¿Cómo logró Pamplona abastecerse de buen agua?
La modernización del sistema hidráulico en el siglo XVIII aseguró la llegada de aguas a la ciudad


Publicado el 17/05/2025 a las 05:00
Una de las grandes revoluciones urbanas que tuvo Pamplona en el siglo XVIII fue el proyecto de mejora del surtido, la calidad y la cantidad de sus aguas. Para ello se contrató al francés Francisco Gency, un ingeniero hidráulico que tras estudiar las opciones que existían, decidió traer las de la localidad de Subiza, al sur de la capital, en las faldas de la sierra del Perdón. Después llegaría el turno del arquitecto Ventura Rodríguez, quien arribó a Pamplona desde Madrid en 1780 con el objetivo de hacerse cargo del proyecto, dado que una real orden mandada al regimiento pamplonés el 3 de agosto de ese año, disponía que se encargase de la dirección y ejecución de la obra. Pasó varios días estudiando el terreno y en diciembre de 1782 entregó a las autoridades locales los planos para que se ejecutaran. Debido a que le resultaba imposible hacerse cargo él mismo de la realización del proyecto, propuso a Santos Ángel de Ochandátegui y a Francisco Alejo para que lo llevaran a cabo. A partir de 1785, con el fallecimiento de Alejo, Ochandátegui asumió completamente la dirección técnica.
Para Santos Ángel de Ochandátegui (nació en Durango el 31 de octubre de 1749) ésta no era la primera vez que prestaba servicios en Navarra, pues antes, en 1776, intervino en la construcción del remate de la torre de la iglesia de Santiago de Puente la Reina. De este proyecto fue saltando a otros que le granjearon alabanzas y reconocimiento por su maestría, aumentando poco a poco los encargos que le llevarían a convertirse en el maestro de obras de mayor prestigio de Navarra. En 1780 fue nombrado director de Caminos del Reino.
El primer lugar donde se estableció fue en Puente la Reina, pero a partir de 1780 da el salto a la capital y se instala en la calle Mayor, cerca de la iglesia de San Lorenzo. Allí lo encontramos en el año 1797 gracias a que aparece reflejado en el censo conocido como de Godoy. Según se indica convivía con su esposa María Angulo, de 42 años, dos parientes de ella y Catalina Jarrier, la criada del matrimonio, soltera de 22 años. Estará allí hasta 1802, cuando viéndose enfermo pide permiso a la Diputación para regresar a su tierra, en la que fallecerá un año después.
Como director técnico de las obras de traída de aguas a la ciudad, volvió a demostrar su maestría y satisfizo con creces las expectativas que sobre él pusieron las autoridades pamplonesas. El trabajo se terminó en 1798 y supuso un gran cambio y mejora de las condiciones de vida de los habitantes de Pamplona. De dicha conducción poco queda visible hoy en día, a parte de algunas de las casetas de mantenimiento que salpicaban el trayecto y el esbelto acueducto que construyó cerca de la localidad de Noáin.
Siguiendo con la línea de modernización y embellecimiento de la capital, en ese siglo vemos también levantarse una serie de nuevas fuentes. El diseño de las mismas fue encargado al prestigioso pintor de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, Luis Paret y Alcázar, quien creará en 1788 cinco magníficas obras ubicadas en diferentes lugares públicos. La más destacada era la de la plaza del Castillo, llamada “fuente de la Abundancia” o “de la Mariblanca”. Las otras fueron la de Neptuno niño en la plaza del Consejo, la del Obelisco en la de las Recoletas y la de Santa Cecilia en la confluencia de las calles Navarrería, Curia, Calderería, Mañueta y Mercaderes. A estas anteriores debemos sumarle la que se colocó en el interior del palacio de los condes de Guendulain en la calle Zapatería.