Aniversario
Siete décadas de vida y hogar en la Txantrea
José Gracia Pezón, de 86 años, y Juan Jesús Goñi Eraso, de 82, son dos de los pocos vecinos de la Txantrea que construyeron sus propias casas a mediados de los cincuenta. Con motivo del aniversario del barrio, cuentan la historia de su vida


Actualizado el 23/02/2025 a las 16:34
José Gracia Pezón era un muchacho de 18 años y gran vitalidad cuando pisó por primera vez la calle Aguilar. Cuando, con su pantalón de peto y su camisa, se acercó a aquel camino de barro y piedras, en medio de un campo de garbanzos, en el que iba a levantar su casa para el resto de su vida. Y allí, en medio de aquel descampado a las afueras de Pamplona, se afanó durante cuatro años, todas las tardes al salir de su trabajo en una fábrica de tejas en la Rotxapea, en levantar ladrillo a ladrillo su futuro hogar. Hoy, setenta años después, con 86, recuerda en la misma calle, ahora asfaltada y llena de coches, cómo fueron los inicios de aquel barrio de ciudad en el que se vivía como en un pueblo. Le acompaña en su relato su vecino de puerta, Juan Jesús Goñi Eraso, de 82 años y otra de las personas que construyó su propia casa, aunque se sumó a la faena algunos años después. Los dos, junto a sus mujeres, María Salinas Cazorla (Pamplona, 1943) y Begoña Santesteban Azanza (Pamplona, 1946) desgranan cómo han vivido con sus familias en este barrio tan singular.
José Gracia había nacido en Tudela en 1938 pero de joven se trasladó a trabajar a Pamplona. Y un compañero de la fábrica en la que estaba empleado le contó que el Patronato Francisco Franco iba a construir unas casas en un barrio nuevo y que, si quería una, solo tenía que apuntarse en el Gobierno Civil. Se les entregaría todo el material de construcción, siguió contando, y ellos, “solo” tenían que poner su mano de obra. Y así fue. “Éramos un grupo de hombres de todas las edades, de Pamplona o de pueblos... Yo era de los más jóvenes. Entre nosotros, había albañiles, electricistas, torneros, zapateros... No tenía ni idea pero aprendí enseguida a colocar ladrillos y a echar el hormigón”, recuerda ahora en la mesa de la cocina de su casa, este hombre que ha trabajado como soldador. Y lo hace mientras contempla junto a su vecino una foto en blanco en negro de aquellos años con un marco plateado, una mañana de lluvia de finales de enero. Juan Jesús Goñi añade cómo él se incorporó a la construcción algunos años más tarde, también con 18 y cuando acudió a ayudar a su hermano Saturnino. “Uno de la cuadrilla se tuvo que ir porque le operaban a su mujer y mi hermano y yo nos quedamos con la casa”. En 1960, se entregaron las llaves y pudieron entrar a vivir.
“Resultó muy gratificante construir tu propia casa en unos años muy difíciles”, subraya Juan Jesús Goñi, que trabajó toda su vida como operario en la empresa de tornillería Torfinasa. “Pagamos 163 pesetas al mes durante unos años. Fuimos unos privilegiados porque si no, nos hubiera sido muy difícil acceder a una vivienda”, añade su mujer, Begoña Santesteban.
María Salinas se suma a la conversación. “Cuando conocí a José ya tenía la casa. Mis amigas se reía y me decían que me había hecho su novia por eso”, bromea al recordarlo y al visualizar cómo su marido, cruzó con ella en brazos el umbral de la puerta de la casa, ese bajo con tres habitaciones, salón, bañó, cocina de leña y gallinero. “Aquí hemos sido muy felices. Nuestros hijos se han criado en la calle y hemos viviendo en un ambiente de mucha armonía con los vecinos”.
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UN BARRIO ENVEJECIDO
Hoy, siguen el relato, el barrio ha cambiado. “La gente se ha hecho muy mayor. Muchos de aquellos primeros vecinos han muerto. Apenas se ve un alma por la calle”, ejemplifica Begoña Santesteban, que recuerda cómo a comienzo de los sesenta la vida allí era totalmente la de un pueblo y “las mujeres salían con las sillas a la calle”. “A mí me costó adaptarme porque vivía en el centro de Pamplona y el cambio fue grande”, cuenta Begoña. María Salinas corrobora su opinión, aunque insiste en que ella se adaptó muy pronto. “La mayoría éramos familias con hijos, a los que hemos criado aquí”. José y María tuvieron dos hijos y ahora son abuelos de dos nietos. Y Juan Jesús y Begoña también fueron padres de dos hijos y son ahora abuelos de cuatro nietos. “Todos nuestros hijos eran amigos, se conocían y jugaban en la calle”.
Mientras ellas hablan, José y Juan Jesús siguen recordando aquellos años en los que ellos eran casi unos niños que trabajaban como hombres. “Todas las tardes, pasábamos aquí cinco horas, de siete de la tarde a diez de la noche. Los siete días de la semana. Nos traíamos un bocadillo para cenar”. En su zona, la que comprende las casas construidas entre la avenida de Villava y la calle Etxarri Aranaz, había dieciséis grupos de 32 personas cada uno. “Pero había más grupos que levantaron más viviendas. En total, unas 500”. Casa en planta baja y en la primera, a la que se accede por una escalera interior o exterior, todas con su propio gallinero inicial. “Trabajábamos por nuestra cuenta. Sin jefes”, coinciden.
Durante estos setenta años, añaden, las casas siguen prácticamente igual. “Hemos reformado algunas cosas, los suelos, la cocina... Pero la esencia es la misma”. La de unas viviendas levantadas ladrillo a ladrillo por el esfuerzo de unos jóvenes que buscaban un futuro mejor en medio de un campo de garbanzos.