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Julio

Los Sanfermines que echamos de menos

Ampliar Un momento del chupinazo de los pasados Sanfermines. La explosión de julio fue un símbolo de la restauración de la normalidad tras la pandemia
Un momento del chupinazo de los pasados Sanfermines. La explosión de julio fue un símbolo de la restauración de la normalidad tras la pandemiaJ.C. cordovilla
Publicado el 30/12/2022 a las 06:00
Hablar de los Sanfermines en Navidad es como pedir a los reyes magos o a olentzero que vengan por Pamplona el 7 de julio. Es extemporáneo pero la distancia, la que va de mayo a diciembre, ayuda a quitar pasión a la reflexión. La recuperación de los Sanfermines ha sido una de las principales noticias del año por lo que de restauración de la normalidad y de su excepcionalidad festiva supone. Acaba con el aislamiento y la ausencia de socialización que imponía la pandemia. Al mismo tiempo el paréntesis de la covid ha posibilitado analizar si las fiestas de San Fermín, las mejores del mundo como dice el aforismo local, siguen teniendo el tirón del que han gozado en los últimos cien años o necesitan restauración.
Los Sanfermines son desde hace mucho un combinado de toros, parranda y alcohol. Entre los años 20 y 30, hace ahora cien, Ernest Hemingway las conoció y difundió hasta convertirse en principal responsable del crecimiento desordenado de su éxito. Él puso los Sanfermines en el mapa e insufló el magnetismo que desató internacionalmente la magia de la fórmula. Le siguieron actores, películas con caché y turistas por miles, por millones. Los toros en la calle, la fiesta taurina, las procesiones y la algarabía parecían suficientes ingredientes para convertir la menestra sanferminera en un plato delicioso. Sin embargo, la ciudad que conoció Hemingway poco tiene que ver con la Pamplona de hoy. La capital navarra tenía en aquel tiempo poco más de 40.000 habitantes frente a los 200.000 que hoy viven en ella. Pamplona era un municipio semirural muy alejado de la oferta cultural, de ocio y de espectáculos de la actual, una ciudad de hortelanos, talleres y comercio acorde a otras de la España de la época. En aquel ambiente los Sanfermines eran una explosión en medio de un lago en calma chicha.
Cien años después en la Pamplona postindustrial y de servicios, la que alberga tres universidades, una tupida red de teatros y casas de cultura municipales, enseñanza obligatoria hasta los 16 años y sanidad universal con algunos de los mejores hospitales del país (pese a la crisis sanitaria); esa ciudad celebra sus fiestas como si fuera un calco de la que utilizaron nuestros antepasados.
Si pudiéramos hacer hoy el ejercicio de sentar en una mesa a dos hombres y dos mujeres jóvenes de la Pamplona de 1923 y la de 2023 de la que estamos a las puertas bastarían cinco minutos para comprender que aquella generación y esta solo están unidas por un vínculo: su sentido de pertenencia. Nada más. La revolución tecnológica, la incorporación como actor de pleno derecho de la mujer, la igualdad conquistada, los valores que conforman su manera de entender el mundo, la forma de entender las relaciones, la política o la religión poco o nada tienen que ver con aquellas del siglo pasado.
Sin embargo, las dianas primero, el encierro después, la procesión, las verbenas, la corrida o los gigantes nos conectan con otro tiempo. ¿Es hora de cambiar? ¿Urge renovar? ¿Cómo podemos hacer lo mismo si somos tan distintos?
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