En primera persona
Así es la vida de la persona sin hogar apuñalada en San Jorge: "¿Cómo se puede dejar a la gente en este estado a la intemperie?"
Un ciudadano polaco de 54 años, con graves problemas de alcoholismo, salud mental y necrosis en los pies, fue apuñalado este lunes a las 22.10 horas en el barrio pamplonés de San Jorge tras meses sobreviviendo a la intemperie. Su vida no corre peligro. Durante las últimas semanas, este periódico ha seguido de cerca su situación y los intentos de vecinos y profesionales por ayudarlo sin encontrar una respuesta efectiva


Actualizado el 16/06/2026 a las 15:01
16 de junio. Martes. La noticia salta a los medios digitales: un varón de 25 años ha sido detenido por la Policía Nacional como presunto autor de un delito de homicidio en grado de tentativa tras asestar múltiples cuchilladas a otro hombre, de 54 años, en el barrio pamplonés de San Jorge.
La agresión ocurrió el lunes, a las 22:10 horas, en la puerta de un comercio de la avenida de San Jorge. Este periódico se dirige hasta el lugar. Efectivamente, el herido es M., un ciudadano polaco sin hogar cuya historia este periódico ha seguido durante las últimas semanas. Allí sigue la silla de ruedas en la que solía sentarse.
Varias clientas del local hablan de lo ocurrido.
—Han apuñalado al hombre que pedía en la silla de ruedas. ¿Se sabe si está grave? —preguntan.
La gravedad de las heridas apunta a que podrían haber sido fatales de no mediar la rápida intervención de las patrullas de seguridad ciudadana de la Policía Nacional. Los agentes detuvieron al agresor en el lugar de los hechos, mientras que el herido fue trasladado de urgencia al Hospital Universitario de Navarra, donde permanece ingresado. La Brigada Provincial de Policía Judicial se ha hecho cargo de la investigación.


Una trabajadora del comercio explica a este periódico que a M. lo llamaban Maika.
—Porque no entendíamos bien su nombre —ríe con cariño, junto a otras compañeras que ya lo consideraban parte de la plantilla tras meses sentado junto a la entrada del supermercado—. Cuando no estaba bebido no daba problemas. Hace dos años la empresa lo llevó a un albergue y allí lo atendieron. ¿Cómo se puede dejar a la gente en este estado a la intemperie? Por suerte, parece que va a salir de esta, pero ¿y luego qué? ¿Otra vez a la calle, como ha ocurrido otras veces?
Las preguntas de estas trabajadoras laten desde hace meses entre vecinos de Pamplona, comerciantes, policías y profesionales en general que han visto deteriorarse a M. sin encontrar una solución duradera. Una historia que comenzó mucho antes del apuñalamiento.


DÍAS ANTES DEL APUÑALAMIENTO
Días antes del apuñalamiento, un vecino del barrio de Iturrama encuentra a M. llorando dentro de su portal. Lo anima a salir y ambos caminan hasta un banco cercano, muy cerca del bingo donde suele pasar las noches.
El hombre apenas puede mantenerse en pie. Se tambalea. Lleva un tetrabrik de vino blanco en una mano y se queja de un intenso dolor en los pies y de un golpe en el costado.
Sentado en el banco, explica entre balbuceos que tiene 54 años, que es polaco y que le gusta dormir allí porque, al despertar, suele encontrar algunas monedas que dejan quienes acuden a jugar. Cuenta que lleva mucho tiempo en Pamplona, al menos dos años, que llegó desde Alemania con un amigo y que le han robado la documentación, el dinero e incluso que ha sufrido una paliza. Se levanta la camiseta y muestra un gran moratón.
Relata también que está divorciado, trabajó como camionero, que tiene cuatro hijos y que habla cinco idiomas. Asegura que no puede trabajar por un problema en los pies.
El vecino no termina de comprender todos los detalles de su relato. Entonces, M. hace un gesto con la mano simulando un corte. Más allá de las palabras, transmite una idea clara: no quiere seguir viviendo. El vecino comprende que el problema va mucho más allá.
Días después, el vecino coincide con este periodista.
—Solo quiere morir bebiendo —lamenta con impotencia.
A su juicio, el hombre se encuentra en una fase muy avanzada de progresión alcohólica, cerca del final de la escala de Jellinek, un modelo que describe la evolución del alcoholismo como una enfermedad progresiva.
—¿Quién debería preservar la vida de esta persona y ordenar un ingreso forzoso en una situación así? —se pregunta.


