Pamplona
Pasaje de la Jacoba: humedades, orines y falta de accesibilidad
Pese a ser un paso muy utilizado por vecinos y turistas, sigue siendo un foco de insalubridad, convertido en urinario los fines de semana


Publicado el 16/08/2026 a las 05:00
“Una vez vi a una turista o peregrina con una enorme mochila que se puso a fotografiar el escudo de la vidriera. El peso de la mochila le venció y cayó sobre un charco de meados. La mujer braceaba y movía las piernas”. El testimonio es de un propietario de una oficina en uno de los portales a los que se accede desde el Pasadizo de la Jacoba. La falta de conservación, la ausencia de un sumidero en su interior, la incorrecta conducción de pluviales y fecales y una deficiente limpieza han convertido el pasaje en una oda a aromas excretales, que alcanza su cenit las mañanas de los viernes, especialmente este día -tras el juevintxo-, de los sábados y de los domingos.
El pasaje de la Jacoba se convierte las noches de fiesta en el urinario de muchos jóvenes. Especialmente en la puerta que da a la plaza del Castillo, donde la cota es más elevada y los orines dejan en el mejor de los casos “un charco de metro y medio de diámetro”, según el propietario, o en el peor, descienden las escaleras arrastrados por la gravedad. Un riachuelo de pis en el corazón histórico de Pamplona. “He visto a niños que se dirigen al colegio público de San Francisco en sandalias que tienen que chapotear sobre esos charcos de meados. Lo de los orines es un horror, un puto horror”, continúa el propietario.
JACOBA SAN MIGUEL MURILLO
El pasadizo de la Jacoba no solo es un espacio emblemático y singular del casco histórico pamplonés, con su enorme vidriera del escudo de Pamplona. También es un paso funcional muy utilizado por residentes y foráneos de la ciudad. Miles de vecinos y vecinas de la zona lo utilizan a diario para atajar entre la calle Zapatería y la plaza del Castillo. Pero no solo eso. Como confirman varios vecinos de la zona, los guías freetour hacen parada obligatoria en el pasadizo pese a su deficiente estado de conservación o a las fragancias matinales de los fines de semana. Se hacen decenas de fotos a diario en el pasadizo, un recuerdo poco edificante de la ciudad.


Y es que, pese a todo, se trata de un espacio con historia. Su construcción se remonta a 1892. Aquel año, el arquitecto Florencio Ansoleaga, autor del Archivo Real y General de Navarra, adosado al palacio de Navarra, diseñó el edificio de la calle Zapatería 19. Es el que se ubica sobre el actual bar la Jacoba. Jacoba San Miguel Murillo fue una comerciante de Lizoáin de origen humilde que fue escalando en Pamplona. Fue ella la que compró gran parte del solar de Zapatería 19 y la que encargó el edificio a Ansoleaga. El inmueble se rehabilitó por completo entre 2010 y 2014.
Antes de 1892 existía ya un angosto paso que comunicaba Zapatería y la plaza del Castillo. Se le conocía como pasadizo La Marina, por el café del mismo nombre que se ubicaba en la plaza del Castillo 43. En 1894, Jacoba San Miguel abre en el mismo pasadizo la tienda de textiles Casa Marchiñena, que funcionó durante décadas. Fue el Ayuntamiento de Pamplona el que decidió abrir a finales del XIX, en 1894, un pasadizo de mayores dimensiones, tal y como lo conocemos ahora. Con el paso de los años, el pasaje adoptó el nombre de Jacoba San Miguel. Hoy es un paso privado de uso público. El Ayuntamiento de Pamplona es al menos responsable del suelo y de las escaleras. Y de su limpieza.
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"HE VISTO DE TODO"
Iñigo Cochero Ataún es el propietario del bar La Jacoba, que abrió en 2014 con la remodelación que se hizo del edificio de Zapatería 19. “A mí lo que me llama la atención es que por aquí han pasado alcaldes y concejales de todos los colores. Y deben de hacerlo mirando al suelo porque esto se cae a pedazos”, introduce. Cochero lleva toda su vida dedicado a la hostelería. Ya en la década de los 90 trabajaba en el bar Faustino de la Universidad de Navarra, donde se encontraban, entre otros, los estudiantes de Periodismo del centro. Ahora pasa menos horas en el bar. Combina el establecimiento con su trabajo de transportista. El camión la de la tranquilidad que le quita la hostelería.
Y que también le arrebata el pasadizo. “Hace seis o siete años llegamos por la mañana al bar y se había caído una placa de pladur del techo. Todavía no se ha reparado”, se queja. “Dentro he visto de todo. Desde gente que orina directamente en el pasadizo delante de nosotros, chavales que saltan la puerta, trapicheo de drogas...”, continúa. Operarios del ayuntamiento abren el pasadizo todos los días a las 7 de la mañana y lo cierran en torno a las 22 horas. “Hemos sacado a gente que entraba a mear dentro del pasadizo y hemos terminado a tortas más de una vez. La policía patrulla a menudo por la zona, pero no se hace nada con los orines”, asegura hastiado.


El problema de las micciones en el casco Viejo se extiende por todas las calles. Y todos los fines de semana. Los vecinos lo sufren constantemente. Probablemente sean miles cada mes. Pero las memorias del ayuntamiento dejan un número exiguo de sanciones: por ejemplo, en el primer trimestre de 2025 se incoaron 47 denuncias por orinar en la vía pública. En Sanfermines, la cifra se dispara. Aquel año fueron 111. Pero siguen siendo una parte residual del total de orines que resbalan por nuestras calles.
La limpieza del pasadizo, que carece de sumidero, tampoco es la mejor. “Hay un trabajador que lo hace a conciencia. Entra con escobones y saca toda la porquería. Pero lo normal es que le den un manguerazo. El agua se mezcla con la orina. Es una guarrada”, dice el propietario. Su sugerencia: que se active una enorme luz sobre las personas que van a orinar en la calle y que se indique la presencia de un baño de 24 horas autolimpiable en la plaza del Castillo, frente al banco de Santander.