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Mercadillo

La ropa de Landaben trae cola

Esperas de un cuarto de hora en las cuatro entradas al mercadillo durante el segundo domingo de venta de textiles tras su prohibición en el mes de marzo

A las doce del mediodía se formó una cola de unos cien metros en una de las cuatro entradas al mercadillo.
A las doce del mediodía se formó una cola de unos cien metros en una de las cuatro entradas al mercadillo.
  • Lucas Domaica
Actualizada 20/11/2020 a las 12:21

"Vaya cola”, se escucha desde el interior de la misma. Una fila de 100 metros de longitud parte desde la entrada B del mercadillo de Landaben en el segundo domingo que se permite la venta de textiles.

“Hay más gente que el domingo pasado”, comenta Ignacio Ainzua Aldabe, auxiliar de Protección Civil que controla junto a otros nueve compañeros que el aforo no pase de 600 personas. La reciente incorporación de la ropa al mercadillo y la ausencia del vermú por el cierre de bares provocaron filas de medio centenar de personas. “¿Cuando viene la ropa?, nos preguntaban”, añade un compañero de Ignacio Ainzua refiriéndose a semanas pasadas cuando no estaba permitida su venta. Ellos mismos corroboran que “el tiempo medio de estancia es mayor en textil que en los otros puestos”.

Desde el pasado domingo el mercadillo recuperó el típico grito de “¡Ay cómo tengo las rebajas...!” y los cartones a modo de pizarra con las ofertas más llamativas. Todo ello sin olvidar lo que conlleva la nueva normalidad: prohibido probar las prendas y la mitad de puestos de textil. Se rotan entre ellos cada domingo.

En el centro de Landaben tienen dos puestos la familia Jiménez Hernández. Hasta hace tres años llevaban uno entre Juan, el padre, Macarena, la madre, y Juan Manuel, el hijo. Ahora tienen dos desde que Juan Manuel, de 26 años, se casara con Laura. “Llevamos más de diez años viniendo aquí y los clientes tenían ganas de vernos”, confiesa Juan.

Estos tudelanos son habituales en otros mercados de Navarra y ya tienen clientela fija. “Valen oro”, dice Bea Goicoechea Hualde, modista de la Rochapea que imparte talleres de costura. “Siempre venímos aquí a por las telas, cuando no podían vender en Landaben bajé a Tudela”, indica. Hasta las doce del mediodía no había mucho movimiento, pero después llegaron más clientes. “No me dejan ni almorzar”, bromea José Antonio.

Cerca de la entrada B, la más próxima a la bajada desde Barañain, tienen el puesto los hermanos María Ángeles y Jesús Carbonell Jiménez, vecinos de San Adrián. “La cosa va mal, pero tenemos esperanza en que esto funcione poco a poco”, señala él. “Llevamos 40 años en todo esto”, añade haciendo referencia a la tradición familiar inculcada por su padre ya jubilado.

Justo en la puerta está el puesto de Said, un comerciante que reside en Lodosa. Él lleva 20 años acudiendo a Landaben a vender la ropa que adquiere en Madrid y lo califica como el mercadillo “más importante”. La crisis sanitaria le obligó en marzo a parar la actividad y desde ese mes solo ha acudido a dos mercados. El de Calahorra, que se reanudó la semana pasada, y el de ayer. “La gente ve la cola y se vuelve para casa”, lamenta señalando la fila.

En otra de las entradas del recinto, donde también espera su turno la gente para acceder, Ahmed Mohsin ha montado junto a su sobrino Mohamed El-Idrissi el tenderete a las ocho de la mañana. Este veterano comerciante lleva más de 30 años acudiendo a Landaben. “Nos han cambiado de lugar, otros años estábamos más al centro y era mejor”, asegura. “¡Os han puesto los primeros!”, anima una clienta.

El día de ayer supuso la segunda jornada de venta de textil tras varios meses de inactividad. Algunos de los 37 puestos de productos no comestibles cogieron el relevo de los que el anterior domingo retomaron la venta. Esta será, de momento, la normativa que deberán seguir. “Resulta incomprensible que en centros comerciales cerrados el aforo no esté tan controlado y esto al aire libre sí”, criticaba un cliente desde la fila. Y es que para lucir, ahora, además hay que sufrir la cola.


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