realidad. Quienes no encuentran una plaza en un recurso de acogida ni pueden acceder a una habitación terminan instalándose donde pueden, aunque eso suponga dormir a la intemperie, rodeados de basura y expuestos a la lluvia, el frío y la humedad.
En esta ocasión, las tiendas se concentran en una zona especialmente resguardada de las miradas. Los árboles y la vegetación las ocultan casi por completo desde los caminos principales. El lugar ofrece cierta intimidad frente al tránsito de personas, pero apenas protección contra las inclemencias meteorológicas y ninguna garantía de salubridad.
UN NUEVO DESALOJO PENDIENTE Y PATRULLAS POR LAS HUERTAS
La incertidumbre marca la jornada de quienes permanecen en el asentamiento. Para este miércoles, a las once de la mañana, estaba previsto un nuevo desalojo en el entorno del frontón. Sin embargo, llegada esa hora, la intervención todavía no se había producido y quedaba en el aire cuándo se llevaría a cabo, posiblemente a lo largo de la semana.
Mientras esperan, los afectados ven cómo los vehículos policiales continúan recorriendo las huertas y los espacios desalojados el lunes, donde ya no pueden volver a instalar sus refugios.
Algunos de los inmigrantes que viven en Aranzadi explicaron el martes a este periódico que llevan meses en Pamplona sin haber conseguido empadronarse. Según sus testimonios, hay quienes subsisten con apenas una bolsa de alimentos a la semana, proporcionada por pequeños bancos de alimentos. "Solo quieren que dejemos la ciudad", repiten como un mantra. A las dificultades para acceder a una habitación o a un recurso de acogida se suman, lamentan, los obstáculos administrativos que complican todavía más cualquier intento de abandonar la calle.
Este miércoles, varios de ellos han denunciado ante los medios de comunicación desplazados al frontón que los agentes no les dieron tiempo suficiente para recoger sus pertenencias durante los desalojos del lunes. Aseguran que parte de sus enseres acabaron en contenedores de basura, una escena que este periódico pudo fotografiar.


UN CAMPAMENTO QUE SE EXTIENDE ENTRE LOS ÁRBOLES
Nada hace pensar en la magnitud del asentamiento que se esconde entre la vegetación. Las primeras cinco tiendas aparecen pegadas a una de las paredes de las instalaciones deportivas. Otras dos se cobijan bajo una gran lona azul. Pero basta con avanzar unos metros entre los árboles para descubrir que los refugios se multiplican.
Hay tiendas junto a los troncos, escondidas entre la maleza y distribuidas por pequeños claros. Se aprovecha cualquier rincón que pueda ofrecer algo de abrigo frente al viento o la lluvia. El recuento alcanza al menos 25 tiendas de campaña, repartidas por un espacio que apenas resulta visible desde el exterior.
Este miércoles, el sirimiri intermitente empeoraba todavía más las condiciones de vida de sus ocupantes. Algunos caminaban en chanclas por el barro, sorteando charcos y atravesando la vegetación empapada. Otros permanecían junto a sus escasas pertenencias o atendían a las cámaras de televisión y a los periodistas que se habían acercado para conocer su situación.
Dentro de los refugios, la humedad impregna las mantas y la ropa que utilizan para dormir. Los plásticos extendidos sobre las tiendas intentan frenar unas filtraciones que amenazan con empaparlo todo. A su alrededor, las pertenencias personales quedan expuestas. Los montones de basura acumulados a pocos metros y la presencia de ratas completan este escenario.