La reflexión remite inevitablemente a dos sucesos ocurridos en Pamplona en los últimos 17 años. Uno ocurrió la madrugada del 13 de noviembre de 2010. Un hombre de origen polaco, Jacek, fue encontrado muerto en un banco de la avenida Baja Navarra, junto al parque de la Media Luna.
Aquel hombre era un empresario al que no le fueron bien las cosas y que se separó de su esposa e hijos. Después comenzó una vida errante por diferentes lugares y trabajó como empleado de la construcción y en diversos oficios. Tenía 47 años y problemas de adicción al alcohol. Falleció en la más triste soledad.
La historia de M. también rememora lo ocurrido en 2024 en la plaza de Azuelo, en el barrio de San Juan, donde falleció Ángel, un guipuzcoano de 61 años en circunstancias similares: a la intemperie, en un banco y acompañado en sus últimas horas por una vecina.
Aquella noche de enero, unas cuatro horas antes de la muerte de Ángel, una mujer de 70 años trató de auxiliarlo. Tomaba algo con unas amigas cuando observó un bulto bajo una manta en el mismo banco donde lo habían dejado sentado por la mañana.
—Me acerqué y le dije: "¿Qué pasa, majo?". Y me respondió con un gesto que no podía moverse.
El hombre apenas podía hablar. Tosía. La vecina regresó a casa y llamó a la Policía Municipal.
—Y me respondieron que quienes estaban en la calle era porque querían —recordaría después.
Insatisfecha con la respuesta, telefoneó al 112.
—Les comenté que tenía mucha tos y me dijeron que, si tosía, fuera al centro San Martín.
Aquella noche volvió a la plaza.
—Majo, aquí estás muy mal.
Días después supo por la prensa que había fallecido.
—Solo espero que no vuelva a repetirse algo así y que se preste más atención a los avisos de los ciudadanos. Cada vez estamos peor por culpa de los protocolos.


VECINOS DE ITURRAMA TRATAN DE AYUDAR
Pero, dos años después, vecinos de Iturrama temen que las historias de Jacek y Ángel vuelvan a repetirse tras meses de deterioro y llamadas de auxilio.
Desde hace meses tratan de ayudar a M. Le bajan comida, ropa de abrigo e incluso una almohada para dormir en portales o bancos. Lo único que le piden es que no pase la noche dentro de los portales. Pero apenas sigue instrucciones o las olvida.
Su rutina gira alrededor del alcohol. Bebe litros de vino blanco mezclados con cerveza, además de café y tabaco, todo ello pagado con el dinero que consigue pidiendo en la puerta de un par de supermercados.
Quienes lo conocen coinciden en que está al límite. Puede morir en cualquier momento, avisan. A sus problemas físicos y a un consumo extremo de alcohol se suma un evidente deterioro de su salud mental.
También han llamado al 112 y aseguran haber recibido respuestas similares a las que escuchó la vecina de San Juan.
En mayo, uno de los residentes del barrio encontró a M. en calcetines. Le habían robado incluso las zapatillas. Le bajó ropa y unas zapatillas nuevas.
Al observar sus pies detectó algo extraño en los dedos. Pensó que necesitaría atención podológica. Sin embargo, al día siguiente descubrió algo mucho más grave: los pies presentaban un aspecto "muy feo", "en carne viva". Estaban gangrenados.


DEL SUELO AL HOSPITAL
La víspera de acudir al centro de salud de Iturrama, M. se sienta frente al vecino. Son cerca de las once de la noche. Completamente ebrio, asegura haber bebido seis litros de vino blanco durante el día y haber comido únicamente una lata de sardinas.
Poco después se despide y avanza haciendo eses hasta una esquina de la calle Monasterio de Urdax. Allí se deja caer sobre la acera y se queda dormido sin cartones ni mantas.
Un viandante lo cubre con un plástico recogido de unos contenedores cercanos.
Debajo de aquel plástico, M. se agita, sufre espasmos y murmura frases ininteligibles. Se quita la camiseta y permanece dormido a la intemperie, acurrucado como un niño.


