Opinión

Calles y Memoria

Román Felones

Publicado el 24/04/2025 a las 05:00

En las últimas semanas viene siendo tema recurrente en este periódico la aparición de diversos escritos relativos a la decisión del Ayuntamiento de Pamplona de retirar del callejero municipal los nombres de Víctor Eusa y Ángel María Pascual en aplicación de la Ley de Memoria Democrática.

Dejaré clara mi posición para comenzar. La sublevación de 1936 por una parte del ejército, con el apoyo de un sector de la sociedad civil, frente al gobierno legítimo de la República, fue un golpe de Estado a todas luces inadmisible; como lo fue la represión subsiguiente que tuvo lugar en Navarra, pese a no ser una zona de guerra. Que 86 años después todavía permanezcan en las cunetas algunos de esos represaliados resulta sangrante e incomprensible. Por eso, en mi opinión, el objetivo primero derivado de la nueva ley es seguir identificando esos lugares, desenterrar los restos, y devolvérselos a sus familias para que sean enterrados donde éstas dispongan. Y, por supuesto, honrar su memoria y dar a conocer los hechos con la mayor equidad posible para conocimiento de las nuevas generaciones, con el firme propósito de que no vuelva a repetirse una guerra tan infame.

La ley actual contempla otras cosas, entre ellas retirar del callejero los nombres de personas directamente involucradas en la represión y colaboradores de muy primer nivel. No hay duda de que Víctor Eusa y Ángel María Pascual colaboraron con el régimen establecido. Pero, en el balance de su vida y de su obra, fueron además ciudadanos que acreditaron en su vertiente profesional un amor por su ciudad, Pamplona, digno de encomio. Esta semana, a fin de preparar este escrito, he paseado por la Pamplona del Ensanche, y las huellas de Eusa siguen siendo imperecederas. Tanto, que podríamos llamar a esta parte de la ciudad, la Pamplona de Eusa. No está de más recordar que, del 1 al 25 de diciembre de ¡1989!, se celebró en el Polvorín de la Ciudadela una Exposición-Homenaje a Víctor Eusa, comisariada por Fernando Tabuenca, promovida por el Ayuntamiento de Pamplona, organizada por el Colegio Oficial de Arquitectos Vasco-Navarro, y con la colaboración del Gobierno de Navarra. De ella queda un hermoso catálogo que documenta y resume su legado.

He repasado también los cronistas que la ciudad ha tenido. Los hay excelentes, pero ninguno tiene, a mi parecer, el aliento poético que aplica Pascual a cada rincón de la ciudad. El año 1997, el Gobierno de Navarra, con prólogo de Miguel Sánchez Ostiz, publicó el poemario de Ángel María Pascual Capital de tercer orden. Versos del amor de disgusto, y tres años después, en el 2000, los dos volúmenes de las Glosas a la ciudad, que abarcan los tétricos años de la posguerra de 1945 a 1947. En su prólogo, señala Sánchez Ostiz: “pocas ciudades han tenido la suerte, o la desgracia, eso según se mire, de tener un cronista como Ángel María Pascual. Pocos autores, en lengua castellana, han tenido una relación tan especial con la ciudad en la que han vivido como él. El que no tuvo suerte fue, me temo, el cronista: su ciudad era demasiado pequeña, quedaba muy a trasmano, y tenía o había tenido una escasísima tradición literaria que valiera la pena”.

Ante semejantes testimonios, parecía obligado que los intérpretes de la norma hubieran valorado la faceta del arquitecto y del periodista y escritor por encima de su credo ideológico, porque por esa razón fueron en su día elevados al callejero municipal. No dudo que lo han hecho, porque algunos informes previos así lo posibilitaban. Pero se han decantado por una interpretación no solo rigurosa de la norma, sino más bien rigorista, que tiene cabida pero no comparto. Si ese celo lo aplicáramos al callejero histórico o personal, buena parte del nomenclátor pamplonés debería ser sustituido con el consiguiente revuelo político, jurídico y administrativo. Las calles son parte de la Memoria de la ciudad. Actuemos con consenso en los nuevos viales y dejemos reposar las existentes. Probablemente, la ciudadanía lo agradecerá.

Posdata: El artículo lo redacté el pasado lunes. Pensé en hacer una alusión al general Los Arcos y, tras documentarme, no logré cuadrar los datos. No me atreví a aventurar lo que ayer se confirmó: un error de bulto.

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