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Nuestro comercio

Confitería Layana: el corazón dulce de Pamplona

La sombra del ayuntamiento siempre se ha proyectado en el escaparate de este establecimiento centenario, primero en la desaparecida bajada de Carnicerías (junto a la plaza de los Burgos) y ahora en la calle Calceteros. Y otro siempre: el regusto artesanal de sus pastas

Ampliar A la izquierda, Ana Ezcurra de Esteban y, tras el mostrador, al fondo, Leire Aranguren Santiago y Juany Ruiz Ruiz
A la izquierda, Ana Ezcurra de Esteban y, tras el mostrador, al fondo, Leire Aranguren Santiago y Juany Ruiz Ruizj.a. Goñi
Publicado el 20/01/2022 a las 06:00
No se dejen engañar por lo que ven. Confitería Layana no es únicamente ese pequeño establecimiento frente al edificio consistorial, en el número 12 de la calle Calceteros. La tienda extiende sus dominios hasta la plaza del Castillo, uniendo el corazón de Pamplona a través de un almacén y un obrador donde cada día cuatro personas hacen sus tradicionales pastas. Y en el mostrador, tres dependientes se encargan de despachar un género convertido en referente dentro de la confitería gracias a sus 150 años de andadura de la mano de la familia Layana desde que en 1871 se inaugurara la tienda en la desaparecida bajada de Carnicerías, entre el edificio consistorial y la plaza de los Burgos.
En 1953, se trasladó a su actual emplazamiento y durante tres generaciones estuvo en manos de los Layana hasta que el año pasado decidieron delegar la gerencia en alguien externo. Y la elegida fue Ana Ezcurra de Esteban, arquitecta de formación y que ahora estructura un negocio del que dice hay que mantener la esencia con cambios que resalten precisamente esa tradición. Si se introduce nueva maquinaria en el obrador nunca será para quitar esa parte manual que da el sabor al producto, con la clásica manga pastelera para el relleno o cubrición. “Eso nos ha hecho mantener el cliente de toda la vida, el que pasa de generación en generación porque aquí compraban sus abuelos. Pero también el turista que valora el sabor de lo genuino, el que todas las semanas quiere para su casa una caja de Layana o el que de Navarra se acerca a Pamplona y se vuelve a su localidad con nuestro producto”. Como un remate dulce a una visita en la ciudad. Y es que, además, la ubicación tan céntrica, en el corazón urbano de la capital, ayuda. “En esta calle sigue habiendo movimiento porque a la gente le gusta el comercio de cercanía, el contacto con las personas y el Casco Antiguo mantiene esta venta tradicional”.
UN ÓRDAGO A LA PANDEMIA
El contacto entre Ana y la familia se produjo antes de la pandemia a principios de 2020. “Pero luego vino el coronavirus y todo se detuvo. Se cerró el establecimiento y con su reapertura a mitades de mayo empecé yo”. No hizo falta explicar ni a familiares ni a amigos el negocio en el que iniciaba una nueva andadura profesional tras dejar la arquitectura. “¿Quién en Pamplona no conoce Layana? Además, todo el mundo te habla con cariño, como algo típico de aquí”.
Como arquitecta, cuando se le pregunta si cambiaría algo del diseño de la tienda, titubea. “Sí, pero no (risas). Tan sólo esos pequeños detalles que resaltaran más la esencia de la tienda, como la iluminación”. Y ese “sí pero no” lo trasladó a las bolsas y cajas nuevas que se hicieron para subrayar el 150 aniversario. “Fue algo muy sutil, para visualizar más la parte potente del color y de la letra clásica. Y la idea es mantenerlos así”.
Sí que ha habido mayores cambios en el mundo digital, en el que Layana pisa con más fuerza gracias a una página web renovada y su irrupción en Facebook y en Instagram, en este último con la voluntad de atrapar a las nuevas generaciones. Como carta de presentación les ofrecen un vídeo en el que se ven las entrañas de Layana, su obrador. “Es un sitio magnífico, con unos techos altos y abovedados que a mí particularmente me parece que tiene un encanto especial”. De ahí salen esas pastas que no hace falta variar; siguen tras un siglo las sencillas, las dobles rellenas de, por ejemplo, una mermelada casera que se hace manualmente y se puede comprar a granel, los cocos normales o cubiertos de chocolate y las palmeras.
En este producto decidió especializarse cuando en 1953 se dejó atrás el establecimiento de la bajada de Carnicerías. “Entonces, como muchas confiterías y pastelerías, se vendían también chocolates o velas junto a las pastas”. Unas pastas, que dice Ana, han llegado hasta la NASA. “Fue una de las primeras anécdotas que me contaron cuando entré. Que una vez compró una caja un ingeniero que iba a trabajar allí y se le ocurrió que les podía llevar a sus compañeros nuestras pastas. Y también habrán viajado mucho aquellas que nos piden los estudiantes cuando regresan a sus casas o para venderlas para costearse el viaje final de curso”.

EN DATOS

​150 Aniversario
. El establecimiento lo abrió Felipe Layana en 1871 en el número 4 de la bajada de Carnicerías.

Dirección. Calceteros, 12

Propietario. Tercera generación de la familia Layana, que ha delegado la gerencia en Ana Ezcurra de Esteban.

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