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La pandemia y las obras de la Mancomunidad, la puntilla para un restaurante en la Rochapea

Tras 25 años de andadura, el restaurante El Rincón, mítico de Joaquín Beunza, echará la persiana este sábado 19 de marzo. La subida de precios ha podido con ellos

Carlos Lizarraga posa junto a la cocinera de su local, Yrene Acosta
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Carlos Lizarraga posa junto a la cocinera de su local, Yrene Acosta
Carlos Lizarraga posa junto a la cocinera de su local, Yrene Acosta

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Noelia Gorbea

Actualizado el 16/03/2022 a las 23:25

El mundo sigue girando porque hay manos que nos sujetan cuando tropezamos, redes que nos abrazan cuando caemos y libros que nos explican, con historias que nos han conmovido, que la vida es para vivir. Pero no siempre es fácil dar el paso. Al menos cuando han pasado 25 años. Carlos Lizarraga echará este sábado la persiana del restaurante El Rincón, enclavado en la calle Joaquín Beunza del barrio de la Rochapea. El mismo que lleva dirigiendo junto a su mujer, Sara Murugarren, desde hace un cuarto de siglo.

La decisión, que no ha sido fácil en absoluto, ha terminado por un cúmulo de adversidades en las que las obras de saneamiento de redes y pluviales que llevó a cabo la Mancomunidad de la Comarca de Pamplona fueron la puntilla definitiva. Como el mismo Carlos explica mientras sigue atendiendo a clientes de los que conoce cada detalle, todo comienza con la complejidad de soportar las bajas del personal a su cargo. “La gente se cree que paga la seguridad social y que no pasa nada, pero tener a gente año y medio de baja continuada te obliga a contratar a otra persona y ya no da para todo”, indica. 

Autónomo, Carlos se devana la cabeza a diario para que los gastos cuadren. Aunque no siempre lo consigue. El alza de los precios, distribución, alimentos, gas, luz... no son sencillos de sobrellevar. Como tampoco lo fueron las restricciones de la pandemia. “Creo que fui el único bar de Pamplona al que no solo no le dejaron ampliar terraza (capacidad para 2 mesas y 4 sillas), sino que me mermaron el aforo”, cuenta, afirmando que le obligaron a quedarse con solamente tres asientos. “Quise ampliar el local comprando la bajera de al lado para poder tener más terraza, pero los números no dieron. Y ahora ya la han vendido, por lo que me han ‘estrangulado”, añade. 

Con un alquiler que supera los mil euros al mes, el matrimonio prefiere quedarse con la parte positiva. “El cariño de toda esa gente que viene desde hace tantos años es lo que merece la pena tras tanto esfuerzo”, admiten. Y para prueba un botón. Según avanza la conversación, Carlos sabe que es momento de preparar una cerveza pequeña y un bocadillo de jamón. “Nos preguntamos por muchas cosas, la familia, las dolencias... Nos conocemos”, asegura con una sonrisa. Y añade: "Las inundaciones de diciembre fueron el menor de mis problemas". 

Sin plan definido, Carlos cerrará su bar para coger aire y rehacer su vida. “Tengo 54 años y mucha experiencia. Algo haré”.

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