Un amanecer de residuos en lo Viejo

Vecinos de Estafeta y Navarrería expresan su molestia ante los restos desperdigados por las calles que dejan las noches de fiesta en el centro de Pamplona. Otros también agradecen la labor de limpieza pública de la mañana

La calle Estafeta, a las 8 de la mañana del domingo, con restos de la fiesta de la noche anterior: botellas, cartones de comida, cristales y copas
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La calle Estafeta, a las 8 de la mañana del domingo, con restos de la fiesta de la noche anterior: botellas, cartones de comida, cristales y copas
La calle Estafeta, a las 8 de la mañana del domingo, con restos de la fiesta de la noche anterior: botellas, cartones de comida, cristales y copas

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Fátima Villalobos Quelopana

Publicado el 24/02/2025 a las 05:00

Pocos minutos antes de que el reloj marcara las ocho de la mañana de ayer domingo 23 de febrero, un vecino de la calle Estafeta salió de su casa para tirar una bolsa de basura en los contenedores. Un operador de limpieza recogía las cajas y las bolsas aglutinadas a un lado, fuera de donde debían estar. Tras tirar la bolsa, el vecino sacó su móvil para hacer una foto a su calle. No se divisaban figuras humanas en el resto del pasaje ni la luz del sol iluminaba aún los edificios de lo viejo. Lo que el residente de la calle que concentra el ocio nocturno de Pamplona quería capturar era el rastro de lo acontecido la noche anterior: charcos de alcohol, orines, colillas de cigarros, cáscaras de limones de cubatas, cristales de botellas y trozos de copas.

Son pocos los que transitan las calles de lo viejo las mañanas de los domingos. Quien regenta la Casa del Libro de Estafeta lo hace poco antes de las ocho menos cuarto esquivando los residuos de la noche. Lo que el aparato del vecino de Estafeta no puede captar y el dueño de la librería sí es el olor que emana el suelo adoquinado del casco antiguo después de una noche de fiesta. “Cualquier domingo a la mañana es así, la gente se desfasa”, se quejaba. A la hora en la que él recorre el pasaje, el tercer equipo de limpieza pública ya ha empezado su turno, pero el aseo de una calle tan concurrida tarda en terminarse. “La gente está bastante harta. Al final, todos pagamos impuestos para tener la ciudad como está”, contaba desde la librería, uno de los pocos comercios abiertos a esa hora de la mañana.

El poco tránsito se ve disminuido, además de por los obstáculos que ha dejado la noche, por las máquinas que lavan las calles. Varios residentes de la zona pasean a sus perros a partir de las ocho y media, con la calle más despejada, para evitar que los animales se hagan daño. “Los domingos salgo con la perra cuando ya han pasado a limpiar, porque ya se cortó las patas una vez”, comentó un vecino de Navarrería. Desde su balcón, aseguró, “se ve toda la suciedad de la noche” y, probablemente, desde ahí también se alcance a ver la bandera que cuelga en lo alto de esta calle donde se lee “Botellón no, Navarrería en lucha”. Tanto el residente como el dueño de la librería de Estafeta asumen su pasado y confiesan también haber celebrado por lo viejo en su juventud, pero los dos coinciden en que la calle antes no amanecía así. “Todos hemos sido jóvenes, pero es un tema de educación”, insistió el librero. Por su parte, el vecino de Navarrería advirtió que lo de este domingo era poco, porque “normalmente no se puede ni andar” y que el fin de semana que viene “estará peor que en sanfermines” por los carnavales del barrio.

Llega la limpieza

“Ya ves cómo amanece el casco viejo. Pis, vómitos, cristales...”. Fue la frase de un vecino de Lindachiquia que paseaba con su perro por Navarrería. “No es lo mismo convivir que venir solo el fin de semana”, señaló, disgustado. Pero solo unos quince minutos después de su declaración, las máquinas limpiadoras habían extinguido el olor a alcohol de Estafeta. Y para las nueve de la mañana, no quedaba ningún rincón seco en el pasaje. Es la limpieza que se encontró Paula Dalla Fontana, vecina de Estafeta, la mañana del domingo anterior, cuando salió a trabajar. “Mi experiencia es que limpian todo desde muy temprano”, comentó. Lo mismo afirmó Gonzalo Aguado, que vive en Pozo Blanco desde hace más de dos décadas: “Para cuando se levanta la gente, ya está todo limpio”.

La foto del principio cambia, no quedan rastros de la noche y el sol ilumina las calles casi pulcras. Pero la suciedad solo se ausenta para volver el siguiente fin de semana y el siguiente y el siguiente.

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