Pamplona
Paseo de Sarasate, una encrucijada de historias y vidas
El salón de actos del Condestable se llenó de público para recorrer de la mano de Víctor Manuel Egia la evolución histórica del emblemático bulevar


Publicado el 15/11/2025 a las 05:00
A unos meses de que el paseo de Sarasate inicie una nueva senda histórica y adopte un renovado aspecto, la Asociación Retina Navarra organizó recientemente en el Condestable una conferencia ofrecida por el médico e investigador Víctor Manuel Egia Astibia. Con la sala a rebosar y bajo el título de De paseo de Valencia a paseo de Sarasate. 172 años de historia, la charla recorrió de forma amena, con abundante material fotográfico e histórico, el devenir de este enclave que nació extramuros y que en los últimos años ha copado debates políticos y ciudadanos en la calle. Una historia rica, marcada por la arquitectura, el urbanismo y los nombres propios. Y también con inesperadas subtramas, como la del traslado de los reyes del paseo al jardín de la Taconera. Porque han sido muchos los episodios que se descuelgan del céntrico bulevar, hoy tránsito peatonal entre el poder legislativo –el Parlamento– y el Ejecutivo, el Gobierno foral, antigua Diputación. También representa el cruce de caminos, la frontera entre la Pamplona histórica y la moderna, el II_Ensanche, surgido con el derribo de las murallas ya entrado el siglo XX.
Siglo XIII. Guilhem Anelier, trovador y soldado francés de Toulouse, escribe La guerra de Navarra, poema épico que narra la contienda entre los tres núcleos de población (popularmente, burgos) en que estaba dividida Pamplona: la ciudad de la Navarrería, el burgo de San Cernin y la población de San Nicolás. Lo que hoy es Sarasate se hallaba fuera de las murallas medievales y formaba parte de lo que ya entonces era la Taconera, un campo boscoso. “Sabemos por Anelier que en el siglo XIII vivía allí, en lo que hoy es el paseo, una tal Juan Petri. No se sabe mucho más porque aquello era un campo”, explicó Egia.


DE PASEO DE VALENCIA A PASEO DE SARASATE
“En 1842 apareció en Pamplona un joven de Bargota, Prudencio Valencia, que vino a trabajar de pasante con un escribano, un tal Javier Ibáñez, que vivía en el número 39 de la calle Lindatxikia”, narró el médico e historiador. Astibia explicó que el paseo estaba formado inicialmente por las fachadas traseras de las calles Lindatxikia, San Nicolás y San Gregorio, donde antes se levantaba el lienzo sur de la muralla medieval. El caso es que, como recordó Astibia, el escribano de Bargota medró hasta convertirse en procurador de la Audiencia y notario del Obispado. “Al despacho de Valencia iba muchísima gente:
— ¿A dónde vas?
— Adonde Valencia”.
El Ayuntamiento de Pamplona decidió llamar oficialmente al paseo con su nombre en 1850. En 1903, con el rutilante violinista aún en vida, se le cambió el nombre a paseo de Sarasate. “Pero en los letreros ponía boulevard, pese a que el nombre oficial era paseo”, continuó Astibia. En 1925 se sustituyeron los letreros y en 1974, el alcalde Viñes, recuperó el nomenclátor de Valencia. Solo fue durante cinco meses, lo que tardó el consistorio en cambiar de corporación. Sarasate tendrá una escultura dedicada a su figura con la inminente transformación del paseo, cuyas obras se prolongarán hasta la segunda mitad de 2027.
EL PRIMER BANCO (DE PIEDRA) DEL PASEO
En la Pamplona como capital de un reino independiente –primero Reino de Pamplona y después de Navarra (siglos IX al XVI)–, Sarasate era campo, una zona arbolada que prolongaba la actual Taconera. Con la conquista de Castilla (1512), la ciudad se expande con sus nuevas murallas y comienzan a aparecer los primeros edificios, que son los que dieron forma urbanística al paseo. Era una zona de recreo adonde iban los pamploneses y pamplonesas quizás para escapar de una ciudad encerrada en un Casco Viejo denso, superpoblado y abigarrado.
“El paseo como tal comenzó el 14 de diciembre de 1861, cuando el Ayuntamiento decidió poner bancos de piedra, como los que ya existían en la plaza del Castillo y en la Taconera. Sin embargo, el proyecto más importante fue en 1885, cuando se decidió reurbanizar el paseo de Valencia, con un proyecto de Florencio Ansoleaga que costó 50.000 pesetas. La urbanización fue muy cuestionada porque era muy gravosa, de la misma forma que hoy se está cuestionando la reforma que se va a hacer ahora, también considerada muy costosa (15 millones de euros)”, desgranó Egia.
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1885, NACE EL PASEO DE VALENCIA URBANIZADO
Los sucesivos edificios que se levantaron en el lado sur del paseo, como preámbulo del posterior II Ensanche diseñado por Serapio Esparza, habían creado un paseo natural, una alameda sombreada por árboles. Si el extremo este se cerraba con el Palacio de Navarra –donde en el siglo XVI se ubicó el convento de las Carmelitas Descalzas–, actual sede del Gobierno foral, el oeste quedaba abierto. La Ciudadela podía verse desde el propio paseo. Aquella primera urbanización dota al bulevar de su aspecto actual: eje central de paseo y calzadas laterales. Con el nuevo proyecto de 2025, ‘Isolíneas’, desaparecerá esta configuración en favor de una plataforma única –sin escalones pero con rampas– y con pasos peatonales entre árboles.
