Zizur Mayor
Más de 20 días atrapados en casa tras un incendio en Ardoi: "Solo queremos ver el cielo"
El fuego dejó inutilizado el ascensor del edificio donde vive Latifa con sus tres hijos. Dos de ellos, de 26 y 22 años y con distrofia muscular, no han podido salir de la vivienda desde el 6 de junio


Publicado el 28/06/2026 a las 05:00
Un estruendo. Después llegó un intenso olor a comida quemada. En el edificio era habitual. Pero esta vez era distinto. Latifa abrió la puerta para comprobar qué sucedía en el rellano. Y una nube negra lo envolvió todo. Empezó a pedir ayuda. Cerró la puerta. Se sintió mareada. Las piernas le fallaron y gateó hacia el salón palpando las paredes. Allí estaban dos de sus tres hijos: Abdellah, de 22 años, tumbado en una cama articulada, conectado a un respirador. A su lado, Ishak, de 12, temblaba de miedo, paralizado, pegado a su hermano.
Entonces escucharon gritos desde la primera planta.
-¡Es peligroso quedarse dentro del edificio!
Latifa abrió la puerta y gritó una y otra vez:
-¡Por favor, ayudadme a sacar a mis hijos! ¡Sin mis hijos no salgo!
Veía a todo el mundo correr. Ella apenas conseguía mantenerse en pie. Avanzaba apoyando las manos en la pared.
Un vecino acudió hasta el rellano. Entró en la vivienda y cogió en brazos a Abdellah. Lo hizo sin el respirador que utiliza de día y de noche. Su cuerpo, debilitado por una enfermedad degenerativa que ha ido reduciendo su movilidad desde la infancia, se quedó encogido entre los brazos. Con una capacidad respiratoria muy limitada, Abdellah pasó de unas manos a otras. Al menos tres vecinos participaron en la evacuación hasta conseguir sacarlo del edificio. Se la jugaron. Uno de ellos incluso resultó afectado por el humo.
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Detrás salió Ishak, cubriéndose la cara mientras corría. Su madre fue la última en abandonar la vivienda.
Por suerte, el mayor de los hermanos, Khalid, de 27 años, que padece la misma enfermedad degenerativa, se encontraba en ese momento haciendo rehabilitación en la Asociación de Esclerosis Múltiple (EM Navarra), en Ansoáin.
Ocurrió el lunes 1 de junio, hacia las tres de la tarde, en la avenida Belascoáin de Ardoi, en Zizur Mayor. Esa misma noche, la madre y los dos hijos mayores fueron trasladados a un centro residencial. Sin embargo, al pequeño no le permitieron ingresar y se quedó con algunos amigos ante la falta de una red familiar. Latifa, de 47 años, dormía en una silla. Y durante el día debía permanecer con Ishak fuera del centro. Finalmente, ante la separación de la familia, decidieron abandonarlo. Los dos hermanos mayores pasaban demasiadas horas solos y ella no quería seguir separada de sus dos hijos durante el día y del pequeño por la noche.


Siempre agradecida por toda la ayuda recibida, lamenta que el recurso residencial no se adaptara a las circunstancias. Desde que abandonaron el recurso, el 6 de junio, los cuatro permanecen encerrados en casa. No pueden salir porque el ascensor sigue sin funcionar. Las dos sillas eléctricas se encuentran en la escalera. Llevan más de veinte días confinados en el salón. En el interior, el termómetro oscila entre los 33 y los 35 grados, aunque disponen de un aparato de aire acondicionado.
Durante todo este tiempo, Latifa y su hijo Ishak atienden sin descanso a Khalid y Abdellah. Los dos hermanos temen que vuelva a declararse otro incendio. Apenas duermen. Permanecen alerta. “Siente pánico ante cualquier sonido”. El calor tampoco les da tregua.
-No los podemos dejar solos -explica el 24 de junio, el día en que abre la puerta de su casa a este periódico.
El camino que llevó a Latifa y a sus tres hijos hasta Navarra comenzó en 2018. Aún se ve embarcando en un ferry en Melilla rumbo a la península. Empujaba las dos sillas de ruedas, entonces de 18 y 14 años, y el pequeño, de apenas dos, iba colgado a su espalda. Así dejó Marruecos. Buscaba una vida mejor para sus hijos.
Atrás dejaba años marcados por la distrofia muscular de Duchenne, una enfermedad degenerativa. También por la incertidumbre y por un entorno que llegó a culpabilizarla de lo que les ocurría a sus hijos. Llegaron a Córdoba. Allí le dijeron que debía continuar el viaje hasta Navarra, donde estaban los hospitales más preparados para atenderlos. Por delante quedaba una única esperanza: encontrar un lugar seguro donde pudieran recibir atención médica y vivir con dignidad.
Khalid y Abdellah padecen una enfermedad que hoy los mantiene postrados en dos camas con ruedas instaladas en el salón de su casa, en Ardoi. El pequeño, Ishak, ha crecido viendo cómo su madre sostiene sola el peso de una realidad que no concede tregua.
