En primera persona
Una historia de amor y extremaunción
La noche del 11 de agosto, Carlos Ardanaz recibe la extremaunción en el Hospital Universitario de Navarra: comienza así una crónica de los que pudieron ser sus últimos días, entre la resistencia de la familia, el calor extremo y la entrega de los sanitarios


Actualizado el 24/08/2025 a las 12:14
"Quiero que me entierren con la camiseta de Osasuna. A poder ser, con la de esta temporada”. Carlos Ardanaz Baigorri ha vuelto a recordárselo a su mujer, María García Barreras, después de escuchar las palabras de los médicos del Hospital Universitario de Navarra y de recibir la extremaunción la madrugada del 11 de agosto. Ese deseo, que ha repetido una y otra vez, cobra más fuerza que nunca mientras lucha por respirar durante estos días.
Carlos ha entrado en urgencias sin aliento. En su propio coche desde Olite, ante la falta de una ambulancia medicalizada preparada para transportarle en silla de ruedas, con todo lo que implica una enfermedad como la ELA en su fase terminal. Su hijo Carlos ha conducido mientras María le abanicaba. Ha llegado con un nivel de saturación de oxígeno en sangre muy bajo. Demasiado.
—Dormidme, por favor, dormidme —suplica a los sanitarios al caer en sus brazos. María escucha a su marido y se rompe. Nunca antes lo había sentido así.
Una vez estabilizado mínimamente, lo trasladan a la sala de observación, donde el tiempo parece detenerse. El equipo médico les habla con franqueza. No hay mucho que hacer, les adelantan. Habría que considerar la sedación si no mejora. Carlos y María se observan. Han entendido el mensaje final. Todo apunta a que Carlos podría fallecer esa misma madrugada, dos días antes de su 59 cumpleaños.


Con el mensaje aún resonando en sus cabezas, María telefonea a su hija Tamara, que no tarda en aparecer. Se reúnen en torno a la cama. Se abrazan, ríen, lloran. Comparten, en mitad de la noche, una sobremesa colmada de recuerdos. Entonces, llama a la puerta el capellán. Agradecidos por su presencia, rezan juntos el padrenuestro y Carlos recibe la extremaunción.
En medio de la emoción y el recogimiento, María encuentra las palabras justas para describir lo que sienten.
—Es una noche triste, pero llena de amor.
En esas horas decisivas, Carlos expresa sus últimas voluntades:
—Cuidad a vuestra madre... y que no se rompa la familia.
Luego pide a su hijo que se acerque a la cama y, con una media sonrisa socarrona, susurra:
—Ahora eres tú el rey.
Las horas transcurren lentas pero intensas, hasta que el nuevo día comienza a abrirse paso entre las lamas de la persiana, proyectando juegos de luces. Carlos ha mejorado un poco, no mucho, y los médicos plantean aplicar la sedación o resistir un poco más.
—Elegimos esta opción.


Dos días después, 13 de agosto. Carlos recibe una camiseta de Osasuna firmada por sus amigos y una tarjeta con una dedicatoria: “Felicidades de la cuadrilla El Chispón. Muchas gracias por estos 59 años de amistad, amabilidad y dedicación a mantenernos siempre unidos a la cuadrilla. Te queremos, estimado presidente”.
16 de agosto. Carlos quiere hacer pública la situación “insoportable” que están viviendo los enfermos, sus familiares y los sanitarios en el hospital por culpa del extremo calor. “Esto es inhumano. Los enfermos no pueden estar aquí. Es increíble. Estamos a más de treinta grados y los médicos se quejan de que no les hacen ni caso. Hay enfermos con un pie más aquí que allí. Esto parece el tercer mundo”.


18 de agosto. Diez de la mañana. Quinta planta. Ya no suena el ronroneo incesante de los ventiladores personales, en su mayoría traídos por las familias. Las persianas, bajadas durante jornadas enteras, parecen izarse como velas hinchadas. El calor, convertido en paciente invisible y omnipresente, ha comenzado a ceder. Durante días, el ambiente ha sido sofocante, casi irrespirable. Recorrer los pasillos era encontrarse con profesionales exhaustos, abanicándose con folios en medio de turnos interminables, sudorosos junto a pacientes.
Carlos lleva ocho noches sin dormir, con la respiración entrecortada, apenas sostenida por la cánula de oxígeno. El calor ha sido tan extremo que la máquina portátil que María suele llevar siempre en una bolsa cuando sale de casa llegó a detenerse una mañana. María está agotada. No se ha separado del lado de su marido desde que, hace un año y ocho meses, le diagnosticaron la enfermedad. En la habitación del hospital duerme como puede, tirada sobre un colchón en el suelo, pendiente de Carlos y de que no se vaya en silencio; pendiente del calor, de los mensajes del móvil de sus hijos, de su nieto, de su madre de más de noventa años. Se levanta una y otra vez.
—¡Agua, agua! —murmura Carlos.
Ella se la proporciona a cucharadas. Es agua gelificada en una tarrina.
—La ELA destroza a las familias si no hay recursos —resumía María con crudeza en junio. La pérdida gradual de la fuerza, la dependencia absoluta, la imposibilidad de respirar, moverse, gritar. Eso es la ELA. Lo decía claro cuando las ayudas legales no llegaban. Y siguen sin hacerlo.