Aquel año de 1885 fue especial, con un flamante paseo de Sarasate que daba cierto aire cosmopolita a la ciudad. “En San Fermín, se hizo un túnel luminoso que contaba con más de 7.000 luces de gas (a la derecha de estas líneas), ya que entonces no había electricidad. Había que encender una por una, y lo hizo Vicente López de Goicoechea, montado sobre postes de chopo. Estuvo encendido todos los días de San Fermín, pero hubo una tormenta muy grande que dañó la mitad de la instalación”, narró Egia. La electricidad llegaría tres años después a Pamplona, en 1888. El Café Iruña fue el primer establecimiento en tener luz eléctrica. Fue en los Sanfermines de aquel año, todo un acontecimiento en la ciudad.
EL ORIGEN DE LAS BARRACAS ESTÁ EN SARASATE
Si el primer edificio del paseo de Sarasate fue el convento de las Carmelitas Descalzas (1583), donde ahora se levanta el Palacio de Navarra, el que le siguió fue el enorme y sobrio caserón de la Casa de la Misericordia, institución aún con vida y con un destacado protagonismo en la ciudad. Comenzó a construirse en 1702, se concluyó en 1706 y ocupaba varios portales actuales –desde el número 3 del paseo hasta el patio de correos–, tapando la actual calle de García Castañón. “Vivía de suscripciones personales y aportaciones de órdenes religiosas, que proporcionaban pan, harina y trigo. Ahí iban a parar los niños y niñas procedentes de la inclusa cuando cumplían 10 u 11 años y no se les había buscado una escuela”, relató Egia.
Como se ve en la imagen, se aprecian varias carpas. En realidad eran las barracas. La imagen pertenece a los Sanfermines de 1885, con la primera urbanización del paseo. “Ponían barracas en la puerta de la Misericordia, y de hecho, eso ha persistido. Hoy día, la gestión de las barracas y de las ferias que se ponen en La Runa sigue siendo responsabilidad de la Casa de Misericordia. Era un sitio muy querido, donde siempre iban los gigantes en San Fermín”, detalló el médico e historiador. Incluso la querida Mari Blanca, escultura alegórica de la Beneficencia, que ahora se encuentra en los jardines de la Taconera y que presidió la plaza del Castillo, se ubicó durante un tiempo en el jardín de la Misericordia de Sarasate.
UN TRINQUETE EN EL PASEO Y JUANITO MOYA
Sin salir de la Casa de la Misericordia, Víctor Manuel Egia contó cómo en 1777 la institución buscó más medios de financiación. ¿Cómo? Con un trinquete que se construyó en la trasera del edificio. “En 1840 se convirtió en un frontón al uso, con su frontis, su pared izquierda y su graderío. Se llamaba el Juego Nuevo de Pelota. Para evitar que las pelotas que pasaban por encima del frente fueran al Paseo de Sarasate –entonces, de Valencia–, había una valla en lo alto del edificio”. Aquel Juego Nuevo de la Pelota tenía un reglamento que redactó el Marqués de Rozalejo en 1847. “Se considera el reglamento de pelota más antiguo que existe”, apuntó Egia.
El médico mostró una fotografía de la grada de aquel trinquete de la Casa de la Misericordia. En ella, un grupo de hombres posa ante la cámara. Serios y solemnes. Y entre ellos, abajo a la derecha, un hombre menudo y decidido: Juan Moya Bernedo. El Juego Nuevo de la Pelota se practicaba con un guante de cuero. Pues Moya, ‘Moyica’, encargó uno de mayor tamaño y de mimbre con el que conseguía imprimir más potencia a la pelota y ganar a oponentes más corpulentos. Así nació el remonte. Moya, al que recientemente se le ha dedicado un paseo que recorre la pasarela de Labrit, fue además trompista de La Pamplonesa.
LOS 12.000 DUROS DE LAS ESTATUAS DE LOS REYES
Uno de los asuntos a los que más tiempo dedicó Víctor Manuel Egia fue el de las estatuas de los reyes del paseo, asunto candente por su traslado con polémica a la Taconera. El conferenciante, que en líneas generales hizo un recorrido aséptico del paseo, se mojó con este tema. “La Taconera no es el destierro. Es nuestro mejor parque, del que tenemos que estar muy orgullosos, porque cualquier monumento que pongas allí va a lucir tanto como en el Paseo de Sarasate”, declaró. El caso es que, como se sabe, las esculturas procedían del Palacio Real de Madrid y se mandaron construir por orden de Felipe V para adornar la cornisa del enorme edificio. La reina consorte, Isabel de Farnesio, ya en el reinado de su hijo Carlos III, tuvo la pesadilla de que las esculturas se le caían encima y la mataban. Las piezas se retiraron y durmieron durante décadas en un almacén del palacio. “En 1885, cuando se iba a urbanizar el Paseo de Sarasate, Nicasio Landa, cirujano, e Iturralde y Suit, escritor, que formaban parte de la Comisión de Monumentos, se enteraron de que en Madrid podían estar los reyes de Navarra”, explicó Egia. Se encargó a un escultor pamplonés, José Soler, que recogiera las obras con 12.000 duros para su compra. Nadie sabía a quiénes correspondían y estaban completamente deterioradas. Tanto es así, que el palacio regaló las esculturas. Eso sí, Soler cobró 8.000 duros de aquella asignación por la restauración.