Navidad
Un belén en la redacción
Cuento del periodista de Diario de Navarra Paco Sanz, accésit en el XII Certamen literario “Heraldo de los Reyes Magos”
Actualizado el 23/03/2022 a las 15:28
Mi belén es monoparental. No es una desconsideración ni una falta de respeto, aunque a la ministra de Igualdad le pueda ilusionar la idea. Es que al nacimiento que he instalado junto al ordenador le falta San José. El carpintero se ha caído en algún trasiego y es tan pequeño –el misterio no llena la tapa del bote de Nesquik sobre el que está colocado– que es muy difícil controlar que todo esté en su sitio. Dentro de la lata hay manzanilla que recolectó mi compañero Íñigo y cuando la destapo ya no es Belén sino Roncal, porque huele al sitio donde se cortó. Es el único belén de la redacción pese a que en tiempos existieron unos cuantos más, como también hubo árbol y hasta velas para honrar a San Fermín, que además eran bendecidas por don Jesús, el páter. Pero todo es ya historia, como tantas otras cosas.
El nacimiento tiene de todo un poco y está hecho con retales de vivencias de muchos años atrás, con recuerdos de reportajes, compañeros y personas que me han acompañado en mi devenir profesional, que se inició entre máquinas de escribir, carretes de fotos, horas de teléfono, bobinas en los teletipos y papel, mucho papel. Ante la curiosidad de algunos tengo que superar el pudor y explicar por qué lo coloco y no parecer un blandengue. Me da igual. Siempre digo que continúo con todo aquello que me hace sentir bien y el belén es una de esas cosas, como las películas del Oeste, mis novelas ilustradas juveniles o la noche de Reyes. Me ayuda bastante el hecho de ser muy nostálgico y poco amigo de la tecnología, y aunque yo lo llamo lealtad a unos principios, reconozco que seguirlos me crea a veces problemas, como el hecho de encontrar cintas de casete para la grabadora.
El misterio de mi mesa representa un compendio de preguntas para el que lo ve. Lo monté después del cambio que significó la llegada de la sección de Internet a la redacción del periódico impreso. Empecé a buscar cosas para que tuviera cierto empaque y resultó ser al final un teatrillo de objetos pequeños y absurdos, de esos que siempre están al fondo del cajón. Cajas de cerillas, guirnaldas, pegatinas, propaganda electoral, calendarios de bolsillo, una felicitación de Navidad, unas ovejitas de plastilina, una cerámica inclasificable procedente de un amigo invisible….Nada que se pueda echar en falta pero que ha terminado convirtiéndose en una colección de piezas que ha completado un rompecabezas de nostalgia y sentimientos.
Te puede interesar

El nacimiento tiene hasta una cuadrilla de toreros de plomo que representan diferentes lances de la lidia con la particularidad de que, y para gozo de animalistas furibundos, a la mitad le faltan los brazos, recordando a los viejos futbolines de bar. He tenido que hacer un pequeño coso con una corona de cartón de rosco de reyes y colocarlos a todos allí, un poco alejados del portal. La ‘cuadrilla taurina’ es un legado que Ignacio me dejó cuando marchó del periódico.
Conforme lo colocaba recordaba que todos los ornamentos tenían un tiempo y un significado. Incluso la hojarasca seca esparcida, en sustitución del noble musgo, se ha mantenido desde las riadas de 1992. Barro y hojas llegaron desde Ochagavía pegados a mis botas tras una mañana de entrevistas recorriendo calles del barrio de Urrutia, con el Anduña desbordado. Las guardé y, una vez secas, se han convertido en la alfombra del pequeño grupo escultórico navideño.
Hay también en una esquinita un anillo brillante, de color rubí, que formaba parte del atrezzo del rey Gaspar. También guardo aparte las capas, mantos y coronas de los tres Reyes Magos. Las compramos un año y así continuamos nueve o diez más. Por Pamplona y alrededores recorríamos las casas de quienes nos lo pedían, compañeros de trabajo, familiares e incluso personas que conocíamos por los reportajes. Como el piso de una joven enferma de VIH a la que entrevistó Javier y a la que solo pudimos visitar ese año.