REAL MADRID-OSASUNA
Lo que ni Carlos ni María imaginaron entonces fue que, en la quinta planta del hospital, escribirían también una de las historias de amor más intensas de sus vidas.
Esta mañana de lunes 18, el panorama parece bien distinto al de aquella madrugada del 11. La analítica ha mejorado. Su deseo inmediato es sencillo, dice: no volver a sufrir calor y poder ver, desde la cama —ojalá desde casa—, el partido de Osasuna, rodeado de las risas de sus amigos de Olite.
—¿Sabes qué? Que te voy a afeitar.


Mientras María embadurna de espuma su rostro y masajea su piel con delicadeza, discuten con gracia porque le ha colado algo de gel en la comisura o porque la cuchilla no rasura lo suficiente. Se conocen desde la niñez, comparten un lenguaje íntimo, tejido en toda una vida. Ríen al recordar cuando él la arrojaba al río o cuando se conocieron en el colegio. Él observa en silencio; a veces deja escapar un quejido. Ella responde con un beso. Una escena mínima, cotidiana, que se convierte en un acto de resistencia.
—Nos mostramos tal y como somos. Confiamos nuestra vida para que esto no le vuelva a ocurrir a nadie más. Nos sentimos abandonados por la administración. No llegan los prometidos recursos. Así que cuanto antes desaparezcamos, mejor para ellos. Solo hay cuarenta pacientes con ELA en Navarra… sencillamente porque vamos muriendo, mientras se diagnostican otros casos.
Al mediodía, Tamara releva unas horas a su madre.
—¡Papá! Anoche cené un helado de limón a tu salud. ¿Recuerdas cuando me los comprabas de niña?
Carlos responde con una voz muy frágil:
—No sé si llegaré a las fiestas de Olite, el 13 de septiembre.
Tamara le habla de lo cotidiano, de lo que ocurre fuera del hospital, de lo que vendrá cuando baje la temperatura. Le habla de las fiestas, de sus amigos, de Álex, Hilario, Francis, Rodolfo… incluso de la falta de autobuses entre San Adrián y Pamplona. Es su manera de aliviar el peso de la enfermedad.


El final se intuye cercano, y Carlos lo sabe. No teme hablar de la muerte.
—Os mandaré una señal desde el otro lado, pero antes quiero echar un partido con mi hermano Pepe, fallecido en 2022.
No bromea; lo dice muy en serio. Los amigos han venido al hospital a despedirse. Algunos ya han firmado la camiseta de Osasuna que se convertirá en sudario. Hay varios nombres rotulados en negro: Rodolfo, Hilario, Francisco, Tintán, Carlos, Marian, Jorge, Asun, Goya, Olga, Javier, Sandra, Jesús Mari, Miren, Alejandro, Ana Rosa, Valero, Asun, Iván, Nerea, Belagua, Mónica y Pepe, su hermano fallecido. Alguien ha escrito su nombre para que permanezca cerca de su corazón, aclara María.
—¡Rojillo hasta la muerte! —repone Carlos, sacando fuerzas del interior—. Con esta camiseta Dios me va a abrir la puerta. Va a decir: “Por muy malo que haya sido... ¡Este, de Osasuna, para dentro!”.
Carlos pide a María, entre susurros y ya sin la máscara de oxígeno, que le refresque las manos. Su cuerpo está hinchado. Ella las sumerge en un barreño de agua fría y se las masajea con cuidado. Suspira aliviado.


—Los pequeños placeres —se le escapa—. Y yo que pensaba que esta vez no me escapaba de la caja de pino… Dios me ha dado un tiempo extra para luchar por la gente que lo necesita.
Junto a la cama descansa un retrato a lápiz de Carlos trazado por Rodolfo Cardiel, buen amigo de la infancia, con una dedicatoria: “Con dinero y sin dinero hago siempre lo que quiero… ¡Pero sigo siendo el Puma!”.


