Análisis

Familias de Erripagaña: "No queremos ser un barrio dormitorio"

La demanda de un colegio no es sólo por cercanía, también para que los niños encuentren sus amistades dentro del propio Erripagaña

EN EL PARQUE DEL COHETE   Dicen las familias que parques sí hay. Lo único. Pero ahí no se construye un barrio. Desde la izquierda, la pareja formada por Ander Clavijo Amóstegui y Sandra Sordovilla Larriqueta con su perro Simba; Dimitri Azebaze con su hijo Unai, de dos años, y la pareja Andrea Vitorica García de Robles y Miguel Urdín Muñoz, padres de la recién nacida Iratxe
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EN EL PARQUE DEL COHETE Dicen las familias que parques sí hay. Lo único. Pero ahí no se construye un barrio. Desde la izquierda, la pareja formada por Ander Clavijo Amóstegui y Sandra Sordovilla Larriqueta con su perro Simba; Dimitri Azebaze con su hijo Unai, de dos años, y la pareja Andrea Vitorica García de Robles y Miguel Urdín Muñoz, padres de la recién nacida Iratxe
EN EL PARQUE DEL COHETE   Dicen las familias que parques sí hay. Lo único. Pero ahí no se construye un barrio. Desde la izquierda, la pareja formada por Ander Clavijo Amóstegui y Sandra Sordovilla Larriqueta con su perro Simba; Dimitri Azebaze con su hijo Unai, de dos años, y la pareja Andrea Vitorica García de Robles y Miguel Urdín Muñoz, padres de la recién nacida Iratxe

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Myriam Munárriz

Publicado el 21/11/2023 a las 05:00

Andrea Vitorica García de Robles y Miguel Urdín Muñoz dejaron atrás su vida de juventud en Madrid para buscar un barrio tranquilo en el que formar una familia. Ander Clavijo Amóstegui y Sandra Sordavilla Larriqueta, él de Villava, ella de la Txantrea, pensaron que al mudarse a un barrio grande tendrían todos los servicios a mano como ocurría en sus anteriores lugares de residencia. Y Dimitri Azebaze se vino confiado de Berriozar creyendo que en un lugar como Erripagaña también estaría cerca del centro de salud, al que su enfermedad crónica le obliga a ser un usuario habitual.

“Pues no. Nos encontramos con que no había nada, así que yo sigo empadronado en Villava y Sandra en la Txantrea para disfrutar de un centro de salud que no esté colapsado como el de Sarriguren y donde nos puedan atender en el mismo día”, dice Ander, de 38 años. La pareja lleva ocho viviendo en la zona de Erripagaña de Burlada. “Y para llegar allí si debes hacer gestiones, hay que irte primero a Merindades y de ahí coger otra villavesa para llegar a Burlada. Es de locos cuando están tocando”, añade Sandra, de 35 años.

Ellos sí hacen vida de barrio. “Gracias a los bares y a que muchos de nuestros amigos viven aquí. Pero vemos que los críos, como dependiendo de la zona en la que vives te toca un colegio u otro, no tienen vida en Erripagaña. No te encuentras con cuadrillas de chavales por las calles”.

Andrés echa de menos una zona deportiva pública. “Y algo para los adolescentes y niños que no tienen ni un lugar de esparcimiento que precisamente fomente eso, la unión para no ser un barrio dormitorio”. “Y yo un pipicán. Uno se inunda y el otro será para hacer el centro médico. Por lo menos, hay parques infantiles”, añade Sandra.

A diferencia de esta pareja, la formada por Miguel y Andrea, ambos de 34 años, aún no vive en Erripagaña. Les falta un año para que les entregan su vivienda ubicada en la parte propiedad de Pamplona. “Decidimos venir aquí porque nos gustó el diseño y porque tenemos muchos amigos que se mudaron a Erripagaña. Y era también como empezar en un lugar nuestro nuevo proyecto de familia”. Porque Miguel y Andrea acaban de ser padres de Iratxe. “Esperemos que cuando vengamos ya estén construyendo el colegio. No es una cuestión de distancia, porque nos tocaría Mendillorri que está al lado. Pero nos gustaría que sus amigos fueran del mismo barrio”.

COMERCIO DE CERCANÍA

Como también les gustaría, y aquí sí por un problema de cercanía, un centro de salud en Erripagaña. “Hay que coger coche o autobús sí o sí para llegar hasta Sarriguren. Y con un bebé las visitas al pediatra son cada poco tiempo. No es fácil trasladarte con el carrito”, opinan. Pero al menos, sonríen, no han llegado al punto de echar de menos Madrid. “Allí las distancias son mucho mayores”, apostilla Miguel. “Pero sí que teníamos una ventaja, que si necesitabas algo de compra había comercio en la puerta de casa. Nuestros amigos dicen que apenas hay tiendas de ultramarinos, que tienes que irte a los supermercados”.

Y es una lástima esa carencia de servicios porque, afirman, Erripagaña es un lugar bonito para vivir. “Son calles amplias, hay verde, parejas jóvenes... Nosotros decimos que ya tenemos el carné para ser del barrio porque aquí la gente va o con carritos de bebé o con perro”.

Dimitri ya se ha ganado ese derecho porque es habitual verle empujando la silleta de Unai, de dos años, desde el año que lleva viviendo en Erripagaña, en la zona de Egüés. “Me gusta más el diseño que el de Berriozar, pero Berriozar era mejor para vivir. Tenía servicios y cercanía. Para mí es un problema tener que ir al centro de salud de Sarriguren”.

Dice que tardan mucho en coger las llamadas. “Y cuando llegas, te miran dos minutos y citan al siguiente. No es culpa del personal, sino de que estamos mucha gente”. Y ese, añade, no es el único problema. “Por autobuses, tengo hasta tres que me llevan a Sarriguren pero ninguno me deja cerca del centro. Y a veces, por mi enfermedad, no puedo caminar. Así que tengo que ir en taxi o que me lleven”.

En cuanto al colegio, afirma que pidieron plaza en el más cercano a su vivienda, en Mendillorri. “Como no pertenecemos a la zona de Pamplona nos lo han denegado. Nos corresponde Sarriguren. Pero no podría llevarlo allí por mis problemas de movilidad, así que de momento, como es pequeño aún, no hemos pedido matricularlo y confío en que hagan pronto un colegio en el barrio”.

Eso en cuanto a lo que le toca, pero dice que igualmente otros sectores de la población tienen carencias en sus prestaciones. “Los mayores necesitan un centro de jubilados y también sería bueno un taller de ocupación para personas con discapacidad”, propone.

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