De esas noches de Epifanía también queda resecado algún caramelo de los que llevábamos a las casas, con un trueque desigual respecto al cava con el que nos agasajaban a SS MM. Música, entrega de paquetes, fotografías y vuelta a seguir con el listado de casas por barrios y calles de la ciudad. Nuestra cabalgata tuvo continuidad varias Navidades pero dejaron de contratarnos. No por el precio, porque lo hacíamos sin retribución alguna, pero el hecho es que, con los años, los Reyes han terminado guardando su vestuario en un lugar muy seguro de un trastero, en Peralta.
El belén tiene frutos secos en forma de bellota momificada y no recuerdo bien si fue traída de Guerinda, de algún reportaje sobre el parque eólico de San Martín de Unx, uno de los primeros de Navarra. Las bellotas se pierden en una serpentina verde, mezclada con papelitos triturados de plantillas, de esas que el periódico preparaba para reunir los datos de las mesas en cada colegio electoral. En las noches de elecciones había que tener paciencia con el teléfono y con aquellos que se retrasaban de algunos puntos de votación porque miembros de la mesa o interventores se habían enzarzado en el recuento. Luego había que darse prisa para sumar a las ediciones aquellos municipios rezagados.
Gracias al Adviento y a la búsqueda de adornos he encontrado también fotos en papel, en blanco y negro, claro. Como todas las del día a día de entonces y reveladas en lo que era nuestro laboratorio, con su luz roja y puerta giratoria a la que llamábamos la ‘cueva del saber’ porque todos salíamos de allí aleccionados por los dictámenes de Jorge y Javier. Ya no existe y todo está en una pantalla de ordenador. En esas imágenes de otros tiempos faltan algunos que cambiaron de trabajo y otros que nos dejaron como Iñaki, Javier, Fernando, Germán, Pachi, Juan Mari –entre otros- y Jesús, el último de ellos, el más reciente. Creo que su olor a Farias está aún presente en la redacción por mucho que la ventilen para actuar contra la pandemia.
El belén huele a humo, sí, pero también, cuando lo miro, me trae a la memoria la angustia de noches en soledad y su liturgia, una carrera contra el tiempo para comprobar una noticia de última hora y sacar los datos del qué, quién, cuándo y cómo. Todo en un lapso de minutos, muy muy tarde, y con las únicas herramientas de un teléfono y un mapa para situar el incendio, el accidente o el traslado de los heridos. El por qué de la noticia se dejaba para el día después. No daba tiempo a más. Era una sensación de aislamiento, de estar solo en el mundo, que solo conoce quien apaga la luz y cierra la puerta de la redacción de madrugada dejando tras de sí mesas y ordenadores vacíos. Después, de camino a casa, ese repaso todas las tareas que te han encomendado jefes y compañeros para ver si has hecho todo y tardas en dormir pensando si la competencia lo habrá hecho mejor que tú. Sufro porque creo que siempre se puede hacer mejor. Nunca terminamos de aprender ni de ser buenos profesionales y creo que lo más importante es no olvidar que escribimos de personas para personas.
En ese balance, que en definitiva es el examen y la valoración de tus propios actos, el belén me ayuda a echar la vista atrás, a repasar los años de trabajo, de la adaptación a los tiempos y de la reflexión sobre lo realizado. Rebusco entre sus figuras y adornos para ver si encuentro una respuesta que conteste si he estado a la altura de lo que se esperaba de mí, si mi legado al final va a ser acorde a mi vocación o si será tan efímero como un periódico del día anterior.
Por eso a veces pienso si San José, ausente de mi belén, tenía las mismas dudas que me planteo yo y que por eso ha preferido ausentarse, al menos en mi representación, de la crónica más hermosa y repetida de la historia.