19 de agosto. La temperatura ha descendido quince grados y se nota en los pasillos al entrar en el edificio. En la quinta planta, a las ocho de la tarde, María pelea con la conexión wifi de la tablet para que Carlos pueda ver el partido de Osasuna contra el Real Madrid. Él ha dormido mejor. Por la tarde, sin embargo, han aparecido dolores en los gemelos y la cadera, calmados con relajantes y morfina. La conexión se resiste y ella insiste.
—¡Ya estamos conectados! —celebra.
Carlos abre los ojos, sonríe y pide que le retiren la cánula para recibir a sus amigos.
Aparecen Hilario y Francis. El primero, inseparable desde la infancia, trae humor y nostalgia. Francis, más reservado, se ha convertido en una presencia imprescindible para la familia.
—Nos conocemos desde la escuela —recuerda Hilario—. Carlos era un desastre. Siempre nos escapábamos a la era del Escudero para jugar al fútbol.
Carlos asiente, sonríe, se aferra a los recuerdos. En esta habitación 507 se respira infancia. Aún hoy regresan juntos a ese lugar. La última vez, hace meses, incluso compartieron una lata de cerveza.
—Cuando salgamos de aquí el viernes, volveremos —trata de animarle Hilario.
Carlos sorprende con una declaración:
—Quiero ir al Parlamento de Navarra a denunciar el calor extremo que hemos vivido todos estas dos semanas en el hospital.
Francis, amigo catalán, viajó expresamente a Olite para verlo el 13 de agosto, día de su cumpleaños. Por detrás del butacón en el que reposa Carlos, cuenta que conoció al Puma en Olite, admirado por su generosidad con los jóvenes y su entrega al Erri-Berri.
—Deberían poner su nombre en el campo de fútbol y al Torneo de Semana Santa —coinciden ambos amigos.
En esta fase terminal, Hilario se ha convertido en ángel de la guarda de María, ocupando su lugar en momentos puntuales para que ella pueda reencontrarse con su propia vida.


20 de agosto. 12:20 horas. María telefonea al periodista:
—¡Estoy muy contenta! Nos mandan para casa después de comer.
Se escucha la voz de Carlos por detrás:
—¡Ven cuando quieras!
A la una, el pasillo bulle de vida: carritos con bandejas de comida se cruzan con otros cargados de sábanas y toallas. Carlos sonríe.
—Estamos muy contentos —asegura, mientras empieza a planear las próximas fiestas de Olite—. Haremos una comida —deja claro, sin dar más opción—. También quiero ir a PortAventura con mi nieto y…
María observa, paciente, consciente de que la euforia es pasajera.
—Son nuestros instantes de felicidad.
Carlos se ha levantado esa mañana con un antojo muy claro: quiere albóndigas.
—A ver cómo te las voy a preparar para que las puedas comer. La última vez te las tuve que pasar en puré.
Una enfermera entra y le quita la vía del brazo.
—No te quiero ver más por aquí —le dice, plantándole un beso a él y un abrazo a ella.
—Es un jabato —ríe María.
Él, con humor, se despide:
—Me gustaría quedarme con vosotras —se dirige a las tres auxiliares que lo rodean en la cama—pero no va a poder ser.
Se necesitan tres personas para posicionarlo y levantarlo con la grúa hasta la silla. María observa de cerca, orientando también a la hora de vestirlo y moverlo.
Cuando la grúa empieza a elevarlo, Carlos la mira y, con picardía, suelta:
—Cariño, nos vamos de viaje de novios.
Ella responde con una nueva carcajada. Con la serenidad de quien ha atravesado mucho, él resume su salida del hospital con una frase que desarma:
—Estoy muy contento. De salir en caja de pino a salir en silla de ruedas… Y esta camiseta, que iba a ser mi sudario, salgo con ella puesta.
La mirada de María se nubla.
—Carlos lo tiene muy asumido —murmura, con una mezcla de orgullo y ternura.


Minutos después, María tiene que salir al coche a llevar algunas bolsas. Las auxiliares terminan la tarea, se despiden y cierran la puerta. Carlos se queda solo al otro lado. Pero su voz , de repente, estremece. Grita:
—¡No cerréis la puerta! ¡No cerréis!
La auxiliar entra rápidamente, espoleada por los gritos.
María no tarda en volver. Durante los preparativos se descubre lo que hay detrás de un traslado de este tipo: la máquina de respiración portátil, la de aspiración de flemas, la almohada, la bolsa de ropa… el ventilador.
El olitense detiene la silla eléctrica a la sombra, frente al coche aparcado en Maternidad. Nada de ambulancia medicalizada. Antes de ponerse al volante, María recibe una llamada de Hilario. Quedan en verse por la tarde. Luego suena también el teléfono de su hijo. Desde el asiento de atrás, con una chispa de orgullo en la voz, Carlos envía un mensaje:
—¡Dile que sigo siendo el rey!
María, después de nueve días y nueve noches en el hospital, arranca el coche y conduce hasta casa. Felices. Horas después escribe un mensaje de wasap: “La perrita, Nube, loca, pero Carlos no se encuentra muy bien”.


21 de agosto. Carlos no ha pasado buena noche: angustia, alucinaciones, dolores y miedo, mucho miedo. “No habíamos tenido tanto miedo como hasta ahora”, reconocen.
La médica de cabecera y la enfermera les visitan. Han escrito un poema que han titulado “Mi paciente estrella”. Se lo leen.