A la mañana siguiente, el periodista lo encuentra en el mismo lugar. Acaba de despertarse. Lo primero que hace es encender un cigarrillo y abrir una lata de cerveza. Son las nueve de la mañana.
Un nuevo vecino decide llevarlo al centro de salud de Iturrama. Allí, nada más examinarle los pies, el personal sanitario activa la atención urgente. Presenta necrosis y le faltan varios dedos, según explican. Aunque carece de tarjeta sanitaria, añaden que eso no debería impedir su asistencia. De hecho, ya había sido atendido anteriormente en el Hospital Universitario de Navarra.
M. es atendido por un médico y una enfermera antes de ser trasladado en ambulancia a Urgencias.
—No habíamos visto nada parecido aquí —aseguran.
La situación provoca una reflexión compartida entre sanitarios, policías que lo conocen, hosteleros, vecinos y comerciantes.
—¿Cómo es posible que no exista un recurso eficaz para personas con graves problemas de salud mental y alcoholismo?
El vecino lo resume con crudeza:
—Si fuera un perro abandonado, ya estaría bajo techo y con las vacunas puestas.
Horas después de su paso por Urgencias, el vecino que lo acompañó al centro de salud llama al hospital para interesarse por su estado. Le informan de que ha recibido el alta, que tiene una cita con el cirujano al día siguiente y que se le ha facilitado una noche en un albergue.
No sale de su asombro.
—¿De verdad creen que va a acudir al hospital?
Según explica, los médicos del centro de salud consideraban que debería haber permanecido ingresado y recibir tratamiento antibiótico.
Y surge una nueva pregunta:
—Si muere en la calle, ¿de quién será la responsabilidad?


LA CALLE COMO DOMICILIO
El 30 de mayo, este periodista acude al hospital y pregunta por M. con su nombre y apellidos. En teoría debería encontrarse ingresado. No aparece ningún registro de hospitalización.
Esa misma tarde es localizado en una silla de ruedas frente a un supermercado de la avenida de San Jorge. Está acompañado por otro ciudadano polaco con el que llegó desde Alemania. Tiene el ojo izquierdo morado. Bebe vino blanco y pide dinero utilizando una botella de plástico como recipiente.
No sabe explicar si ha estado o no ingresado.
—He dormido por aquí, en la calle —dice señalando los alrededores.
Lleva encima un informe médico arrugado.
"Acude a Urgencias en estado de embriaguez (...). Se propone alta a domicilio".
El juicio clínico recoge una intoxicación etílica aguda. El tratamiento recomendado consiste en evitar el consumo de alcohol.
Pero su único domicilio es la calle.




Ante la falta de soluciones, el 1 de junio el vecino que lo acompañó al centro de salud acude al juzgado de primera instancia para intentar encontrar una respuesta.
—¿Y usted quién es? —le preguntan.
—Un vecino. Un ciudadano preocupado.
Desde el juzgado lo remiten a la Fiscalía. Allí le indican que el asunto corresponde al juzgado. Después es derivado a la Oficina de Atención a las Víctimas.
La peregrinación continúa de ventanilla en ventanilla sin que nadie le ofrezca una solución concreta.
Finalmente, recogen sus datos y le aseguran que contactarán con la trabajadora social de Iturrama.
Ese mismo día también habla con el médico que atendió inicialmente a M.
—Esto se está convirtiendo en un problema porque nadie hace nada —lamenta—. Lo único que me dicen es que presente una denuncia. ¿Pero una denuncia por qué? Esto no es un delito. Es una situación civil y hay que tomar medidas civiles.
Y vuelve a hacerse la misma reflexión.
—Este hombre se va a morir en la calle. Y no le importa a nadie. No tiene nada. Le han robado todo. No podemos mirar hacia otro lado. Estas personas se nos están muriendo en la calle.


La historia de M. es también la de otros hombres y mujeres que siguen pernoctando a la intemperie y exponiéndose cada noche a una situación límite entre la vida y la muerte.
El 9 de junio, mientras las palabras del papa León XIV suenan en la radio del coche del periodista, "la caridad no admite demoras", no hay rastro de M. ni en Iturrama ni en San Jorge.
Ha desaparecido. ¿Lo habrán ingresado? Nadie lo sabe.
Alguien lo ha visto pedir en la puerta del supermercado de San Jorge y también en Iturrama.
Una semana después, M. sobrevive al apuñalamiento.
Su ingreso hospitalario ha llegado finalmente, pero no por la necrosis de sus pies, ni por el alcoholismo extremo, ni por los repetidos avisos de vecinos preocupados, sino después de varias puñaladas. Un hecho que ha vuelto a colocar sobre la mesa una pregunta necesaria: ¿qué ocurre cuando una persona pierde progresivamente la capacidad de cuidarse a sí misma y no puede decidir, quedando fuera de cualquier respuesta eficaz del sistema?