Latifa habla con serenidad, sin victimismo. Incluso sonríe cuando recuerda los momentos más difíciles.
-Solo quiero que mis hijos estén bien y que puedan salir a la calle. Sus cuerpos han cambiado desde que están encerrados en casa. Necesitan salir. Aquí, todo el día tumbados...
Cuando habla de “cambiado”, se refiere a que se están atrofiando.
Todo empezó, sigue contando, en la infancia. Fue ella quien primero advirtió que algo no iba bien. Sus dos hijos mayores no crecían al mismo ritmo que los demás niños.
-Corrían menos, caminaban más despacio, tropezaban con frecuencia y se caían.
Durante años, sin embargo, los médicos en Marruecos le restaron importancia.
-No les pasa nada. Son iguales que el resto de los niños.
Con el tiempo llegó el diagnóstico. También la confirmación de que en Marruecos no podían ofrecerles tratamiento. Una noticia devastadora. Le dijeron que no había nada que hacer. Pero Latifa no se rindió. Encontró en sus hijos una razón para seguir adelante. Emprendió el viaje.
Hoy, Khalid encuentra uno de sus mayores motivos de alegría en el centro de día de la Asociación EM Navarra. Allí hace ejercicio físico y respiratorio, comparte tiempo con otras personas y conversa. Es uno de los lugares donde más disfruta.
Abdellah, por su parte, ha terminado el curso en el colegio y no acude a ningún centro de día. Entretanto, ha encontrado refugio en la escritura. Utiliza un dispositivo de seguimiento ocular que le permite escribir con el movimiento de los ojos. Ha llegado incluso a autoeditar varios libros. Leer y escribir son sus grandes pasiones. El salvavidas al que aferrarse.
A los dos hermanos les apasiona el fútbol. Siguen los mundiales y disfrutan recorriendo las calles con sus sillas eléctricas cuando pueden. Khalid, además, juega al fútbol.
-Utilizo las ruedas como si fueran mis piernas.
Pero lo que más echa de menos es algo mucho más sencillo: callejear, ver gente y mezclarse con el ambiente. Sueña con volver a recorrer la ciudad con su silla el próximo 6 de julio.
Cuando este periódico visita la vivienda, 23 días después del incendio y 18 después de su regreso, las huellas del fuego siguen siendo evidentes.
La visita es posible gracias a la mediación de David Garnatxo, gerente de la asociación EM Navarra, y de Judit Pérez, trabajadora social y directora del centro de día. También coincide con la presencia del fisioterapeuta de la asociación, Ioseba Nuin, que trabaja con los dos hermanos en ejercicios respiratorios imprescindibles para su salud.
La fachada aún conserva las cicatrices del incendio. En el interior, el olor a humo sigue impregnando el edificio. Las sillas de ruedas permanecen junto a un ascensor que continúa averiado. Las escaleras conducen hasta la segunda planta. Las paredes muestran manchas de hollín. Frente a la vivienda calcinada donde se originó el fuego, varios operarios continúan trabajando. Al fondo del pasillo, tras una puerta abierta, aparece la realidad cotidiana de la familia.
Dentro, el termómetro marca 33 grados. Latifa asegura que la temperatura real ronda los 35 por el calor acumulado. Refresca los cuerpos encogidos de sus hijos, castigados por las úlceras y cubiertos de sudor. Los acaricia con una suavidad que parece transmitir ternura en cada gesto. A unos metros, Khalid observa la escena en silencio. Luego le tocará a él. Ishak bebe un vaso de leche. Ayuda a su madre. Siempre pendiente. Sobre dos camas instaladas en el salón descansan Khalid y Abdellah.
Desde el 6 de junio, cuando regresaron del centro, sus días apenas cambian. Miran al techo. Consultan el móvil o la tableta con la que Abdellah escribe. Ven partidos de fútbol. Esperan. Esperan, sobre todo, volver a salir de casa.
El fisioterapeuta que los atiende advierte de que ambos necesitan regresar cuanto antes al centro de día y recuperar la actividad. El encierro ya está teniendo consecuencias visibles.
-Sus cuerpos se están atrofiando y están perdiendo capacidad respiratoria.
Khalid recuerda una noche especialmente difícil.
-Una noche casi me ahogo.
Durante la visita, Ioseba le realiza ejercicios para ayudarle a expulsar las secreciones respiratorias. Después, Latifa les administra la alimentación a través de las sondas con ayuda de jeringas.
Su jornada comienza cada día a las siete de la mañana. Desde ese momento dedica cada minuto a sus hijos. Los cambia de postura, vigila la aparición de úlceras, controla su respiración y atiende todas sus necesidades. “Se enfadan mucho cuando escuchan gritos en la calle y no pueden salir”. Así, día y noche.
Ishak, pese a ser todavía un niño, acompaña a su madre en cada tarea. Siempre pendiente de sus hermanos.