Enfermera y paciente oncológica
Conchi Sarasa Asiáin: "Dar el diagnóstico por teléfono es inhumano"
Pide también más personal en oncología para que no cierren el servicio en festivo y que en consulta se les facilite el contacto con la asociación


Publicado el 15/12/2024 a las 05:00
Ya lo siento, pero no encuentro palabras para describir la luz que irradia la mujer que tengo enfrente. Está diagnosticada de cáncer; y de páncreas. Pero ni un atisbo de sombra en la mirada de Conchi Sarasa Asiáin, una enfermera de 60 años natural de Pamplona y vecina de Olaz. Como tampoco en su casa, con ventanas abiertas al jardín por el que entra el sol del invierno, con su marido Jesús Etayo Oneca que no le quita ojo de encima, como su hija Laura. “Falta Irati, mi hermana pequeña, pero porque está trabajando”, aclara. “Es que ahora somos como un bloque, vamos a consulta, a revisiones y hasta a la quimio todos juntos. Ahí nos quedamos en la puerta, esperando las horas a que salga”, dice Jesús.
Una unidad familiar a la que se ha unido hace poco Bambú, un cachorro todo rizos que no para de subir y bajar del sofá, traer un muñeco, corretear por la casa. “Pero los días que tengo malos, se me acurruca al lado y se queda muy, muy quieto”, dice Conchi. “Lo traje yo. Le dije, mira mamá, igual no conoces a mis nietos pero algo mío va a estar aquí”. Y se ríen los tres.
Esta historia arranca hace dos años con unos dolores insoportables de espalda a los que la médico de cabecera no les daba demasiada importancia. “La de dinero que me he dejado en fisios”. Hasta que Conchi le suplicó que le hiciera un ecografía. El 10 de noviembre de 2022 llegaba la ansiada prueba. Ahí ya se vio que algo no iba bien y le derivaron a digestivo. El diagnóstico definitivo llega cuatro días después, la fecha en que murió su madre. “Me llaman por teléfono y me sueltan la bomba. En esta cocina, en esta mesa. A mi hija le dio un ataque de ansiedad. Y yo me he preguntado muchas veces, ‘¿y si me pilla en el Mercadona?’. Hacerlo así es inhumano”.
Conchi reconoce que sintió un momento de alivio porque al fin le ponían nombre a sus dolencias. Pero su marido también reconoce que sintió rabia. “Creo que un diagnóstico más precoz no hubiera evitado el cáncer de páncreas, pero sí la mancha en el hígado. Y así se lo dije a la médico de cabecera, con toda la calma del mundo. Ella me reconoció que igual no había estado acertada”.
Comenzó otro capítulo en Oncología, donde afirma se siente muy arropada. “Mi referente es Irene Hernández, por favor, me gustaría que saliera su nombre. Y que también escribas que con todo el equipo estoy encantada. Desde las administrativas hasta las que limpian y enfermeras. ¡Si hasta les llevo bombones!”. Sólo una queja del servicio y ajena al personal. “Llegan puentes o fiesta y se cierra. Lógico, se cogen sus vacaciones como todo el mundo. Pero debería haber más plantilla para que Oncología estuviera siempre abierto. Si hay una emergencia te dan un número de teléfono pero nunca responden”.
En una de sus sesiones de quimio, un voluntario de la asociación habló con cada uno de los pacientes. “Estuve muy a gusto con él; le dije que les había echado de menos al principio, cuando te encuentras muy perdida y no sabes ni qué hacer. Es verdad que me dieron un teléfono pero tampoco te insisten mucho y tú, con todo lo que estás viviendo, lo dejas olvidado. Saray lo tiene más protocolizado”. Finalmente contactó con Txema, su psicólogo. “Es un ejemplo a seguir aunque ella no lo diga”, dice Jesús. “Mi madre no es consciente de cómo ha normalizado todo y lo fácil que nos lo está haciendo”, añade Laura.
De nuevo otra llamada; esta vez de la asociación, que quiere contar con ella de cara a ese proceso de participación para llenar de contenido la Casa de la Vida. “Fue maravilloso poder hablar con otras personas con cáncer. Por eso creo que será un lugar muy importante en el que los pacientes podamos apoyarnos los unos a los otros”, dice Conchi. “Y también para las familias”, añade Jesús.
