Del robo del abrazo, al de la camiseta
Una vecina de Pamplona de 83 años ha denunciado que una mujer se le acercó en la calle para venderle una camiseta. Con mucha simpatía, se la iba poniendo en el torso, maniobra en la que le sustrajo los cuatro collares y la pulsera que llevaba


Publicado el 27/07/2024 a las 05:00
No se dio cuenta de nada hasta que subió al ascensor para ir a su piso y el espejo le devolvió una imagen en la que a su cuello le faltaban los tres o cuatro collares con los que había salido esa tarde. Después se percató de que tampoco tenía la pulsera. Y enseguida intuyó quién se los había podido quitar: esa joven que le había querido vender una camiseta en la calle y que con tanta insistencia le colocaba la prenda una y otra vez en el pecho.
Esta vecina de Pamplona de 83 años ha denunciado lo ocurrido este martes a la Policía Foral en el barrio de San Juan. Según relata su hijo, ella volvía tras un paseo sobre las ocho y media de la tarde cuando se le acercó una joven morena con acento extranjero y se ofreció a acompañarla a casa. “Era muy simpática y le decía que le quería acompañar para que no se cayera. Mi madre le respondió que no era necesario, pero ella insistía, que no quería que fuera sola y que para ella era un placer”. Mientras tanto, le agarraba de la mano, momento en el que cree que le pudo sustraer la pulsera. Pese a las negativas, la mujer sacó de su bolso una camiseta blanca con flores. “Le decía que su marido había muerto y que vendía esas camisetas para sobrevivir. Se la ponía a mi madre en el pecho diciéndolo lo bien que le quedaban. Se la puso hasta cuatro veces ”. Y durante estas maniobras de acercar la camiseta al torso de su madre, creen le iba sacando los collares que llevaba puestos. Como ocurre con otras técnicas de robo similar como la del abrazo, la habilidad con la que sueltan las joyas es tal que las víctimas no se suelen percatar de ello. Después de meter la camiseta en el bolso, y probablemente también las joyas, y hacer ademán de sacar otra prenda negra, la mujer se marchó. Se montó en un coche que estaba a diez metros en doble fila y se marchó. Ya en el ascensor, la octogenaria descubrió que había sido víctima de un robo, que sin darse cuenta le habían quitado unas joyas que tenían un gran valor sentimental