Rusia invade Ucrania
Familias ucranianas bajo el mismo techo en Navarra: “En mi piso de Sarriguren nos apretamos ahora 15 personas”
Son muchos los ucranianos vecinos de Navarra desde hace años que acogen ahora en sus casas a sus madres, hermanos, hijos o sobrinos. Y tramitan sus papeles de residencia


Publicado el 20/03/2022 a las 06:00
Sasha está a punto de cumplir 8 años y se ríe y desliza con el patinete a toda velocidad. Son las cuatro de la tarde del viernes 18 de marzo y el termómetro no alcanza los nueve grades. Pero él no parece sentir frío. Con el gorro calado hasta las orejas, desprende alegría a raudales. Aunque hace una semana abandonara su casa de Chernovtsi, al oeste de Ucrania, y ahora espere junto a su madre, su tía y su primo el turno para regularizar sus documentos frente a la Brigada de Extranjería de la Policía Nacional en Pamplona, en el barrio de Buztintxuri. Junto a ellos, unas cuarenta personas, sobre todo mujeres y niños, aguardan a que les llamen para conseguir el permiso de protección temporal. Con sus pasaportes y fotografías de carné a buen recaudo. Desde que Rusia invadió Ucrania hace tres semanas, son más de 500 los refugiados ucranianos que han llegado a Navarra. La mayoría, para reunirse con sus familiares que ya residían aquí. Y otros, a bordo de autobuses, y para alojarse con familias de acogida o en otros lugares (polideportivos, conventos...). Estas son algunas de las historias que comparten.
Sasha Zakhariuk y su madre, Iryna (40 años), se reunieron hace una semana con su tía y hermana, Anastasia Nimchuk, que vive en Barañáin con su marido e hijo y les hace de intérprete. Sasha ya está aprendiendo sus primeras palabras en español y el lunes comenzará el colegio.
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También desde su misma ciudad, Chernovtsi, han llegado las tres hijas de Larysa Podrya (52 años, vecina de Sarriguren y cocinera en un bar de Burlada): Olena Rogosa y Natalia Valchuk (gemelas de 34 años) y Malvina Kusknir (32). Han viajado en coche junto a sus maridos, en el caso de Natalia y Malvina y sus hijos. “Solo pueden salir los hombres que tienen tres o más hijos o niños con alguna discapacidad. Los demás, no”, explica Larysa. Es lo que ha ocurrido con Natalia y Malvina, madres de tres hijos; pero no en el caso de Olena (que tiene dos). Junto a las tres familias ha viajado también la madre de Larysa y abuela de las chicas, Zinovia Pochtar, de 73 años. “Yo estaba muy preocupada y quería que vinieran conmigo. En nuestra familia no ha ocurrido ninguna desgracia pero todos estamos nerviosos por los que han quedado allí”, cuenta esta mujer, que vive en Pamplona desde hace dieciséis años. “En mi piso de Sarriguren nos apretamos ahora quince personas. Hemos comprado literas”, se ríe. Los ocho niños ya han comenzado su escolarización en Primaria en el colegio Santa María la Real (Maristas) de Sarriguren. “Les han facilitado unos ordenadores y están muy contentos”.
El viaje de sus hijas, sigue su relato, duró seis días (tres desde su ciudad hasta la frontera y otros tres, hasta Pamplona). Aunque pero fue el caso de Olena que, junto con su marido y sus hijos (Maxsim y Nazar) reside en Kiev. “Su marido no está en el frente pero sí que lo han movilizado. Su vecina le cuentan que se tiene que esconder en el garaje y tiene miedo de salir. ¿Su casa? No sabemos cómo estará y justo acababan de terminar de reformarla”, se lamenta Larysa. Sus tres hijas trabajaban en Ucrania como psicóloga, médico y traductora (de francés). “Ahora tendrán que aprender español para poder conseguir trabajo. No sabemos hasta cuándo se quedarán aquí. Pero, de momento, es imposible volver”.
En la misma situación está la familia de Ruslan Kulagin, ucraniano de Bila Tserkva, y que lleva veinte de sus 41 años en Pamplona. Operario en la construcción (trabajada perforador), es vecino de Mendillorri, donde vive con su mujer y su hijo de 15 años. La semana pasada recibió en su piso a su madre, Nina Kulahina (61 años), su hermana Liudmyla Kulahina (39) y sus dos sobrina, Marharita Draliuk (16) y Yeva (9). Salieron en autobús y cruzaron la frontera de Polonia. Allí fueron a recogerles unos amigos y finalmente viajaron en avión hasta París. Hasta allí condujo Ruslan el sábado pasado. Y ahora comparten todos un piso de dos habitaciones. “Tenemos que cambiar nuestra mentalidad. Hasta ahora vivíamos muy bien pero ahora tocan tiempos precarios y hay que ser más generosos. Donde comen tres, comemos ahora siete”. Mientras leía el permiso de protección temporal que les habían entregado, Ruslan no tenía muy claro si madre y su hermana podrán ahora trabajar. “En un lugar pone que no pero después especifica que sí”.
MIEDO ANTE LOS RUIDOS
Su madre, su hermana y sus sobrinos, cuenta Ruslan, han venido “muy angustiados” y “con mucho miedo” por la situación que han vivido las últimas tres semanas. “Si escuchan un ruido más alto de lo normal, se asustan”. Aunque, de momento, insiste, no tienen que lamentar ninguna muerte de conocidos ni daños materiales. “Su casa sigue bien”. El marido de Liudmyla está a la espera de que le llamen y movilizado sin armas. “Ayuda en la resistencia de manera logística”.
Su sobrina pequeña, Yeva, comenzará esta semana el colegio en Mendillorri. Pero, recalca, no saben qué pasará con la mayor. “No conoce el idioma y no se enterará de la nada. Los niños aprenden mucho más rápido”.
Mientras ellos, como otras familias, entran y salen de la oficina de extranjería, varios voluntarios ucranianos de Cruz Roja Navarra les prestan ayuda. Con el idioma y el papeleo. Como Natalia, que vive en Pamplona, y otros compatriotas que, con el chaleco rojo de Cruz Roja, les indican dónde deben esperar y les traducen después sus conversaciones con los agentes. La tarea es ardua y la situación, muy compleja. Pero los niños, ajenos a la realidad, se entretienen con los juegos en los móviles de sus madres. O se deslizan con el patinete. Como Sasha y los demás pequeños que, a pesar de todo, han salvado la vida.