PAMPLONA, VIAJE AL PASADO
Los ángeles del río se apellidaban Otamendi
El Ayuntamiento de Pamplona decidió en 1966 conceder la orden de Beneficencia, además de sendos donativos de 10.000 pesetas a los hermanos Miguel y Ramiro Otamendi. Su labor: salvaron tres vidas y recuperaron 20 cuerpos del fondo de los ríos


Publicado el 18/05/2022 a las 06:00
Los dos nacieron en Arazuri. Los dos viven en Pamplona desde hace poco más de seis años. Los dos aprendieron del padre, Félix, el dominio de las aguas, la forma de leer en las corrientes, en las presas, en los pozos”. Así presentaba hace 62 años exactos, el 18 de mayo de 1966, el reportero de Diario de Navarra a los hermanos Miguel y Ramiro Otamendi, dos operarios de una fábrica que cumplían una crucial labor para el Ayuntamiento pamplonés: acudían a sus llamadas de auxilio cuando se producía una desgracia con un bañista o en una riada en los cauces próximos a la capital navarra.
Ellos eran los amos del río, los que conocían a la perfección sus procelosas aguas. Su increíble balance en situaciones de emergencia les valió la Orden de Beneficencia del Ayuntamiento pamplonés y un donativo, también municipal, de 10.000 pesetas (60 euros actuales), por cada uno de ellos. Y no era para menos: tres vidas salvadas y 20 cuerpos recuperados del fondo del río. “Hace ya 28 años que mi hermano y yo vamos a los ríos cuando desgraciadamente hace falta. Y estoy seguro de que no hay nadie que haya logrado recuperar, como nosotros, 20 cadáveres y salvar tres vidas. Nunca hemos fallado”, decía Miguel Otamendi, entonces con 40 años y el mayor de los dos hermanos, al periodista de Diario de Navarra.
SUMERGIRSE A PULMÓN LIBRE
Tanto Miguel como Ramiro se sumergían en las aguas de los ríos sin la ayuda de equipos de respiración. Lo hacían a pleno pulmón. “Es cuestión de pulmones. Nosotros no empleamos equipo de hombre rana. Lo más desagradable es atar los cadáveres. Sacamos en cierta ocasión uno que llevaba 17 días en el agua y que, lógicamente, estaba en completa descomposición”, narraba Miguel.
Con buen criterio, este trabajador de la empresa Eaton Ibérica, decía que el peligro no estaba en los ríos, sino “en los bañistas”. “Yo, a mi hijo, le enseño a nadar tirándolo de la barca. Porque nunca se produce una situación difícil si hay serenidad. En Orio, con una mar malísima, me salvé nadando hacia el interior en busca de un bote”, recordaba.